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Hiatus II

07.12.2012 | 03:27

La verdadera diferencia entre paraguas y coches es el avance del nuevo volumen de Hiatus, compilación de artículos de opinión y reflexiones personales de algunos de los principales referentes del diseño internacional, desde Matali Crasset, Jaime Derringer o Jorge Pensi a Ezio Manzini o el fallecido Paco Bascuñán.

Veinte textos que reúnen escritos que han marcado un punto de inflexión en el diseño -caso del First Things First Manifesto de Ken Garland-, replanteamientos del eco diseño y el diseño social o, simplemente, anotaciones al margen de profesionales cuyo trabajo ha trascendido mucho más que su figura. Algo, por otra parte, habitual en esta profesión.

Por ello, permítanme que incorpore aquí alguna de esas ideas que aparecen en el prólogo de la publicación  y que tratan de abordar la verdadera diferencia entre los paraguas y los coches, desde el punto de vista del diseño.

Cualquiera diría que a primera vista un paraguas y un coche son dos productos diferentes, bien por el tamaño, la función o simplemente por el coste, si bien, hay otras razones que raramente se tienen en consideración y que son realmente importantes en la economía actual.

Un ejemplo evidente es que cualquiera puede usar un paraguas sin comprar otros productos. Y, sin embargo, esta máxima no se puede aplicar a un coche. Además de carburantes y aceite, requiere de calles y carreteras. De lo contrario carecería de utilidad.

Quizá, por ello, me atrevo a afirmar que el humilde paraguas es un producto autónomo que produce valor para el usuario, con independencia de cualquier otro producto, mientras que el automóvil es un producto dependiente. Algo que, como recordaba Alvin Tofler en El Cambio del Poder, también sucede con una maquinilla de afeitar, una televisión o incluso una percha para la ropa, que presupone un colgador o barra donde colgarla. A estos productos que son un eslabón en un sistema de productos mayor, Tofler los denomina sistemáticos.

A mi juicio, la elección entre concebir productos autónomos o sistemáticos, en esencia, es la misma que la decisión entre desarrollar un producto con un material reciclado, reciclable o sostenible frente a la elección con otro que tenga un mayor impacto ambiental.

Y justamente es de eso, de decisiones y planteamientos personales, con lo que se ha construido el ideario y la filosofía de trabajo de muchos de los diseñadores que empiezan a despuntar hoy en día. Creativos que entiende que un nuevo diseño no es simplemente un cambio estético, sino esencialmente funcional y consciente de su impacto en los diferentes ámbitos de la sociedad. Productos que nos hablan de las elecciones personales de sus autores, algunas de ellas más cercanas a la concepción del paraguas que del coche, otras que buscan caminos alternativos o que redefinen el ecodiseño y el diseño social, pero siempre con un proceso de reflexión que va más allá de la anécdota o la ocurrencia.

Dicen que los paraguas son los seres más olvidados de la creación. Nos los olvidamos en todas partes. Uno entra en una relojería, en una mercería o en un spa, y cuando sale, el paraguas se queda allí. Quizá, esa mala memoria a la que aducen pensadores modernos como Luis Piedrahita, sea la que nos ha llevado a la situación actual.

Pase lo que pase, somos conscientes de que, hoy en día, muchos profesionales –diseñadores, empresarios e instituciones- dan más importancia a  las preocupaciones medioambientales que al margen de beneficio, lo que nos mueva a reciclar regularmente materiales, edificios y objetos.

Este cambio de mentalidad, junto con la incorporación de nuevos materiales y procesos basados en el crecimiento sostenible, son el único camino para que la sociedad descrita en Un mundo feliz de Aldous Huxley sea una utopía irónica y ambigua de la humanidad desenfadada, saludable y avanzada tecnológicamente que hemos creído ser. No olvidemos que la mayor ironía es que todas estas cosas se han alcanzado tras eliminar muchas otras. Más info en Articulado o Sanserif.es



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Social design

José Antonio Giménez

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Cubiertos de trapo para educar

01.10.2012 | 04:20

La artesana textil Emi Sáez, creadora de la marca Being Toys, y los diseñadores Sanserif Creatius han sacado al mercado una línea de productos infantiles en fieltro pensados para promover el aprendizaje de los más pequeños en sus primeras etapas. Tableware’s toys es un conjunto de piezas –vajilla, cubiertos y complementos- que recrea los servicios de mesa y que familiariza a los más pequeños con el uso de éstos sin riesgos.

