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Objetos sin alma

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En la búsqueda ininterrumpida a lo largo de nuestra vida de un lugar propio, encontramos por el camino un sinfín de sitios donde, puntualmente, nos sentimos a gusto. A veces una caña bien tirada, el buen trato de un peluquero, o el consejo de un camarero para ayudarnos a elegir vino pueden conseguir no solo que nos sintamos a gusto, sino fidelizar clientela. Sin embargo, cada vez se ven más establecimientos y grandes superficies donde se venden zapatos amontonados o libros a granel. Tú mismo te sirves objetos desprovistos de alma que han abandonado a su suerte.

Posiblemente, en un tiempo, las cosas vuelvan a sus orígenes. En el caso de los libros, quien realmente le guste leer, buscará esas librerías cada vez más escasas donde el librero tiene mucho más que el top10 de libros más vendidos y donde, además, te aconseja según el género que busques y tus gustos; en el caso de los zapatos, quizá buscaremos a ese dependiente cercano, como los de antes, que nos aconseje dependiendo el uso que le vamos a dar al calzado o que nos indique la procedencia y el proceso de fabricación de los artículos que vende.

Este modo de vender más emocional se ve mucho en la hostelería, donde el trato especializado sigue bastante arraigado. No es difícil encontrar locales con una selección de cafés del mundo con una carta que describe cada uno de ellos, o restaurantes con una decoración acogedora donde nos sirven platos caseros típicos de la zona. Pero en otro tipo de productos se pierde esa esencia y da la sensación de que adquirimos objetos desprovistos de alma, sin una historia que contar.

No se trata tanto de volver al pasado, sino de recuperar la esencia.


 

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