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Décima Bienal Centroamericana en Costa Rica

Intervención urbana de Marcos Agudelo

La Décima Bienal setiembre de 2016 en Costa Rica—, encendió todas sus luces, oportunidad para valorar la producción creativa y sus prácticas en el istmo. Resumo este comentario al pensamiento que motivan los significados de lo visto, aunque mucho pasó desapercibido sin activarme a repensarlo. Por lo general espero a que se apacigüen las aguas del río del arte para fijar la mirada en esos cauces, así encuentro menos turbias dichas aguas y suelo apreciar mejor la riqueza de los fondos.

El proyecto curado por la crítica de arte cubana Tamara Díaz Bringas, radicada en Madrid, ofreció distintas sedes, un importante fragmento se expuso en Puerto Limón -Caribe costarricense-, en las antiguas oficinas de la “Standar Fruit Company”, espacio tan significativo para las investigaciones sobre la identidad de las llamadas “repúblicas bananeras”, abordaje para muchos artistas actuales, quienes ven emerger sus discursos precisamente donde aconteció aquella remezón cultural y social que tanto marcó nuestra historia, desde la construcción del ferrocarril al Caribe a finales del siglo XIX, e inicios de la explotación bananera en aquellos territorios.

 

Intervenciones al espacio urbano

Entre otras intervenciones al espacio urbano como la de Lucía Madriz en el Parque Morazán, u otra de Francesco Bracci en la plazoleta del Museo de Arte Costarricense, destacó la del arquitecto y artista visual nicaragüense Marcos Agudelo: marcó dos nociones del tiempo: el atmosférico, pero también la percepción temporal del fractal, de naturaleza “cualitativa”(no la cuantitativa o métrica del reloj), en tanto la de la calidad del tiempo es de carácter más “emocional”; nos permite permanecer en ellas, investigarlas, disfrutarlas, caminarlas, sentirlas, descifrarlas, aunque aún después de emerger de esa “cápsula espacio-temporal” yo siga pensándolas e intentando interpretarlas.

Marcos Agudelo, Cianómetro, intervención al espacio urbano. Foto cortesía del artista.

Agudelo titula a su intervención el Cianómetro, se ubica en el Parque Central de la capital San José, pues como él mismo comenta su construcción fue donada al gobierno nacional presidido por Rafael Ángel Calderón Guardia, por el presidente nicaragüense Anastasio Somoza García, padre de Somoza Debaile, último dictador de la “dinastía” que gobernó el vecino país y fue derrocado en 1979 por el ejercito sandinista. El quisco fue diseñado por el arquitecto Víctor Sabater dentro del estilo Art-Decó, generando una tensión interpretativa con el edificio de la antigua “Soda Palace” en la esquina noroeste, y otros constructos aledaños donde aún se aprecia ese estilo arquitectónico. El “cianómetro” –comenta de nuevo-, fue inventado por el alpinista suizo Horace-Bénédict de Saussure en el siglo XVII, para hacer mediciones de la tonalidad del celeste -o cian- del firmamento; artefacto utilizado también por el explorador y científico alemán Alexander von Humboldt durante la expedición que realizó por el Continente Americano durante el siglo XVIII. La intervención presentada a la bienal consiste en una circunferencia que asimila la forma del acordeón, en cuyos segmentos perimetrales dispuso fotografías, de un lado las del cielo de San José, capital de Costa Rica, y del otro el de Managua, capital de Nicaragua. Con ello pone en foco la tiritante relación política entre ambas naciones, que aunque son“hermanas del alma”, en esa misma medida se pelean y bajo el mismo firmamento cian, se dicen cosas a la cara.

Murales de Rolando Castellón, salas sur del Museo Nacional. Fotos LFQ.

