Blog de Alberto Marcos

Espacios de Viaje
“Espacios de viaje” es un cuaderno de viaje en el que las hojas dibujadas son sustituidas por espacios, atmósferas, arquitecturas y objetos recolectados a orillas ... [+]

Arquitecturas Pintadas

02.01.2012 | 10:41

Fragmentos de ciudad

“La sombra de la ciudad inyecta su propia urgencia…”
John Ashbery

                                                                                                                                                Fotografía de Ainhoa Ibarra

Una reflexión desordenada sobre la ciudad, tras una visita a la exposición "Arquitecturas pintadas desde el Renacimiento al siglo XVIII" , en el Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid.

Uno siempre se embarca en el recorrido de una exposición titubeante, indeciso, errático “”deambulando por las salas con gestos ambiguos, como si debiéramos mantener un margen de desconfianza inevitable, hasta que el impulso de aproximación hacia una obra concreta se va haciendo mas fuerte…” como narra Alberto Corazón en su libro “El mapa no es el territorio.”
Así me aproximo yo para escribir esta serie de fragmentos de lecturas entrelíneas, de estas arquitecturas pintadas, sucesión de ilusiones.

Una arquitectura que es umbral, lugar desde donde emergen los personajes camino a la vida, como en la abigarrada ciudad que tapiza el lateral del lienzo de Duccio di Buoninsegna, en el que Cristo se encuentra con la samaritana junto a la fuente, o en el de Giovanni D´Ambrogio en el que un tumulto recibe a Cristo a las puertas de Jerusalén. Arquitecturas como sucesión de arquitecturas, en recorridos casi fotográficos, donde un monumento sucede a otro monumento, un catálogo de travellings por arquitecturas que niegan su condición de espacio habitable convertidas en esculturas u objetos varados en los paisajes.

Es interesante observar como de cuando en cuando, esas arquitecturas observadas desde su exterioridad, desaparecen bajo la atracción de los personajes. Curiosamente, cuando el pintor nos introduce en el interior de la escena, y nos convierte en voyeur de primera fila, como en el cuadro de “La flagelación de Cristo” del Maestro dell´Osservanza, nuestra mirada se vuelve mucho mas certera, entendiendo que tras las ligerísimas bóvedas de arista teñidas de azul y oro del pretorio de Pilato, la ciudad perspira, se abre y se oculta, sucede, y una enigmática mujer se asoma a la negrura de una puerta entreabierta. Esa atmósfera de la que hablará Zumthor en sus textos, que permite al espacio trascender a la propia arquitectura.

Fantástica “La Anunciación” de Bonfigli, con esa ciudad que se camufla en verticales y ocres con los montes y lagos del fondo, dónde los enormes cipreses (o pinos) acompañan en su ascenso a los campaniles y las torres del palacio, y donde la ciudad crece tras la terraza en la que sucede la escena.

Cuando llegan las perspectivas de las ciudades, me vienen a la mente los famosos viajes en globo que organizaba Nadar durante los meses que duró la exposición Universal de 1867 en París para poder ver, a vuelo de pájaro, las transformaciones que habían sucedido en el Champ de Mars. Esos pájaros que, como cuenta Ángel González en su maravilloso texto “Roma en Cuatro Pasos”, cosen los elementos separados en las pinturas murales romanas.

La Ruina, con esas columnas que son “principio y fin” y “símbolo de la arquitectura devorada por la vida que la rodea,…fragmento posible de mil diferentes construcciones” como escribiera Aldo Rossi en su Autobiografía Científica. O como apuntó Luis Moreno Mansilla en la visita a esta exposición, “me gusta de la ruina la idea de lo inevitable,…” (El País, 18 de octubre de 2011). La torre de Babel, una lucha sin cuartel por construir el edificio global, el que los representa a todos, el rascacielos, centro comercial, biblioteca y macro intercambiador. El gran edificio híbrido y su imposibilidad por alcanzar los cielos. En esa representación, en permanente construcción, con las bóvedas apuntaladas y las rampas y grúas formando parte natural ya de la imagen final de la misma. La construcción de un observatorio y un faro, una roca sobre otra roca.

Ilusiones que se convierten en paisajes tan irreales como los lienzos de Louis de Caulery que me recuerdan a los renders que muchas veces anuncian el improbable futuro construido, o las fantasmagorías de François de Nomé que me transportan a las arquitecturas-guerra de Lebbeus Woods o a las portadas de nuestros periódicos en los que la arquitectura se lee habitualmente entre los escombros de las ciudades pasto de las guerras o los desastres naturales.