Tableware’s toys se compone de diferentes colecciones de útiles orientados a la mesa, elaborados íntegramente en fieltro, lana y otros materiales textiles de origen natural, con lo que se configura un producto sostenible y cuyo proceso productivo tiene un bajo impacto ambiental. De hecho, la elección del material y el proceso productivo forma parte de un proyecto de apertura de nuevos mercados para artesanos y oficios tradicionales impulsado por Sanserif Creatius, en colaboración con el Centro de Artesanía de la Comunidad Valenciana y la Dirección General de Comercio de la Generalitat Valenciana.

Se trata de un producto concebido para ser usado en dos fases. Inicialmente, hasta los 15 o 18 meses de edad, es utilizado conjuntamente con los padres para cumplir con la primera función de conocimiento táctil y reconocimiento –e imitación- tanto de los objetos como de los movimientos. Posteriormente, la pauta paterna será seguida de manera inconsciente por los niños a partir de los 15 meses aproximadamente, pasando a ser ellos quienes los manejen con soltura, incorporando así una rutina de comportamiento que facilitará su desarrollo. Y que, en etapas más avanzadas, mejorará la usabilidad de los cubiertos reales adaptados a cada edad en las comidas, así como su comportamiento en espacios públicos.

De hecho, el uso de estos cubiertos favorece la motricidad fina en los más pequeños afianzando los movimientos voluntarios más precisos, que implican pequeños grupos de músculos y que requieren una mayor coordinación, esto es, prensiones o agarres. Diversos estudios previos, demuestran que los niños son capaces de empezar a manipular ellos mismos objetos con intencionalidad a partir de los 15 meses, lo que fomenta el aprendizaje de valores y se les hace partícipes de rutinas sociales que refuerzan su autoestima, un factor muy valorado por los pedagogos y educadores.

La elección del fieltro para esta colección asocia el primer estadio de uso por los niños con el origen del propio material, ya que el fieltro es el primer material textil creado por el hombre, mucho antes de aprender a tejer o hilar. Este producto fomenta los modales en la mesa y, por tanto, la educación social y el conocimiento de las rutinas sociales. Así, lo niños pueden conocer cómo usar y disponer en la mesa los cubiertos, por ejemplo. Una pauta que se transmite por imitación.

Tableware toys se ha presentado en la exposición Esencia by Sanserif Creatius, un proyecto impulsado por los citados diseñadores valencianos en colaboración diversos artesanos de la Comunidad Valenciana, en el que han participado: Lladró, La Mediterránea, Rafal Català, el Gremi de Mestres Sucrers, Xada Designs, J. Sorribes Vidrio, Artespart, Calzado Artesano Torres, Vila Hermanos Cerería, Marifé Navarro, Beign Toys, Cartoné disseny, Platart, Eduardo Peris, Món Hostelería, Ecovidrio, RTVV, Bodegas Vicente Gandía, Bodegas Murviedro, la Dirección General de Comercio y Consumo de la Generalitat Valenciana, el Consejo Regulador Denominación de Origen Utiel-Requena y el propio Centro de Artesanía de la Comunitat Valenciana.

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Social design

José Antonio Giménez

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Abajo el ecodiseño sexi

30.06.2011 | 07:49

No existe un modo exclusivo de trabajo sostenible. Éste dependerá de las condiciones locales, de los recursos disponibles y de las especificaciones de cada proyecto en particular. Afortunadamente, como argumenta Alastair Fuad-Luke, ya ha pasado aquella etapa en la que se identificaba el ecodiseño con productos que se creaban con la mejor de las intenciones siguiendo criterios ambientales poco rigurosos, interponiendo éstos por encima de cuestiones estéticas, económicas o de calidad y, por tanto, resultaban ser productos feos y caros. Estamos en un momento en el que dominan los ecoproductos icónicos, es decir, aquellos que simplemente por poseerlos ayuda a sus propietarios a posicionarse en un estilo de vida más sostenible con respecto al resto de consumidores. Son productos atractivos, deseables, donde prima la función estética por encima de los valores de sostenibilidad. Se ha pasado de A a C. Pero hay que volver a B. Lo sexi mola, pero sin justificación es contraproducente. Sobre todo, teniendo en cuenta que actualmente todo el mundo se sube al carro y que, cada vez más, cuesta separar el grano de la paja. Estamos despitando a nuestros clientes y esto implica que la sostenibilidad en los productos se está empezando a ver como algo, incluso, negativo. Cuesta vender ecodiseño. Antes por desconocimiento. Ahora por desconfianza.

