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Héctor Burke: Cuaderno de Campo

Al apreciar exposiciones de arte o diseño -como las que programa el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC), entre marzo y mayo de 2015-, es fundamental tener clara conciencia de lo que permanece o asimilamos de la visita y lo que nos emociona; sin esa carga de naturaleza tan motivacional sería imposible escribir este comentario, por ejemplo, incluso, uno puede pasar por una u otra sala del museo sin que emerjamos afectados benéficamente por sus contenidos o quizás hasta salgamos tan vacíos como entramos.

Héctor Burke. "Cuaderno de Campo". Foto cortesía del MADC.

En tanto Héctor Burke es poeta y artista visual, se sirve de su “Cuaderno de Campo” para explorar las posibilidades infinitas abiertas por la visualidad contemporánea, además de la palabra, el verbo que se porta a sí mismo y se constituye en una pieza más de lo expuesto, como atesorado bagaje el cual se lleva para el camino, útil en el momento de fraguar sus comprensiones del arte -lo que él colectó y asimiló durante dicho andar testimoniando el significado de vivir hoy en día.


 Héctor Burke. "Cuaderno de Campo". Foto cortesía del MADC.

En esta muestra del MADC, cuaderno es sinónimo de espacio o sala expositiva, es el museo mismo. Contiene trazos, gestos briosos impregnados al soporte del papel, realizados con diversos materiales en una exploración espontánea, sagaz, que distingue a su autor como un individuo juguetón con la forma, travieso, o tal vez en suma intuitivo. Nos revela a los espectadores que en arte tanto como en el juego, emerge el niño que portamos en nuestros adentros, quien arbitra el lenguaje a partir de elementos mínimos, sencillos, poco pretenciosos, sin embargo, que acrecientan en dicho fluir en esa singular construcción de su poética y visualidad. Me refiero a la niñez creativa, espontánea, que todo lo cree por lo tanto lo recrea sin mayores pretensiones de dejar huellas y por ello cala profundo.

 Héctor Burke. "Cuaderno de Campo". Foto cortesía del MADC.

Me atrevería a decir que lo expuesto en la Sala III del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, es una muestra sobria, sin embargo nada discreta, si restásemos uno solo de esos trazos, la propuesta entera lo resentiría en tanto ahí lo que existe es una sinergia que crece entre los versos esgrafiados en los muros de la sala con cada uno de aquellos trazos donde encajan esos encuentros cotidianos del andar azaroso del artista, con la mirada activa, vivencial, en estado de constante alerta, de quien rastrea las porosidades o pliegues de la materia, para anidar ahí lo emocional, capaz de empoderar a cada uno de nosotros espectadores expectantes. Digo “expectantes” en tanto siempre esperaría un algo más para sentirse colmado, aunque en este caso no se trata de una percepción negativa, sino propia del discurso actual que Burke maneja a su antojo.

Héctor Burke. "Cuaderno de Campo". Foto cortesía del MADC.

Pretendiendo ir más allá del museo y dar una ojeada –en la pantalla de la imaginación-, al taller o espacio de trabajo del artista, nos percatamos que el cuaderno también es sinónimo de camino, como fue dicho, donde él, el artista, se detiene a observar el mundo y su condición ante; lo hace con un espíritu tranquilo pero jamás ocioso, atenúa las excitaciones para dejarse encontrar por el lenguaje y que éste a su vez lo catapulte a lo esencial, aquello que solo es capaz de descubrir un adiestrado como él quien se deja engullir por tal signo de profundidad. Logra encadenarlo tal vez al mirar la “Lluvia” vertida por lo que parece ser una piedra de río, o en un trozo de papel hecho a mano con un verso tecleado que él intituló “Viento”, o en una mirada que escapa al perseguir el vuelo de aquella mariposa verde escapada de una de sus poesías, o de la criatura que aparece y desaparece entre los ramajes de la huidiza memoria. Es ahí, en la Sala III, que la visita al MADC se convierte en un encuentro sustentador, que apaga las percepciones de extrema liviandad recogidas al cruzar las primeras salas del museo.

MADC, Sala III con la muestra Cuaderno de Campo de Héctor Burke. Foto Cortesía del MADC.

Ya para cerrar con este comentario, diría que observamos a un artista de largo andar, ensimismado pero siempre fogoso, silencioso pero jamás simple espectador (como un día dijera Janis Kounellis, aquel artista del Arte Povera italiano: “En arte como en el amor, santos o revolucionarios pero jamás turistas”). En esta aproximación a su obra, la cual comenzó a emerger en los años ochentas del siglo pasado al frecuentar el taller de grabado en metal del maestro Juan Luis Rodríguez Sibaja, en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Costa Rica, Burke demuestra su sentido genuino del arte actual, y que al crear basta con darle rienda al vuelo del pensamiento, catapultado por la poesía interior y el conocimiento del material, lo que abre los sonidos de la naturaleza al clarear el día, en el círculo de lo que es suyo, enclave inconmensurable cual océano de su extensa investigación autoreferencial.


MADC, Sala III con la muestra Cuaderno de Campo de Héctor Burke. Foto Cortesía del MADC.

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