Dos figuras nos observan hieráticas desde la cubierta de una tumba antigua enclavada en un paisaje de Poussin. Nos están aguardando. Nos están advirtiendo que detrás de las colinas se alzan los templos y las murallas, pero que toda la arquitectura cabe entre las cuatro paredes ciegas del sepulcro, en el territorio de nuestras mentes para construir el espacio que conforma la ciudad. Nos despedimos de las salas del Thyssen en día de fiesta, con los soportales e improvisados tenderetes de la plaza del mercado de Nápoles instándonos a continuar en nuestra deriva urbana, alejándonos de esta sucesión hipnótica de paisajes de arquitectura.

En las salas de la Fundación Caja Madrid, nos aguardan desde una atalaya a media altura, o un improvisado observatorio como un caleidoscopio de miradas, las vedute del siglo XVIII junto a una colección de caprichos arquitectónicos.

Una vista del puente de Rialto de Guardi, y la mirada se clava en un pedazo de tela celeste venteado frente a una ventana, una deshilachada cortina que se agita, huyendo del tiempo detenido de la imagen. Las fachadas, emergen como enormes telones, tapiz donde se insinúan puertas y vanos. Un tinglado-decorado digno de Las Vegas de Venturi. La arquitectura convertida en fondo de cuadro, en una gran fachada dando por ejemplo al Gran Canal.

Capítulo aparte el magnífico lienzo de Belloto “Santa María d´Aracoeli y el Capitolio.” La confrontación de dos miradas, (los dos puntos de vista superpuestos del cuadro), la confrontación de dos maneras de acceder: el largo umbral en rampa que lleva a un Capitolio empequeñecido por la altanera dominancia de la sobria y maravillosa fachada de la Iglesia con su ceremonial escalinata, y las estatuas observando a las sombras que habitan los intersticios que quedan entre lo construido, orinando junto a la tapia, y que sirven de anticipo a los mendigos que en el mismo lugar colocará Piranesi en su visión lateral de la misma plaza. Porque la ciudad es también todo aquello que habita en la frontera entre construcciones, en los “afueras” que muchas veces emergen en los mismos corazones de las ciudades, esos espacios intermedios que dan sentido a la arquitectura, (el archipiélago de Benjamín, esas “islas unidas por lo que las separa.”)

En “Capricho con río y puente” del mismo Belloto, me secuestra una inaudita fachada imaginada tan real como la mejor de las arquitecturas. Una fachada ciega a la sombra de una torre que bien podría ser la della Signoria , y donde conviven un improvisado balcón de tablones de madera, un sepulcro de mármol suspendido y un altani, esas terrazas venecianas sobre las cubiertas, que se asoman al paisaje real de los muros arañados por el tiempo.

Nos despide la estampa “Antichità Romane” de Piranesi, una vía Appia que recuerda a la vía de los sepulcros de Pompeya. En ella, una colección dantesca de túmulos, templos, columnas, esculturas, obeliscos, bustos y nichos se nos muestran como un enorme cementerio abigarrado, arquitecturas que sedimentan una sobre otra tras la imagen del nacimiento de la ciudad, en la boca de Rómulo y Remo siendo amantados por la loba capitolina. Principio y fin.

Banville, el escritor irlandés que firmó la magnífica novela “El Mar”, nos dejaba hace pocos días en Madrid esta frase: “Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura.” Y la “arquitectura pintada”, añadiría yo.

Y todas estas ciudades siguen siendo las mismas que minutos después caminamos, llenas de todo lo que queda entre la arquitectura y su representación.

 

Este texto ha sido publicado en la revista Perspectivas nº42 del Museo Thyssen-Bornemisza

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Alberto Marcos

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Estar en las nubes.

16.06.2011 | 10:50

Hoy el viaje fue un caminar por las nubes binarias donde la información halla cobijo.

Hoy el viaje fue leer el magnífico texto de Teo Marcos sobre la llegada de icloud.

"Abstraído, pensando, elucubrando, soñando, viajando con la imaginación; así he pasado muchísimas horas de mi vida: “en las nubes”.

Para los que padecemos ese “síndrome”, el estar “en las nubes” es algo casi siempre placentero. Para otros, los que lo utilizan como arma arrojadiza para tildar de memo o distraído a quien lo practica, es sinónimo de abobado, atontado, y descalifica automáticamente al que es sorprendido en dicha circunstancia.

Pues bien, ahora, y por arte de Steve Jobs y su universal Apple, “estar en la nube” es el último grito de la modernidad, la novedad tecnológica más revolucionaria del universo digital, el último invento de la empresa que ya ha sido nombrada la marca más valiosa del mundo. Su nombre: “iCloud”.

