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La columna de Emilio Gil en Experimenta. Hoy: Mi amigo “el suizo de Argüelles”

La columna de Emilio Gil en Experimenta. Hoy:

La columna de Emilio Gil en Experimenta. Hoy:

Tuve la enorme suerte de conocer personalmente a Julián Santamaría durante la preparación del libro “Pioneros del Diseño Gráfico en España”. El acuerdo era revisar todo el material acumulado a lo largo de décadas de trabajo en su estudio del barrio de Argüelles de Madrid con el objetivo de seleccionar trabajos suyos para el libro. Para mi cada visita era una sorpresa. Dentro de un caos simpático, poco a poco fui descubriendo dos cosas: un material interesantísimo resuelto con muchos registros distintos y, lo que es más importante, la persona entrañable que había detrás del enorme profesional, por lo que la tarea rápidamente se reveló como imposible: ¿cómo escoger trabajos ante aquella avalancha de talento que se presentaba ante mi?

Santamaría es un diseñador de larguísimo recorrido con un trabajo excepcional bajo diferentes técnicas de expresión: grafista, ilustrador, pintor, diseñador de espacios, grabador… El capítulo dedicado a Julián Santamaría del libro “Pioneros” se abre con dos imágenes que tienen un elemento común: el número 5. La distancia formal que hay entre un cinco y otro da idea de la capacidad expresiva de Santamaría. No es común encontrar un profesional capaz de resolver con estilos tan distintos, y de su propia mano, los requerimientos que exigen piezas tan diferentes. Santamaría podía expresarse con un estilo propio del nivel que detentaba como artista plástico o con herramientas propias del estilo suizo de los 60 que dominaba y supo utilizar con autoridad.

Estaba dotado de una pericia en el manejo de las herramientas analógicas que le permitía conseguir acabados de una pulcritud sorprendente. Cuando me pidió que le diseñara el cartel de una exposición monográfica sobre su producción cartelísitica empleé la imagen de una cuchilla de afeitar antigua como forma de reconocer su habilidad cuando la utilizaba en la preparación de sus originales. En esta línea también cabría destacar el uso que hizo del material transferible de la marca “Letraset” —una herramienta de enorme ayuda para los diseñadores de la era pre-digital— creando unas viñetas de gran originalidad.

Santamaría disfrutaba del reconocimiento de los más destacados profesionales y artistas coetáneos: Peridis, Manuel Alcorlo, Chumy Chúmez, Cruz Novillo, Francisco Umbral… que encontraron en él la respuesta a sus intereses y la aportación de talento sobrada para embarcarse en proyectos comunes. Yo mismo tuve la suerte de compartir un proyecto de diseño para un restaurante japonés de nombre sugerente: Shiratori. El motivo gráfico de la logomarca era un cisne —traducción al español de la palabra japonesa del nombre del restaurante— para la cual Julián preparó seis hermosas ilustraciones con estilos y técnicas diferentes que, como era de esperar, acabaron decorando la entrada del restaurante.

En su pequeño y caótico estudio madrileño se sabía cuando se entraba, pero no cuando aquellas visitas iban a tener fin. A Julián Santamaría le gustaban muchas cosas y también compartir conocimiento y contar sus experiencias. La conversación saltaba tantas veces de un tema a otro que él mismo se veía obligado a reconducirla con la expresión, “bueno, a lo que íbamos”. A lo que íbamos, a lo que yo iba es a decir que estas líneas se me hacen pobres, torpes y escasas para describir el personaje extraordinario que se escondía detrás de un enorme artista al que tuve el privilegio de tratar y querer.

Un extracto de este texto se publicó el pasado 11 de abril en la sección “Primer plano” del diario «El Mundo».

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