Blog de Luis Fernando Quirós

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Héctor Burke: Cuaderno de Campo

20.03.2015 | 10:10

Al apreciar exposiciones de arte o diseño -como las que programa el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo (MADC), entre marzo y mayo de 2015-, es fundamental tener clara conciencia de lo que permanece o asimilamos de la visita y lo que nos emociona; sin esa carga de naturaleza tan motivacional sería imposible escribir este comentario, por ejemplo, incluso, uno puede pasar por una u otra sala del museo sin que emerjamos afectados benéficamente por sus contenidos o quizás hasta salgamos tan vacíos como entramos.

Héctor Burke. "Cuaderno de Campo". Foto cortesía del MADC.

En tanto Héctor Burke es poeta y artista visual, se sirve de su “Cuaderno de Campo” para explorar las posibilidades infinitas abiertas por la visualidad contemporánea, además de la palabra, el verbo que se porta a sí mismo y se constituye en una pieza más de lo expuesto, como atesorado bagaje el cual se lleva para el camino, útil en el momento de fraguar sus comprensiones del arte -lo que él colectó y asimiló durante dicho andar testimoniando el significado de vivir hoy en día.


 Héctor Burke. "Cuaderno de Campo". Foto cortesía del MADC.

En esta muestra del MADC, cuaderno es sinónimo de espacio o sala expositiva, es el museo mismo. Contiene trazos, gestos briosos impregnados al soporte del papel, realizados con diversos materiales en una exploración espontánea, sagaz, que distingue a su autor como un individuo juguetón con la forma, travieso, o tal vez en suma intuitivo. Nos revela a los espectadores que en arte tanto como en el juego, emerge el niño que portamos en nuestros adentros, quien arbitra el lenguaje a partir de elementos mínimos, sencillos, poco pretenciosos, sin embargo, que acrecientan en dicho fluir en esa singular construcción de su poética y visualidad. Me refiero a la niñez creativa, espontánea, que todo lo cree por lo tanto lo recrea sin mayores pretensiones de dejar huellas y por ello cala profundo.

 Héctor Burke. "Cuaderno de Campo". Foto cortesía del MADC.

Me atrevería a decir que lo expuesto en la Sala III del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, es una muestra sobria, sin embargo nada discreta, si restásemos uno solo de esos trazos, la propuesta entera lo resentiría en tanto ahí lo que existe es una sinergia que crece entre los versos esgrafiados en los muros de la sala con cada uno de aquellos trazos donde encajan esos encuentros cotidianos del andar azaroso del artista, con la mirada activa, vivencial, en estado de constante alerta, de quien rastrea las porosidades o pliegues de la materia, para anidar ahí lo emocional, capaz de empoderar a cada uno de nosotros espectadores expectantes. Digo “expectantes” en tanto siempre esperaría un algo más para sentirse colmado, aunque en este caso no se trata de una percepción negativa, sino propia del discurso actual que Burke maneja a su antojo.

Héctor Burke. "Cuaderno de Campo". Foto cortesía del MADC.

Pretendiendo ir más allá del museo y dar una ojeada –en la pantalla de la imaginación-, al taller o espacio de trabajo del artista, nos percatamos que el cuaderno también es sinónimo de camino, como fue dicho, donde él, el artista, se detiene a observar el mundo y su condición ante; lo hace con un espíritu tranquilo pero jamás ocioso, atenúa las excitaciones para dejarse encontrar por el lenguaje y que éste a su vez lo catapulte a lo esencial, aquello que solo es capaz de descubrir un adiestrado como él quien se deja engullir por tal signo de profundidad. Logra encadenarlo tal vez al mirar la “Lluvia” vertida por lo que parece ser una piedra de río, o en un trozo de papel hecho a mano con un verso tecleado que él intituló “Viento”, o en una mirada que escapa al perseguir el vuelo de aquella mariposa verde escapada de una de sus poesías, o de la criatura que aparece y desaparece entre los ramajes de la huidiza memoria. Es ahí, en la Sala III, que la visita al MADC se convierte en un encuentro sustentador, que apaga las percepciones de extrema liviandad recogidas al cruzar las primeras salas del museo.

MADC, Sala III con la muestra Cuaderno de Campo de Héctor Burke. Foto Cortesía del MADC.