LA NUBE, no es un aparato, ni se toca, ni se ve, por lo que, como en las creencias religiosas, hay que tener fe, creer, porque según dijo Jobs en su presentación, se trata del “alma” de la tecnología on-line:

“Hoy hablaremos de software, del alma; y dejaremos de lado el hardware, el cerebro”, dijo Jobs. (Expansión)

Pero ¿qué es iCloud, “la nube”?

“iCloud quiere ser el centro de la vida digital de las personas. Lo que antes era el ordenador en casa y, últimamente, una dispersión de archivos, fotos, vídeos en varios aparatos, pronto se colocará todo en la nube, en Internet, en el caso de Apple, en iCloud.” (EL PAIS)

“Un servicio que los entendidos definen como la estrategia en la nube y que, a nivel de usuario, significa que será posible almacenar gratuitamente en el ciberespacio documentos, datos, música y películas (adquiridas en iTunes), para que puedan ser accesibles después desde cualquier dispositivo con conexión a Internet vía streaming, es decir, directamente online.”

“El centro de tu vida digital estará ahora en la nube”, dijo Jobs para explicar iCloud. “Si te compras una canción en tu móvil puedes llevártela al resto de tus aparatos. Es el fin de la “locura” de la sincronización, como definía Jobs, que gritaba en silencio eso de “me siento bien”. Ese I Feel Good, de James Brown que el gurú de Apple eligió como banda sonora para su presentación”. (Expansión)

¿Para qué almacenar nada en tu ordenador? “¡Olvídate de tu memoria! Deposita toda tu información en la mía, confía en mi, vive tranquilo porque, vayas donde vayas, siempre estaré contigo, en el cielo y desde allí, (si tienes un ordenador, un iPhone, o un iPad) podré enviarte, cuando tu lo desees, la información que necesites, tus archivos, tu música, tu memoria…”.

“Vive en paz y tranquilo. Deposita en mi tu confianza, descarga tu corazón, que yo velaré tus secretos, los guardaré y siempre estaré contigo”. La nube será la solución a todos tus problemas. El centro de tu vida digital estará en la nube.

Y el invento tiene ya su enseña: una nube que irradia desde su centro y no pude evitar visualizar en mi memoria, la de aquí, aquella imagen de otra nube, la que guiaba al pueblo escogido por Dios y que se representaba con un ojo abierto en su centro, un ojo que todo lo veía, que estaba en todas partes.


Cuando el Faraón permitió a Moisés y al “pueblo elegido” su salida de Egipto, Dios les acompañó por el desierto.

“Yahveh iba al frente de ellos, (…) en columna de nube para guiarlos por el Camino”. (Exodo)

Y más tarde, cuando hambrientos murmuraban contra Dios:

“la gloria de Yahveh se apareció en forma de nube” (Éxodo)

y les anunció que les enviaría el maná, con el que se alimentaron a lo largo de toda la travesía. Pues bien, mutatis mutandis eso es lo que viene a anunciarnos Steve Jobs con su iCloud: el nuevo maná, el alimento para el “alma” de nuestra vida digital.

En una de las escalas de su viaje a Ítaca, Ulises arriba al país de los lotófagos: hombres que habían perdido la memoria. La gran comunidad de Internet, a través de iCloud, parecen decididos a ser los nuevos lotófagos solo que, en este caso, de forma voluntaria, gracias a un acto de fe.

A partir de ahora deberemos de evitar decirle a nadie que “está en las nubes” porque desde hoy, desde el nacimiento de iCloud, estar en la nubes significará pertenecer a la comunidad de los ciudadanos más avanzados del mundo, los nuevos lotófagos.

La pérdida de memoria, por tanto, ya no será una pérdida de identidad, sino el signo de pertenencia a la vanguardia de la nueva comunidad tecnológica, la tribu de los “iCloud”, el nuevo mundo de los que “están en la nube”, el nuevo “pueblo elegido”.

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Alberto Marcos

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Una noche en la Ópera

18.05.2011 | 07:22

Llegan las óperas de verano a los campos anglosajones. Llegan los porteadores que empujan sus carros llenos de viandas y champagne para la cena que se servirá en el descanso en las jaimas improvisadas junto al estilobato griego. Los hombres de esmoquin, “black tie”, las mujeres con sus vestidos de noche. Una elegante romería hacia una gran mansión neoclásica.