En el Museo Nacional

Alberga la muestra retrospectiva de Rolando Castellón a quien la Décima Bienal quiso homenajear su amplia trayectoria como artista y curador, con varios murales de sus memorias: raíces, semillas, caparazones, piedras, papeles, cartones, maderas, todo lo posible de contener un “reservorio del tiempo”, que con su genuino talento de instalador –de chamán del arte latinoamericano-, retiene en ese depósito todo lo“colectado”y cargado del sentido del arte que él busca dentro de su personalidad y encuadre, para darlo al espectador con toda su poesía y significado de una memoria que él vivifica. En una zona de esas dos salas se encuentra la placa y documentación de la Primer Bienal Centroamericana, realizada el siglo anterior en el país, organizada por el Consejo Superior Universitario Centroamericano –CSUCA-, precisamente en 1971, cuando fue ganada por el arquitecto y artista guatemalteco Luis Díaz, dinámica dentro la cual el maestro Castellón fue el único quien recibió el premio correspondiente a cada país -por su representación de Nicaragua-, y en tanto los demás premios incluyendo el de Costa Rica, fueron declarados desiertos, y eso provocó airadas protestas en el medio cultural local.

Lourdes de la Riva, Guatemala, instalación en la sala de las mirillas, antiguos calabozos del Cuartel de Bella Vista, hoy Museo Nacional. Foto LFQ.

Calabozos del antiguo cuartel de Bella Vista

Se exhiben artistas de Guatemala, Panamá y Costa Rica, pero lo que más concentró mi atención fueron las propuestas de la guatemalteca Lourdes de la Riva, con una obra que observa la acción de la naturaleza -el comején-, el cual actúa sobre las maderas y los libros; ella compuso un interesante mural de lo que permanece, remanente emocional en el cual fluye poética y extrañamiento por el libro. Es notable también la pesada viga de madera que pende en la sala de las mirillas, donde los invasores son representados con una especie de banderitas con el dibujo del bicho o insecto: inquietos suben y bajan figurando enorme agitación. Pero me quedó dando vueltas en el pensamiento la memoria de las hordas migratorias, no de insectos, sino de niños centroamericanos que en su afán de llegar al Norte andan los caminos del“estrecho dudoso”, en palabras de la desaparecida Virginia Pérez-Rattón al describir el istmo y título de uno de los proyectos expositivos más importantes curados en la región. Pero otro aspecto que me golpeó de la instalación de esta artista, es su pre-cognición de la manera como en el Norte observan a nuestros migrantes: como hormigas y cucarachas.

Stephanie Williams, Cuadra O, Antigua casa de los capitanes, Museo Nacional. Foto cortesía de la artista.

Cuadra 0”

Antes de dejar la sede del Museo Nacional visité la propuesta de Stephanie Williams, pues conociendo el trabajo serio y bien fundamentado de esta joven artista, representa un rastro a seguir para tener una mejor visión de la perspectiva trazada por la bienal. El proyecto consiste en una instalación que rememora el salón principal del antiguo Palacio Nacional, donde se gestaron promulgaciones definitorias para la identidad de nuestra República, hasta el año 1958 cuando se procedió a su demolición. Stephanie comenta que su intervención a las salas históricas del Museo, constituyen un archivo ficticio con artículos de periódico, crónicas, textos literarios, fotografías y dibujos, a partir de tres ejes temáticos: Archivos y construcciones vinculados con la importancia del contexto geo-político y de la ubicación estratégica de la Cuadra 0 dentro de la ciudad de San José. Vinculaciones con características ornamentales y estructurares de la edificación. Y, por ultimo, la demolición, la destrucción y el fracaso en el intento de mantener viva dicha memoria.

Alejandro de la Guerra, Loop, instalación en Pila de la Melaza MADC. Foto LFQ.

MADC: mirada huidiza

Al arribar a esta sede de la X Bienal me atrajo la “Pila de la melaza”, un espacio muy alternativo donde antes fermentó el jugo de la caña de azúcar para fabricar licor, hoy fermentan las ideas del arte de estos tiempos. Ahí encontré la propuesta del nicaragüense Alejandro de la Guerra. carrusel con un “caballero” o modelo sobredimensionado, que al girar encuentra un tubo el cual pende de lo alto de la edificación… y “loop”. Vuelve a celebrar quizás el simbolismo de la “caída del general” tan significativa en aquellos acontecimientos políticos de su país y el resurgimiento cultural que imprimió la revolución.