Es por ello que hemos querido hacer un decálogo, totalmente subjetivo, que agrupe los puntos clave que hay que reconocer para poder discernir entre lo que es buen ecodiseño (o mejor, buen diseño) y lo que está mal diseñado. Esperamos vuestras aportaciones:

1. Diseñar hábitos. ¿Es mejor una bolsa de tela que una de plástico? Pues depende. De la situación y de las costumbres. Sustituir bolsas de plástico por bolsas de tela no sirve de nada si no cambiamos los hábitos de las personas. En realidad, da igual llevar al mercado una bolsa de algodón o una de polietileno. La clave está en el verbo, no en el adjetivo. En el acto de llevar consigo y no en el material del que está hecho el contenedor. ¿La recogida selectiva es buena iniciativa? Sí, sólo si se hace bien. El diseñador tiene un papel vital en la adquisición de nuevos hábitos por parte de los consumidores y es éste el que tiene que ampliar y fortalecer.

2. El reciclaje creativo no es la (única) solución. Es una estrategia de ecodiseño recurrente y muy válida a nivel comunicativo y de concienciación, pero no es el único medio para conseguir reducir residuos. De hecho, lo óptimo sería no producir residuos, generar sistemas de producción de ciclo cerrado y, por lo tanto, dejar de diseñar pendientes hechos con chapas, lámparas con tetrabriks o casetas con pallets. De vez en cuando, el uso inapropiado de objetos pensados sistémicamente podría llegar a provocar cierta inestabilidad en ese sistema. Apropiarse de una caja de plástico con las que reparten los yogures Danone para hacerse una cesta para la bici puede resultar una acción creativa, pero detrás queda un circuito cerrado de recogida-devolución con fisuras. A veces, el remedio es peor que la enfermedad.

3. Fomentar la biodiversidad. Generar abundancia biológica es uno de los lemas del pensamiento Cradle to Cradle. Sin embargo, fomentar la biodiversidad no reside en el diseño de gadgets zoomórficos o nidos para pájaros. Resulta sorprendente la cantidad de nidos o comederos realizados por diseñadores profesionales. Afortunadamente, las aves saben hacerse su propio nido y no acostumbran a vivir en chalets de colores estridentes, construidos con placas de matrícula o cartones de leche. La solución pasa por pensar mejor el espacio urbano para que puedan abastecerse por cuenta propia de los recursos necesarios para su supervivencia y proliferación: mejores árboles, más prados, mayor protección, mejor convivencia. Se trata de atajar el problema de raíz y no de poner parches. Porque queremos generar abundancia de aves, no de nidos.



4. El material hace al objeto. El ecodiseño no consiste en sustituir un material por otro reciclado. Un nuevo material –independientemente de si es reciclado/reciclable o no- ofrece nuevas posibilidades conceptuales y formales y, por lo tanto, no basta con un cambio de materia prima, sino que hay que valorar qué necesidades tenemos, qué nos aporta el nuevo material seleccionado y cómo configuro un resultado mejor en todos los aspectos. El material, por ser reciclado, no tiene por qué hacer al producto más sostenible. ¿Por qué cambiar, por ejemplo, una papelera por otra que aun usando un material reciclado –y debido a ello- tiene más tornillos, o necesita más mantenimiento, o pesa más que la papelera de toda la vida?

