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Si una mañana de invierno un viajero

La nieve ha desdibujado los límites de lo pisable, y Londres, que un servidor debía haber dejado atrás hace unos días, se ha convertido en una maravillosa jaula donde seguir derivando.

Este primer blog toma su nombre del genial libro de Calvino (en versión diurna) donde el lector se convierte en verdadero protagonista de los diez comienzos de historias que se le ofrecen.
Un agujero en el muro por donde mirar que sucede al otro lado, una puerta entreabierta, una primera frase, un capitulo de un libro que nunca se escribirá.

Me lanzo a pasear por Hyde Park al encuentro de la Serpentine Gallery. En invierno, el pabellón que cada año es diseñado por algún primera espada del mundo de la arquitectura que todavía no haya construido una primera obra en Gran Bretaña, es sustituido por los fabulosos árboles cuya poda ha dejado convertidos en esculturas. Son los espacios entre sus ramas-brazos cortados, los que articulan el discurso con el telón gris de fondo. Nos viene a la memoria la frase de Benjamin para definir archipiélago, como conjunto de islas unidas por lo que las separa. Así estos espacios inversos, los que no están, los que "quedan por venir." Como dejara escrito Foucault en “El pensamiento del afuera” : …no se repite más que el vacío de la repetición, aquello que no habla y que sin embargo, ha dicho para siempre.

Una arquitectura de la desaparición, del espacio en el que quedamos inscritos como personajes más que como observadores.

Abrimos la puerta de la galería, y después de ser secuestrados por la magnífica colección de libros de la librería, nos lanzamos a la primera exposición monográfica en Inglaterra de Philippe Parreno. La muestra se articula a partir de cuatro películas que se van concatenando por medio del sonido, nuestro lazarillo en la penumbra.

Nos vamos a detener en “June 8, 1968”, la pieza que ocupa la sala central. El rumor de un tren nos indica el camino hacia la sala. Una serie de personajes nos observan inmóviles desde una ladera. La brisa peina el campo. El tren avanza por un paisaje donde todos nos observan. Inspirado en las fotografías de Paul Fusco, acompañamos el peregrinar del féretro de Robert F. Kennedy desde Nueva York a Washington por un paisaje domesticado y casi detenido, un espacio que se genera entre nuestra mirada, la del difunto desde el tren, y los que nos observan.

El traqueteo del tren sólo es sesgado por el rumor del viento agitando los campos donde inmóviles, nos siguen observando los personajes. Nosotros nos hemos convertido una vez mas en los protagonistas y la película es el espacio que nuestros ojos recrean a lo largo del viaje. Un viaje que dura apenas siete minutos. Un viaje que en su día duró más de cinco horas por las multitudes que esperaban junto a las vías. Un viaje sobrecogedor que multiplica nuestra percepción del tiempo y que habilita un nuevo espacio a nuestro alrededor.

De pronto el silencio. Un chasquido indica el arranque del motor de los estores que mecánicamente dejan que la luz de hielo y los árboles guardianes del parque se vuelvan a introducir en el interior. Todo sigue allí fuera. Nuestros ojos detenidos en las mil conexiones eléctricas que como un pequeño zigurat hacen posible el artificio y que el autor llama “serpientes” en el folleto de la exposición de la galería.

Saltamos de nuevo a los jardines de Kensington, y nos dejamos perder en los reflejos sobre las superficies de las esculturas de la serie “Turning the World upside down”, que Anish Kapoor ha realizado para el parque, enfrentándonos a ser parte invertida de esta realidad nevada, a secuestrar también nosotros un poco de este cielo plomizo que el disco que queda tras el lago atrapó desde el alba.

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