Patricia Belli, Sin Título. Sala 1 del MADC. Foto LFQ.

En la gran Sala 1, de entrada, encuentro las esculturas del nicaragüense Aparicio Arthola: “El rapto”. Aunque gozo el carácter de lo bruto y popular en el arte contemporáneo, y ese gesto de irreverencia tan propio del nica, se me queda corto el intento museográfico de dar bienvenida al espectador, pues la misma grandiosidad de la sala no lo deja ser (creo dichos aspectos museográficos no estuvieron del todo resueltos en el museo). Al fondo me atrajo la fuerza de la pintura de Xenia Mejía, hondureña: “Manglar (Rizophora mangle) siempre más que una estructura”, se trata de una evocación a las vicisitudes sociales en estos tiempos que son como esa arquitectura arbórea que hunde sus raíces en el tremendal de la vida. La “S/T de cabeza” de Patricia Belli –también nicaragüense-, posee un manubrio para sacudirla y es cuando emite una grabación; tremenda percepción del ser humano de estos tiempos en cuya “testadurez” lleva dentro los mismos aparatos tecnológicos cuyas frecuencias tanto nos invaden.

Naufus Ramírez Figueroa, “Feather Piece”, video en Sala 1 del MADC. Cortesía del artista.

Al fondo de ese magno espacio del MADC me atrajo sobre manera la presencia del video de Naufus Ramírez Figueroa, de Guatemala: “Feather Piece”, registro de un performance de 2013. Cala en mi lectura la idea del “Ícaro” que a veces quisiéramos ser para intentar remontar las alturas y desde esa posición apagar las desesperanzas de esta realidad tan conmovedora en que vivimos en la actualidad.

En la Sala 2 me detuve a apreciar la diversidad de tramas o tejidos de Priscilla Monje, y su pieza “Amanecer” 2015-2016, fotografía y pan de oro de 25 kilates; inquietan esos registros o códigos que aluden al producto actual movidos desde los inventarios y redes numéricas y de extraños silogismos que a veces también nos desvelan y nos atrapan.

Albertine Stahl, El Salvador, “Dildorama” 2016, Foto LFQ.

De la Sala 3 destaco el trabajo de Albertine Stahl, El Salvador, “Dildorama” 2016, objetos seriados de muy buen acabado y fabricación para juegos sexuales, de frente a aquel par de “penes agolosinados” al estilo de J R del Paso, pero también intensión de su propuesta.

Alma Leiva, “San Pedro Sula tiene cuerpo de mujer” 2016. Foto LFQ.

Caminé hasta el fondo de la Sala 4 atraído por la pieza de Alma Leiva, hondureña que discursa sobre esa remezón social que no solo afecta a las ciudades de la República de Honduras sino de la región entera: “San Pedro Sula tiene cuerpo de mujer” 2016. Collage interactivo, y, aunque los sujetos de esa trama son retratos de mujeres, bien pudieran leerse como el signo de “incompletud” el cual trae a la palestra del arte a los 43 de Ayotzinapa, que tan airados desencuentros ha creado en la política supra regional.

Instalación colectiva en el Centro Cultural Español. Foto LFQ.

Cruce de pensamientos

Quizás las sedes donde percibí mayores y mejores enganches o ardides para la reflexión, fue en el Centro Cultural Español; ahí se exhibe una importante instalación colectiva con medios múltiples, videos, documentaciones, fotografías, libros, dibujos, intervenciones en la pared, todo muy bien articulado y con adecuada calidad de montaje. Caló la lectura de “Tocar, no dominar I” de Diego del Pozo Barriuso, fotografías y dibujos que me hizo evocar los procesos hegemónicos de antaño que tantas pugnas provocaron o aún provocan. Además la instalación audiovisual con machete y dibujos sobre la pared, propuestas producidas en el taller realizado en el país y en Nicaragua para esta bienal. “Constantes” de Anna Matteucci, José Montero, Priscilla Pacheco, Andréa Siliézar y Enmanuel Zúñiga. Estas propuestas invitan a sumirnos en la desafiante labor del investigador cultural quien al tiempo que busca deja rastros para ser seguido y para seguir a los demás, en una especie de interaccionismo simbólico e indicios de sentido que no son predicados abiertamente, pero dejan mucho al pensamiento y a la imaginación en las prácticas artísticas de estos tiempos.

