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La columna de Eugenio Vega: Las brujas de Salem (en Massachusetts)

La columna de Joan Costa en Experimenta

La columna de Joan Costa en Experimenta

Ba-dee-ya, say, do you remember?
Ba-dee-ya, dancin’ in September
Ba-dee-ya, never was a cloudy day

(Maurice White, Alle Willis, Earth, Wind & Fire, September, 1978)

I

La duda, el fundamento de la ciencia, mueve a buscar algo de luz en los problemas ya sea mediante métodos estandarizados o por procedimientos menos ortodoxos. Quien se dedica a ello está dispuesto a admitir que lo que pasa por conocimiento en un determinado momento será puesto en cuestión con el paso del tiempo. En definitiva, “en la ciencia, la actitud es vacilante y está, necesariamente, llena de dudas” (Russell, 1922, 18).

Si para la ciencia preguntarse la razón de las cosas es un fundamento esencial, para la política por el contrario la sombra de la duda es la mayor muestra de debilidad. En la película El candidato (1972), Robert Redford interpretaba (como era previsible) a un candidato demócrata que se ve ante esa disyuntiva que obliga a elegir entre la honestidad y las triquiñuelas del poder. En la preparación de una entrevista televisiva, titubea ante la pregunta de un miembro de su equipo sobre qué hacer en Vietnam: “no basta con condenar la guerra, una tragedia sin lugar a dudas; hay que parar en algún momento el avance del comunismo”, le decían sus asesores. Un político de raza (sea de la raza que sea) no puede ser honesto y decir que no lo sabe (que es, en realidad, de lo único que está seguro). Debe responder con rotundidad, aunque para ello haya de hacerlo sin mucho fundamento. 

La religión y la política comparten esa inclinación por el dogma (Russell, 1922, 18). En 1953, Arthur Miller escribió The Crucible, una obra de teatro que en España se conoció como Las brujas de Salem a partir de un hecho real que tuvo lugar en Massachusetts hacia 1692. En realidad, la obra es un alegoría sobre la represión desatada por las investigaciones del Comité de actividades antiamericanas (House Committee on Un-American Activities) que buscaba agentes comunistas debajo de las alfombras, ya fuera en los estudios de Hollywood o en los medios de comunicación. Y para ello, al igual que en la Nueva Inglaterra de finales del siglo XVII, utilizaba como principal herramienta la delación. En los sucesos de Salem, bastó con que Tituba, la esclava del reverendo Parris, dijera que había entablado relación con el diablo y que había visto a una tal señora Good y a otra tal señora Osburn en similares tratos, para que un tribunal las prendiese a todas, las condenase y ahorcara a una de ellas.

En la imagen el escritor Dalton Trumbo y su esposa Cloe ante el Comité de actividades antiamericanas en 1947. Como consecuencia de su negativa a declarar, Tumbo pasó once meses en la cárcel y terminó exiliado en México aunque después pudo volver a trabajar en Hollywood. Tras ellos puede verse al dramaturgo alemán Bertolt Brecht que también se vería obligado a abandonar Estados Unidos por similares razones. Fotografía de autor desconocido. Imagen de dominio público.

Pero la irracionalidad caracteriza también a quien espera alcanzar un objetivo imposible con pocos medios (o con escaso talento): un entrenador puede hacer un discurso desesperado para convencer a sus jugadores de que pueden conseguir algo que, en realidad, es imposible. El mundo del deporte está lleno de eso que llaman motivación, una palabra casi tan carente de significado como innovación. En 1948, en el marco incomparable del Letzigrund Stadium de Zúrich, durante el descanso de un partido de fútbol en el que España ganaba a Suiza por uno a dos, el general Gómez Zamalloa, de la Delegación Nacional de Deportes, bajó al vestuario para animar a los jugadores. Su frase “cojones y españolía” es lo único que se recuerda de aquel día en el que, a pesar de tan extraordinario apoyó, Suiza terminó empatando el encuentro (Álvarez, 2012).

II

En el diseño, al contrario de lo que cabría esperar por su relación con la ciencia, la irracionalidad y el dogma tienen una llamativa presencia. No es raro que muchos diseñadores utilicen métodos intuitivos para resolver problemas que, en muchos aspectos, son genuinas prácticas artísticas algo, por otra parte, inevitable en la medida en que los procesos creativos son difíciles de definir y sistematizar. En 1997, un periodista consideraba que para  Xavier Mariscal “diseñar objetos era una declaración de amor” (Samaniego, 1997), un método que no parece fácil poner en práctica sin un gran despliegue de mano de obra. En esa inclinación por los comportamientos artísticos hay también una necesidad de mejorar la presencia social de una actividad (el diseño) que poca gente es capaz de identificar y definir. Es frecuente, por ese motivo, que algunos diseñadores tiendan a hacer declaraciones emotivas que contribuyen lógicamente a captar la atención del público. Basta recordar la gran cantidad de frases sin relevancia significativa, tan abundantes en la historia del diseño y de la arquitectura, que han obligado a muchos académicos a devanarse los sesos para encontrarles algún sentido: Less is more (de Ludwig Mies van der Rohe), Less is bore (de Robert Venturi y Denise Scott Brown), Form follows Functions (de Louis Sullivan), Une maison est une machine à habiter (de Le Corbusier) y muchas otras igual de ocurrentes que más recuerdan a los anuncios de la tele que a nada que tenga que ver con la ciencia.