Ya para cerrar con este comentario, diría que observamos a un artista de largo andar, ensimismado pero siempre fogoso, silencioso pero jamás simple espectador (como un día dijera Janis Kounellis, aquel artista del Arte Povera italiano: “En arte como en el amor, santos o revolucionarios pero jamás turistas”). En esta aproximación a su obra, la cual comenzó a emerger en los años ochentas del siglo pasado al frecuentar el taller de grabado en metal del maestro Juan Luis Rodríguez Sibaja, en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Costa Rica, Burke demuestra su sentido genuino del arte actual, y que al crear basta con darle rienda al vuelo del pensamiento, catapultado por la poesía interior y el conocimiento del material, lo que abre los sonidos de la naturaleza al clarear el día, en el círculo de lo que es suyo, enclave inconmensurable cual océano de su extensa investigación autoreferencial.


MADC, Sala III con la muestra Cuaderno de Campo de Héctor Burke. Foto Cortesía del MADC.

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Luis Fernando Quirós

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Christian Porras: Amar el material

17.02.2015 | 17:02

Existen individuos muy creativos que cultivan sus talentos con verdadero ahínco, Christian Porras es uno de ellos: músico, cantautor, escultor, pintor, diseñador, quien vive en la norteña “Ciudad Blanca”, Liberia, provincia de Guanacaste, limítrofe con tierras nicaragüénses.

Desde hace algunos años lo sigo, interesado en sus confecciones de máscaras, con rasgos de diseño de productos artesanales. Realiza, además, talleres con niños de escuelas aledañas, reutilizando materiales, jícaros, maderas encontradas en las playas e intervenidas por las abrasivas arenas, recursos que hablan de dónde vienen, de los sonidos de las brisas costeras, de los acentos y vocablos de aquellos pobladores autóctonos de esas tierras entrañables.

Ahora me sorprende con esta nueva producción de caras en maderas encontradas por su ingeniosa interpretación de gestos y rasgos donde son suficiente dos agujeros para representar la mirada fogosa del sabanero, o el toro y el montador, en esos juegos e ilusiones ópticas explicadas a través de los procesos psico-perceptivos y sensoriales.

 Christian Porras. Máscaras en madera. Foto cortesía del autor.

¿Cómo inicias el diseño y manufactura de esas caras? ¿Haces dibujos preliminares o maquetas?
Christian: Inicio teniendo ganas… de crear, de expresar, de inventar. Estas máscaras salen por la necesidad de utilizar los sobros de madera que el taller depara a diario.
Nunca hago un borrador de nada, siempre me lanzo a la aventura pues es parte de lo que quiero descubrir. Soy amante de los materiales y veo en la mancha un aliado mas, a la obra.

¿Cómo cargas de ese jocoso gesto del pueblo, del trabajador sabanero, del artesano o de aquel que como tú, canta bajo la luz de la luna liberiana?
Christian: Yo no he aprendido aun el canto de mi pueblo, lo que si percibo es su exquisita esencia, cosa que reconozco importante en mi obra visual y musical. Me gusta las descripciones mas que las historias, por ejemplo: en una canción mía puedo hablar de un puent histórico, y darle larga a su descripción, contar una historia entorno a este, podría ser limitado y quizás obvio, en otras palabras y para hacer referencia a las caras… ”una expresión hablaría mas, que los miles de colores”

Christian Porras. Máscaras en madera. Foto cortesía del autor.

Christian Porras. Máscaras en madera. Foto cortesía del autor.

¿Cuándo creas esos personajes, cómo captas en sus gestos esa picardía del folclore guanacasteco?
Christian: La esencia es una herencia, yo soy parte de un mundo en que las cosas se intercambian, pasan de uno a otro, como si fuese cosa de familia, y todo es resultado de una cotidianidad y estrecha relación con el entorno, estos personajes son parte del patio en el que habito y por ende son confianzudos, pícaros, chismosos, reservados, creyenseros, amigables, bonachones.