5. Dejar de triturar. Cada día aparece un nuevo material formado con residuos machacados. Parece una receta de cocina: se cogen virutas de madera, se le añaden restos de envases, se tritura todo bien, se le añade un aglutinante y ¡listos!: un nuevo material que, como mucho, servirá como pieza estructural o como aislamiento acústico. Al proceso de convertir materiales de desecho en productos de menor calidad y funcionalidad reducida se le llama infraciclar y no tiene nada de bueno. Primero, porque esos residuos/materias primas, en un ciclo productivo más eficaz, podrían reciclarse de manera que no perdiera (tanta) calidad. Y, segundo, porque según que se mezcla, al final de su vida útil eso no va a haber quién lo separe. Y no hay tanto ruido para tanta pantalla aislante.

6. Poseer o no poseer. Compartir es la cuestión. Medimos nuestra riqueza por la cantidad de cosas que tenemos, pero no por poseerlos somos más felices ni por consumir según qué productos beneficiamos el planeta. De hecho, no se salva el mundo por tener tres Toyota Prius Hybrid. Podemos vivir mejor con menos cosas, porque las funciones -tanto prácticas como simbólicas- de éstos pueden ser suplantadas por un servicio. No necesitamos una lavadora en casa; lo que queremos es nuestra ropa limpia. Necesitamos reeducarnos como consumidores y avanzar hacia un decrecimiento objetual.

7. La imperfección de lo natural. Pensamos que los materiales naturales son más sostenibles, pero no siempre es así. En función del uso del producto, en algunos casos los materiales biológicos no garantizan la estabilidad y duración que requiere la función del producto en el que están incorporados. Certificar la procedencia es vital, porque si no se tienen garantías del origen de la madera, quizás estemos favoreciendo la tala ilegal de árboles en el Amazonas. Tampoco podemos descuidar los procesados de ese material natural, porque si a la caña de bambú la laminamos, la lijamos, la blanqueamos, la pulimos y le damos color, aparte de despojarla de todas sus cualidades, el impacto ambiental podría llegar a ser mayor al de una tarima realizada con otra materia prima.

8. Trabajar desde lo local. Se hace duro competir por precio con la producción asiática, eso es indudable. Pero si se produce de manera local, se hace para fomentar y desarrollar economías de proximidad y no con el objetivo primordial de luchar por precio, porque se trata de valorar otras cuestiones. Los proveedores locales han de alcanzar la excelencia. De nada sirve que algo esté hecho aquí, pero esté mal hecho. Lo mismo pasa si las condiciones (laborales, económicas o de salud) de los trabajadores locales son peores a las que ofrecen en otros continentes, como sucede en algunos casos donde los promotores se aprovechan de la falta de alternativas de según qué segmentos de población. Producción cercana sí, pero de calidad.

9. La energía solar, mejor con sol. Si lo único que hacemos es incorporar una placa solar en nuestro diseño, sin tener en cuenta el contexto, no hacemos nada. Una farola autosuficiente energéticamente en un lugar donde ya existe una red eléctrica consolidada puede ser redundante. Un elemento urbano con placas solares que no pueden orientarse hacia el sol o que están ubicadas en un lugar sombrío, por muy bien que salgan en las fotos con políticos, no sirven. Como no sirven unos molinos de viento en un lugar sin aire, un aeropuerto sin aviones o una vía férrea de alta velocidad que transporta quince pasajeros al día.

10. Sospecha de lo eco-friendly. Sé crítico con absolutamente todo lo que consumas, pero si lo que vas a comprar se las da de “producto verde”, más. Estamos en un momento de transición en el que nada ni nadie rige a qué se le puede llamar “eco” y a qué no. Y lo “eco” vende. Por lo tanto, son muchos los productos que se comercializan de esta manera. Se hace difícil diferenciar entre lo que realmente ha sido diseñado siguiendo un proceso riguroso de ecodiseño y a lo que simplemente se le ha dado una pátina verde. Existen etiquetas, certificados y otras garantías que, sin duda, ayudan. Pero al final, quien decide es el consumidor, que es responsable de que triunfen los mejores productos.

Pensar en todo el ciclo de vida de los productos, pensar en el contexto, pensar, pensar, pensar. Ésa la simple clave para hacer buen diseño. Pasar de cobrar por lo mucho que haces a cobrar por lo bien que piensas: tener el coraje de decir menos. Ir al grano sin perder la visión panorámica. Dejar de raspar la superficie. Preguntarse el porqué de las cosas y actuar en consecuencia.
 

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