The Grange, es una mansión cercana a Northington, en Hampshire, Inglaterra. Pertenece a la familia de Lord Ashburton. En 1665, William Samwell construyó una residencia de cuatro alturas y Robert Adam se encargó de completar el cuerpo de cocinas y el paisajismo de la espectacular finca. A principios del siglo XIX, lo utilizaba George, el Príncipe de Gales, como coto privado de caza. En 1804, el propietario Henry Drummond, le encargó a William Wilkins que transformara la mansión de ladrillo en un templo griego. El impresionante pórtico dórico, es copia del Teseion de Atenas y las fachadas laterales imitan al monumento corágico de Thrasyllus. Fue la primera obra del revival griego en Europa. La transformación fue totalmente epitelial, y el edificio de ladrillo se vistió de cemento romano, incorporando un podio todavía visible hoy. Sucesivas adiciones por parte de Robert Smirke, Charles Robert Cockerell y John Cox convirtieron la mansión en un centro social en la segunda mitad del s. XIX con mas de cien empleados y con ilustres invitados a las fastuosas fiestas que allí se celebraban como Thomas Carlyle y Alfred Lord Tennyson. En 1944 Churchill y Eisenhower prepararon la invasión de Europa desde este mismo lugar, que forma parte del “English Heritage” desde 1975.

En 1988 se celebró el primer festival de verano en el “Grange Park Opera” . En el año 2002 se construyó un nuevo teatro en el interior del antiguo invernadero por el estudio E Architects y con el ganaron un premio RIBA en el 2004, y el premio al mejor edificio en el contexto georgiano.

Una magnífica rehabilitación, en la que para evitar los desprendimientos de los forjados de madera, grandes redes blancas ejercen de enormes telarañas domesticadas, creando una nube desde la que flotan los candelabros. Las vigas apuntaladas, los paramentos de ladrillo picados, los suelos recuperados a trozos, creando un collage inacabado de belleza.

El bar se encuentra situado tras el majestuoso pórtico dórico, y en su interior, las botellas de champagne sirven de basamento a las descarnadas paredes y a las desnudas vigas de madera que muestran sin artificio las bambalinas del teatro.

Y cómo no, esa cultura filantrópica británica, en la que resulta importante participar en la conservación y protección del patrimonio desde las esferas privadas. Así, el pasamanos de madera que conduce a una segunda planta, todavía en construcción, luce en cada una de las labradas columnas una etiqueta de cartón con el nombre del mecenas, como si de un mueble de saldo en un outlet se tratara. Supone uno, que cuando se termine se convertirá en una pequeña placa que le ponga rostro a cada una de las piezas de este fascinante rompecabezas.

Una cabeza de lobo nos observa desde la pared.

Aquel día se representó Tosca, en la antigua orangerie, con un montaje de Pimlico Opera. “I have lived for love, I have lived for art”, rezaba el famoso aria “vissi d´arte”.

La misma opera que bramaba en la casa de Patti Smith cuando recibía la llamada que la informaba de la desaparición de su amado Robert Mapplethorpe, como cuenta ella misma en sus memorias.

Ayer fue la primavera y el Real. Y el descubrimiento del fantástico trabajo de la escenógrafa Malgorzata Szczesniak, que ambienta la ópera Król Roger (El Rey Roger) del compositor polaco Karol Szymanowski, basado en Las Bacantes de Eurípides, y con la que ha abierto su etapa en Madrid Gerard Portier.

Los tronos se han convertido en dos sillones de peluquería años 50, trampolines desde los que los personajes lucharán entre la razón y la pasión. Detrás las figuras cantan, aman, bailan, nadan y mueren, en el vaso de una piscina abandonada en un motel de carretera o en un hotel de playa. Un luminoso cuyas fluorescencias se desvanecieron en el tiempo. Un sol apagado. Aquel lugar donde un día se hicieron todas las promesas y que abandonado quedó a su suerte tras unas mallas metálicas.

La escena tras la escena, y un operador cámara en mano que nos devuelve la imagen de los rostros de los miembros del coro exigiendo el castigo al inmoral pastor que nos invita a lo dionisíaco, al amor sin paliativos ni fronteras. La realidad que sucede tras la escena amplificada. Y así lo importante, lo que sucede fuera de cuadro.

El espectáculo está servido. La promesa del entretenimiento perpetuo, de la libertad sin concesiones. El pastor emerge del fondo de la escena con un rebaño de pequeños mickeys que asoman tras el enorme tinglado-decorado, para ver al rey recuperar a su amada, o a su recuerdo, y convertirlo a él también en siervo de placeres por conocer. “A tus reales pies he lanzado las cadenas, y libre ahora me voy. ¡Si quieres ser mi juez te convoco, oh rey a mi orilla soleada!


Como la vida misma.
 

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