¿En qué piensas en el momento de crearlas? ¿Cómo encuentras los estímulos que te empujan a darles ese vigor tan propio?
Christian: Pienso en que algo bello tiene que salir de algo que amo hacer y es crear.
Me estimulo con poco, la única necesidad que tengo es de obtener algo que en algún momento del proceso de elaboración, cuantifico y valoro, dándole un puesto dentro de lo estético, lo bello, decorativo, crítico o irreverente y de ahí puede surgir una nueva motivación orientada a cumplir un nuevo objetivo especifico.

Christian Porras. Máscaras en madera. Foto cortesía del autor.

Christian Porras. Máscaras en madera. Foto cortesía del autor.

¿Observas alguna tendencia del arte?, ¿cómo referenciar tu trabajo?, ¿qué investigas o cómo cargas esa fuerza autoreferencial de nuestras culturas originarias presente en esos trabajos?
Christian: Me gusta el arte moderno, pues veo una gran oportunidad de comunicación y usos distintos de objetos y materiales.
Mi trabajo visual es una continuación de mi obra musical y viceversa, están ligadas una con la otra. Yo veo mi trabajo como único, y a pesar de que puede coincidir o evocar otras obras y otros artistas, debo decir con certeza que este es consecuente con lo que soy y soy un hombre sencillo, deseoso de experimentar y cruzar la línea para obtener un producto.
Me encanta la gente, pero sobre todo el entorno, el escenario donde nos movemos los seres humanos, los pueblos, los barrios, los patios
yo busco e indago en estos rincones donde se escabulle y vive la gente, me interesa la vida y como se desarrollo en un mundo que depende de tantas cosas materiales para vivir. Es así como puedo animarme a pintar o armar objetos a partir de materiales de uso común.

Christian Porras. Máscaras en madera. Foto cortesía del autor.

Christian Porras. Máscaras en madera. Foto cortesía del autor.

Para cerrar con este breve acercamiento al trabajo de este joven creador guanacasteco, y dar una ojeada a su trabajo creativo, recordar quizás sus canciones o cuando acompaña con su guitarra y otros instrumentos al grupo de danza liberiano dirigido por su esposa Vera Vargas, es un goce para la estética, para la visualidad del arte actual y el diseño, se trata de un todo armónico arraigado en una región de fuertes rasgos de identidad.

Christian Porras. Máscaras en madera. Foto cortesía del autor.

Hay en este proyecto reminiscencias de los tiestos de cerámicas y otros materiales colectados en las excavaciones arqueológicas, en este caso de la cultura Chorotega en la Gran Nicoya, con ligámenes específicos al arte Maya, por lo que el trabajo de Christian, quizás sin que él mismo se lo proponga, conduce a una historia regional que no nos disgrega, más bien nos ata a sus formas de arte y pensamiento vernáculo y originario.
Esperamos pues que estos gestos fogosos cargados a las maderas o esos materiales que él ama conquisten mejores posiciones, se ubiquen en fronteras más amplias a veces difíciles pero no imposibles de atravesar, debido a la nociva actitud “capitalcentrista”, y podamos apreciar estas piezas expuestas en galerías y museos de la capital.

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Luis Fernando Quirós

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Carlos Bermúdez ¿Mapas mudos o reinvención del rostro?

14.02.2015 | 15:34

El artista Carlos Bermúdez viene de una etapa de reformulación intelectual ante lo que fue su pintura de finales de la década de los años noventas y los dos mil, cuando trabajó con materiales alternativos como el concreto y otros pigmentos elaborados y descubiertos en el taller. Lo que hoy muestra en la galería del Patronato Nacional de la Infancia –PANI-, formula un nuevo logro, distinto en apariencia pero idéntico en lo estructural: versa sobre la experiencia en el laboratorio del arte donde más que disponernos a buscar, lo que conviene a la obra de arte llega por sí mismo, se deja encontrar.

Carlos Bermúdez. Mapas Mudos. 2015. Galería del PANI.

Lo expuesto son retratos, perfiles y/o cuerpos, todos con fuertes contrastes de color, que encienden al espectador, lo agreden -si se quiere comprenderlo de esta manera-, afectando sus claves sensitivas a través de lo perceptivo y que implica a la memoria, lo recordado una vez salidos del espacio de la sala, cuando comprendemos que aquella vivencia, lo que el artista buscó decir con la muestra, cumplió su cometido delante la vorágine de lo visto, que no termina de bombardearnos con múltiples cargas sinestésicas.