Claudia Gordillo, Meditaciones 1983-2016, documentaciones. Foto LFQ.

Algo similar me ocurrió con lo expuesto en el Museo Calderón Guardia, también muy bien montado y articulado, para hablarnos de la Centroamérica de conflictos sociales, guerras, migraciones, invasiones y pobrezas. Me cautivaron las documentaciones de Claudia Gordillo “Mediaciones 1983-2016” fotografías análogas y copias facsímil de periódicos que documentan un tiempo en imágenes y noticias de la vida de estos pueblos, donde no deja estar presente el arma, la metralla, el rifle, pero también el hambre, la deshumanización, la desesperanza, y, para no terminar con tanto extrañamiento: una dosis de poesía.

Margarita Montealegre, Limusina abandonada en la carretera de Masaya 1979. foto y video. Foto cortesía de la artista.

Me detuvo a pensar el documental y la fotografía de una limusina que quedó abandonada en la carretera de Masaya el 19 de julio de 1979, perteneciente al general Zomosa, obra de Margarita Montealegre, también de Nicaragua.

José Castrellón y Raphael Salazar, “Invisible-Invencible” 2015, Foto LFQ.

Por otro lado las fotografías de José Castrellón y Raphael Salazar, ambos de Panamá: “Invisible-Invencible” 2015, son detalles del acontecer con muy buen sentido de la fotografía contemporánea. También disfruté el video de Donna Conlon y Jonathan Harker, Panamá: “Bajo la alfombra” 2015, retrato de una manera de ser no solo panameña si no de muchas de nuestras culturas nacionales cuando lo que se barre se esconde bajo la cama o bajo los asientos, o, como en el caso de este video bajo la alfombra “verde” de las apariencias, para disfrazar conductas ecológicas que forman montículos de inmundicia y paradójicamente se convierten en símbolos nacionales.

Me interesó además la instalación con maderas y objetos del también panameño José Braithwaite, junto con sus fotografías, exploran esa realidad de nuestros espacios suburbanos donde además de tensión, hay memoria.

Quizás ya para cerrar con esta aproximación a la Décima Bienal, el día que visité buena parte de las sedes recordé que Teorética, “Lado V”, ofrecía una serie de propuestas editoriales, pero al llegar solo encontré salas algo desarticuladas y clausuradas. Días después me informaron del accidente sufrido por el encargado del montaje por lo que se pospuso la apertura. Lamento esta desafortunada nota para terminar. Al frente, se exhibía la importante retrospectiva de Patricia Belli, para la cual intento escribir una reflexión al margen de la Décima. Pero bueno, prometí andar por estas autopistas del arte centroamericano, explorar todas sus articulaciones, seguir las aperturas que ofrecen dichos puentes –tal y como lo escribí en un texto que me publicó la revista Hoja Filosófica, de la escuela de Filosofía de la Universidad Nacional .UNA-; no lo logré, me faltó apreciar el tracto de la bienal en Puerto Limón, y observar la memoria de la obra del conceptualista guatemalteco Aníbal López (A1 53167) desaparecido en 2014, y que la galería Despacio presentó para la memoria del talento de este artista a quien conocí en la segunda parte de la década de los años noventas. Retuve en el pensamiento el trazo marcado por aquella marcha de militares sobre un pavimento regado de carbón por López, que imprimió un dibujo sobre la dimensión indescifrable de la ciudad, como muchas de las ideas de esta Décima Bienal sobre esta Centroamérica de pugnas y desconciertos, pero donde los artistas abren una esperanza para una mejor lectura del futuro.

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