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Diseño gráfico y activismo
En la España couché del boom económico y el consumo salvaje fue muy fácil dejarse arrastrar por la superficialidad imperante y la pérdida de espesor de nuestras capacidades críticas. Y todas y todos gastamos nuestras mejores energías y talento profesional en actividades económicamente tan lucrosas, como insignificantes para el bienestar colectivo.
Un logotipo para un museo, un tubo de pasta de dientes, una web, un libro de poesía, un paquete de arroz… son todos proyectos que definen el ámbito de acción de una disciplina que, en todo caso, debería fundamentarse en los intereses colectivos. Sin embargo, hoy en día, todo parece destinado a sacrificarse en el altar de la mercantilización, en pro de intereses comerciales y de presiones económicas que toman el protagonismo en todos los aspectos de nuestra vida. Incluso a la hora de trabajar para un museo, independientemente de su carácter y finalidad cultural, los dictados del marketing parecen irrenunciables. En efecto, cuando la cafetería y la tienda de camisetas y souvenirs del museo se han convertido ya en etapas fundamentales de la experiencia del visitante y hemos unificado en un mismo nivel el shopping y la contemplación de las obras de arte ¿Qué es lo que diferencia un museo de un Opencor? Quizás, tal y como decía el crítico de arte Nicolas Bourriaud: «Todo aquello que no puede ser comercializado está inevitablemente destinado a desaparecer».
En este sentido, cabe preguntarse si el diseño gráfico, incluso en su vertiente más mercantil, puede cumplir el programa del cliente y, al mismo tiempo, ser una práctica eficaz de comentario crítico de la realidad y del contexto en el que ha sido producido. El tema no es baladí y no puede ser relegado a la periferia de nuestro discurso. La comunicación visual y el diseño gráfico actúan en la calidad del diálogo que se establece con interlocutores concretos y con la sociedad más en general. Pues, es responsabilidad de cada cual aprovechar un encargo o un proyecto de diseño para legitimar un determinado orden de cosas o, en cambio, para vehicular reflexiones, generar opinión y hasta romper normas y convenciones sociales establecidas, lo que constituye un sano ejercicio de activismo democrático.
En contra de las medias verdades
Querido lector: «Toda vez que el hombre se ha encontrado con el otro, siempre ha tenido frente a sí tres posibilidades de elección: hacerle la guerra, aislarse tras un muro o establecer un diálogo […] La experiencia de tantos años en países lejanos me enseña que la benevolencia hacia ellos es la única actitud capaz de hacer vibrar la cuerda de la humanidad». Estas palabras de Riszard Kapuscinski, el gran reportero de la alteridad –que desde inicios de este año 2007 ya no está entre nosotros–, nos convocan a una reflexión tan importante para el periodismo como para el diseño y el mundo del proyecto, y nos invitan a continuar un viaje en el cual es cada día más urgente acercarse y aprender a escuchar a los otros. Sin embargo, hoy en día, la mirada de periodistas y diseñadores es superficial y cínica; es un mirada que se desliza sobre la realidad desde la distancia y la indiferencia, semejante a la de un turista que registra las imágenes y al mismo tiempo deja escapar otra parte de la realidad. Así, no reconocer la existencia de lo que existe y adaptarse cómodamente a las «medias verdades» y a los valores dominantes del dinero, el éxito y el business, parece ser el signo de la inmoralidad de nuestra época y también, de nuestra profesión. Aquí y en todas partes, cualquiera actúa, pero casi nadie parece sentirse responsable y dispuesto a asumir las consecuencias de los actos que propicia. Preferimos mirar hacia otro lado, renunciar al diálogo y al compromiso adoptando una actitud fría y evitando que el eco de los acontecimientos alcance nuestros corazones cada día más frágiles y solitarios. Encerrados en grandes bloques de viviendas y como representantes emancipados de la nueva familia nuclear, si las cosas siguen como hoy nunca conoceremos al otro anónimo vecino del piso contiguo. Así, tras haber roto muchos lazos de solidaridad, y después de olvidar el sentido de comunidad que caracterizaba la convivencia en el pasado, también las ciudades, cada día más mermadas de vitalidad, se han transformado en escenarios de la soledad, en lugares donde la mayoría de los deseos y las ocasiones de encuentro con el otro son mediatizadas por el consumo, los intereses y el mercado.
Si finalmente decidimos escuchar algunas de las palabras que reporteros como Kapuscinski nos han traído de los lugares más condenados del planeta, quizás podamos aprender nuevas maneras de relacionarnos con el mundo y con los demás, a través de cuestionar muchos de los mitos del progreso y del desarrollo –considerados como inevitables incluso por parte de muchos profesionales del diseño y la creatividad–, que están vaciando nuestras vidas y destruyendo nuestras almas.
Publicado en Experimenta 59.







