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La columna de Emilio Gil: Captar la atención, educar la mirada

La columna de Emilio Gil en Experimenta. Hoy:

La columna de Emilio Gil en Experimenta. Hoy:

La semana pasada tuve el privilegio de formar parte del Jurado de la edición 25 de la Bienal Internacional de Cartelismo “Terras Gauda”. En este importante y consolidado concurso hemos participado, a lo largo del tiempo, como miembros del jurado Pep Carrió, con el que compartía esta edición, Pepe Cruz Novillo, Mariscal, Alberto Corazón, Óscar Mariné, Isidro Ferrer o Pepe Gimeno entre otros diseñadores. Enfrentarse a más de 2.100 carteles para decidir el ganador no es tarea sencilla y exige tener claros cuales son los fundamentos de un buen diseño en la modalidad de cartel. El cartel, el poster si se prefiere, es un vehículo gráfico que se podría asociar a otra época, un soporte que ha perdido el protagonismo comunicativo que tuvo en otros tiempos.

Hay varios aspectos, sin embargo, sobre los que merece la pena reflexionar. Aunque el cartel en sus inicios tenía una función comercial ya desde sus primeros tiempos fue resuelto por nombres importantes del mundo del arte. En algunos casos ese ejercicio dio excelentes resultados, pero en experiencias más recientes la intervención de grandes artistas no cumplió con las expectativas generadas. A veces primaba el interés por parte del artista de evidenciar su estilo de autor olvidando la finalidad del objetivo, otras porque la incorporación en una obra de arte de la tipografía necesaria -obligatoriamente para comunicar el objetivo del cartel- no tenía fácil encaje o simplemente porque la letra de propia mano dibujada por el artista adolecía de los conocimientos básicos sobre tipografía necesarios para cumplir su función.

Un segundo aspecto tiene relación con el hecho de la pérdida de protagonismo del cartel como elemento prácticamente único para dar a conocer algo -producto, acontecimiento, institución- al aparecer otros soportes de comunicación de mayor impacto e inmediatez. Esta pérdida de sentido dio origen a un nuevo rol para el cartel, pasando de ser un medio de difusión o propaganda que buscaba la inmediatez en la vía pública, a una pieza decorativa que se valora por criterios diferentes. En la segunda mitad del siglo pasado el cartel pierde su protagonismo en la calle y se convierte en una pieza gráfica que se incorpora como un elemento decorativo en el interior de las casas, en los muros de los estudios, en los comercios. 

Parece una obviedad, pero un cartel no se observa horizontalmente. Los elementos que presenta un cartel, su nivel de detalle, son diferentes de los que valoramos en un original de publicidad impreso o en las páginas de un catálogo de arte. Uno de los requisitos ineludibles que debe cumplir un cartel es la capacidad de captar la atención en el menor tiempo posible. ¿También en el cartel destinado a su contemplación en el interior? La respuesta es sí. Un cartel de interiores puede tener un nivel de detalle mayor que uno con vocación urbanita, pero indudablemente, no puede carecer de una buena factura y de lo que es igualmente importante: contar una historia que resulte seductora por su contenido y su composición. En este sentido el cartel no es un recurso comunicativo de otros tiempos. En la misma medida que necesitamos un arte que nos educa la mirada, precisamos de un cartel bello que nos hable y nos seduzca con su mensaje, con su pequeña gran historia y nos maraville con la pericia de su autor.

©María Muiña Photography
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