Una valla publicitaria con la imagen de la modelo Kate Moss en la ciudad de Nueva York en 2006. Fotografía de Karl O’Leary, (CC BY-SA 3.0).

Del mismo modo que la irracionalidad, la interpretación (en el sentido literal del término) es de gran utilidad para los diseñadores. Al igual que Kate Moss, aquella modelo que tanta fama alcanzó hace unos años, muchos diseñadores posan con cara de enfado, desafiando a los lectores para hacerse los interesantes. Pero también pueden aparecer ante las cámaras desgranando mensajes “inspiradores” que más parecen homilías que razonamientos lógicos, en una suerte de predicación que se ha hecho tan popular en Internet. En muchas de esas intervenciones el debate es sustituido por declaraciones que tienden a conmover al público. Saben bien, por el ejemplo de la política, que la emoción tiene más fuerza que la razón y que la vehemencia es más eficaz para mejorar la presencia social del diseño.

Sin embargo, muchos de esos diseñadores que confiesan llevar a cabo esas prácticas irracionales tienden a considerar, por el contrario, que los usuarios se comportan (mayoritariamente) de una forma racional relativamente previsible. En cierto modo, parecen tener en mente un modelo de consumidor (o de usuario) que más parece un autómata que un ser humano. Esa visión es aún más frecuente entre los diseñadores sociales y entre quienes impulsan la innovación social, ocupados en promover escenarios razonables que lleven necesariamente a un mundo mejor. Uno de los aspectos más llamativos de los planteamientos de Manzini es la escasa relevancia que concede a la irracionalidad en las decisiones personales y políticas (Manzini, 2022). Desgraciadamente no basta con poner en práctica medidas sensatas cuando la oposición que surge ante todo proceso de cambio es, principalmente, irracional. Quien haya intervenido en proyectos de movilidad sostenible sabe a lo que me refiero.

El diseñador Phillipe Stark (ataviado con un bonito conjunto a tono con el acontecimiento) en el TED de Monterey (California), el miércoles 7 de marzo de 2007. Fotografía de Pierre Omidyar (CC BY 2.0).

Por el contrario, los diseñadores más comerciales (y los publicitarios) tienden a asumir que los consumidores actúan y viven en un mundo de locos, persiguiendo objetivos absurdos, de una forma compulsiva. A partir de esa consideración, se ocupan de comprender los motivos de determinadas conductas, aparentemente disparatadas, cuyas a prácticas desafían el principio de utilidad de las cosas con el objetivo de sacar partido a esa aparente irracionalidad (Julier, 2022, 225).

III

Alle Willis, la compositora que escribió con Maurice White la conocida canción September para Earth, Wind & Fire en 1978, no dejaba de extrañarse por la repetida presencia de la expresión ba- dee-ya que White usaba a lo largo de toda la pieza, ¿Qué demonios quería decir eso? se preguntaba esperando ver algún sentido en la letra que acompañaba a la excelente música de Earth, Wind & Fire. Pero, Maurice White le contestó con su conocimiento del negocio de la industria del disco y de los comportamientos del público: “¿A quién diablos le importa lo que quiere decir?”, en realidad, la letra nunca es relevante desde que existen las listas de éxitos. No en vano, la música en inglés triunfa en cualquier parte del mundo aunque sus oyentes no puedan ir mucho más allá de repetir una especie de duduá cuando tararean las canciones más conocidas. 

En definitiva, la música, como el resto de las artes no sirve para nada que no sea el deleite del alma (y quizá del cuerpo). Es una de esas industrias creativas cuya principal objetivo es la creación de necesidades en la sociedad de consumo y, para ello, intenta a llegar a “lo más hondo del ser humano”, allí donde la razón pierde su honesto nombre.

Referencias

Álvarez, Juan Carlos (2012) “Cojones y españolía”, en El Faro de Vigo, 12 de junio de 2012.

Julier, Guy (2022) Economías del diseño. Madrid, Experimenta Libros.

Manzini, Ezio (2022) Liveable Proximity. Idea for the Future that cares. Bocconi University Press.

Myers, Marc (2019) “Anatomy of a Song. Do You Remember? The Message in Earth, Wind & Fire’s September”, en The Wall Street Journal, 3 de septiembre de 2019.

Samaniego, Fernando (1997). “Javier Mariscal considera que diseñar objetos es una declaración de amor”, en El País, 18  abril de 1997.

Ritchie, Michael, director. (1972) The Candidate. Warner Bros.

Russell, Bertrand (1992) Free Thought and Official Propaganda, conferencia editada por Watts & Co.

White, Maurice y Alle Willis (1978), September, Earth, Wind & Fire, disponible en Video Evolution, https://www.youtube.com/watch?v=Gs069dndIYk

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