Blog de José Ortiz C
Hasta la próxima
¿Que quién sabe cuando será? El caso es que ahora si que se que he de volver a centrar mis esfuerzos en el aprendizaje (que nunca acaba) y en la creación (que siempre empieza). Ha sido una experiencia interesante y enriquecedora el hecho de haber colaborado con este estupendo entorno dedicado al diseño y a la arquitectura. Gracias a Experimenta por el espacio cedido y la confianza que depositaron en mí, y a todos los que habéis seguido mis contadísimas y humildes aportaciones. Un fuerte abrazo a todos.
¿Realmente es barato?
Pues no, no es más barato comprar en el “chino” de la esquina, porque estamos comprando productos que, en la mayoría de los casos, son de baja e incluso dudosa calidad, lo que conlleva un deterioro temprano de los mismos y un potencial efecto negativo de éstos sobre nuestra salud, ya que los materiales utilizados y los procesos productivos llevados a cabo en su fabricación no suelen estar debidamente controlados. Por tanto, aquí hay que sumar, ya, el primer coste adicional al producto, coste que no pagamos en un primer momento en el establecimiento pero que, a corto y medio plazo, pagaremos en forma de tiempo perdido al tener que reemplazar el producto estropeado, roto, etc. , y tiempo que estaremos sin ese producto que ha fallado antes de lo previsto, y eso sin contar que podríamos caer enfermos o sufrir algún accidente como consecuencia de su uso. Por otro lado hay que añadir el coste del producto de reposición porque no es habitual dirigirse al establecimiento expendedor de artículos “low cost” a reclamar la garantía de 2 años que, por ley, tienen todos los productos, total ¿con lo poco que nos ha costado merece la pena? Pues sí que la merece, aunque nos haya costado 10 céntimos hay que reclamar, ya que hemos pagado por algo que ha de funcionar y durar, hemos pagado, incluso, por el derecho a tener una solución al problema, pero ¿alguien ha llamado alguna vez al servicio técnico o al departamento de atención al cliente de algún fabricante de éstos?¿Alguien ha entendido el farragoso manual de instrucciones de alguno de estos productos baratos?
Ahora, saliendo del estricto ámbito vecinal, nos damos cuenta de que, inmersos en pleno siglo XXI, estamos atrapados por el esquema de valores capitalista y a las necesidades básicas que nos aportan los productos les hemos sumado las otrora secundarias y ahora primarias de temporalidad/moda y economicidad extrema. En la sociedad de la rapidez y la impaciencia, en definitiva, sociedad del YA, la moda convierte en caducos, en cuestión de segundos, productos que aún podrían sernos útiles durante años. Lógicamente, para facilitar la renovación de productos, éstos han de abaratarse al máximo. Así, la industria occidental, en pro de satisfacer la voracidad consumista de sus clientes, ha ido trasladando progresivamente sus centros productivos a Asia, en algunos casos junto con sus estándares de calidad y en otros sin ni siquiera éstos; centros en los que la explotación laboral, en cualquiera de sus posibles manifestaciones, está, con frecuencia, a la orden del día. Este trasvase productivo supone un importante coste social, a tener en cuenta también, ya que conlleva la destrucción del tejido industrial y comercial en los países del, mal llamado, primer mundo, con la consecuente pérdida de puestos de trabajo que ello acarrea. Pero ahí no termina la cosa y no, por añadirlo el último, deja de ser importante; se trata del coste medioambiental que supone desechar productos con tan elevada frecuencia, inmersos en la errónea filosofía del producto caduco. Mal que nos pese, al final se hace patente el siguiente refrán: “Lo barato sale caro”, en este caso “muy caro”. 
El diseño industrial, a pesar de la imagen popular que de él se tiene, no se queda en el exterior del producto, en su ámbito estético, sino que lo abarca por completo, incluyendo aspectos tan importantes como su vida útil, seguridad en su manejo, calidad de sus materiales y sostenibilidad. Es vital que el consumidor se conciencie de esta realidad y entienda que muchos de esos productos que compra a precios ridículos pueden, con toda seguridad, ser mejorables.
Embudo del V Centenario
Aunque es comúnmente conocido como “Puente del Quinto Centenario” (ya que recibe su nombre de la conmemoración del Quinto Centenario del descubrimiento de América), su denominación oficial es la de “Puente del Centenario”. Promovido por el MOPU, fue construido con motivo de la Exposición internacional de Sevilla de 1992 (la Expo’92) y se inauguró el 15 de noviembre de 1991, con un coste total de 6.468 millones de pesetas (38.873.462,91€).
Proyectado por Jose Antonio Fernández Ordóñez y Julio Martínez Calzón, renombrados doctores ingenieros de caminos, se trata de un puente atirantado compuesto por dos pilas principales de sustentación de 110m de altura, a base de hormigón y acero de alta resistencia tipo Corten, y un tablero de 22 m de ancho colocado a 45-60m sobre el nivel del río Guadalquivir, colgado a modo de artesonado a lo largo de 468m.
Obra emblemática y destacada en el paisaje sevillano, este puente, que permite a la autovía SE-30 salvar la dársena del Guadalquivir (brazo muerto del río), debe sus majestuosas dimensiones a la única necesidad de permitir el paso bajo su tablero del Juan Sebastián Elcano, buque escuela de la Armada española que atracó en el muelle de las Delicias durante la Expo´92, siendo ésta la primera y última vez que lo ha hecho en la ciudad de Sevilla.

Los dos sentidos del puente, creciente (en sentido Huelva) y decreciente (en sentido Cádiz), están separados por una valla de hormigón y formados por tres carriles cada uno, pero conforme se asciende por esta vía comienza el efecto embudo: los arcenes empiezan a estrecharse hasta su completa desaparición, tal como ocurre con la valla de separación que da paso a un carril central reversible que sustituye a los carriles izquierdos de ambos sentidos (fotografías 1, 2 y 3).




Dicho carril reversible, que se utiliza alternativamente para ambos sentidos según sea la densidad circulatoria en cada uno, es controlado con el mejor de los criterios por parte del Centro de Gestión del Tráfico de Sevilla, dependiente de la DGT (fotografías 2 y 4). Pero a pesar de ello, y tal como muestran las estadísticas, solo en el Puente del Centenario se han producido en los últimos 5 años un total de 203 accidentes de los cuales la mitad han tenido víctimas (un total de 191 accidentados, 10 de ellos graves).

A pesar de la innegable profesionalidad de los responsables del tráfico en este puente y de la actual limitación de velocidad en el mismo a 60km/h, los atascos son diarios en sus accesos y resulta imposible evitar frecuentes siniestros en este tramo, constituido por carriles de apenas 3,2m de ancho, sin separación alguna entre ambos sentidos y sin arcenes, teniendo en cuenta, por ejemplo, que el ancho estándar de un camión es de 3,1m (fotografías 9 y 10). La condición de embudo, que adopta este puente en la SE-30, se acentúa en los casos de averías de vehículos que, ante la inexistencia de arcén, han de ocupar uno de los carriles disponibles.

Ante todo lo expuesto, cabe preguntarse si el error de diseño que ocasiona el embudo está en el Puente del Centenario, apto sólo para albergar 5 carriles estrechos sin arcenes o, en cambio, en un posible sobredimensionado del resto de la SE-30, que dispone de 3 amplios carriles con importantes arcenes, en ambos sentidos de circulación (separados por una robusta valla de hormigón). Quizás, la respuesta a esta cuestión la tenga alguno de los miles de conductores que han cruzado el Puente del Centenario, atravesado en los últimos 12 años (1999-2010) más de 436 millones de veces.