 Carlos Bermúdez. Mapas Mudos. 2015. Galería del PANI.

Búsqueda del rostro
Su acción artística, lo que catapulta el manejo de la técnica, la experiencia y dominio de pintor, me parece a lo predicado por un libro muy apreciado para mí: “El Rostro Ajeno”, del célebre novelista japonés Kôbô Abe -1924-1993-, quien nos centra en la vida de un científico a quién le explotó un químico que le desfiguró sus facciones, y una vez restablecida la salud, emprende el proceso de reinvención de dichas facciones, ejercicio proveniente de una profunda investigación autoreferencial, fundamentada para alcanzar nuevamente lo que según él había perdido: su identidad. Para ello probó distintas tipologías de piel, de células y caracteres que le acercaran al hombre que fue, pues lo perdido, más que facciones, significaba la personalidad.



 Carlos Bermúdez. Mapas Mudos. 2015. Galería del PANI.

Cauces de color
Me parece observar con los ojos de mi imaginación a Carlos Bermúdez inserto en el taller, probando esas “pieles” o pigmentos, y esos caracteres que fluyen en los líquidos que -a través de la motriz de sus manos y brazos-, generan cauces que redibujan la superficie de fuerte intención cromática y simbólica. Cauces por donde fluye lo que intenta encontrar y que él llama “Mapas Mudos” en los cuales se agregan las vivencias de lo urbano, de un ente que nos condiciona y hace quizás hasta sin darnos cuenta, donde todos sin excepción buscamos nuestra identidad perdida ante el acecho del mercantilismo y la sociedad de las apariencias y el espectáculo.


Carlos Bermúdez. Mapas Mudos. 2015. Galería del PANI.

Son Mapas Mudos en tanto no poseen facciones faciales, son solo territorios con planos de luz y energía que en ocasiones demuestran intensos movimientos centrífugos o centrípetas para subvertir las fuerzas y atractores de la misma naturaleza, como lo hace el ojo de la tormenta, cuando atrae lo incidental de la atmósfera para autosoportarse y autoreferenciarse, acrecentarse a las miradas atónitas y desesperanzadas de quienes esperamos su inminente embate.



 Carlos Bermúdez. Mapas Mudos. 2015. Galería del PANI.

Confrontación silenciosa
Ante dichos “Mapas Mudos”, como ante la tremenda crisis actual, lo que subvierte genera interés, carga al vacío de texturas cromáticas y tensiones interpretativas, y como dije causes que bordean lo que suponemos son rostros o cartografías multicoloras que disertan sobre las nociones de territorialidad, con sus accidentes y flujos que emprenden la comprensión del misterio de la unidad, o la identidad.

 Carlos Bermúdez. Mapas Mudos. 2015. Galería del PANI.

Carlos Bermúdez nos sume en esa “confrontación silenciosa” donde cada uno de nosotros sus espectadores asumimos una posición para emprender ese intento de salir, de emerger quizás del gran Caos, o al contrario de sumirnos en la deriva sin rumbo, sobrellevando las contingencias, intentando comprender las incertidumbres del no saber qué, pero que a la vez se convierten en la principal estrategia para gestar de interés a la obra de arte y volver memorable nuestro andar por esos mapas sin nombre, sin habla, sin escucha, sin olfato, sin sabor, “sin rumbo cierto” como diría aquel poema de Darío: Lo Fatal.

 Carlos Bermúdez. Mapas Mudos. 2015. Galería del PANI.

Trasponiendo la obra liminar de Carlos –de los finales de los noventas-, y lo que hoy muestra en el PANI, diría que gana el color, un tratamiento renovador –que evoca el Pop Art-, por encima de la textura visual y el potencial simbólico del plano, del vacío pero que puede colmarse con cualquier otro signo de lo territorial. Quizás, si se me permite plantear mi disenso sobre lo visto, lo que para mi carece la muestra, pero que él nos promete vendrá, es abordar la poética de las transparencias para hacer visible el proceso, que hasta ahora deja oculto o lo trasviste con nuevos ropajes delante de los combates suscitados en el momento de crear. Como escribiría Vincent Van Gogh en una de esas cartas a su hermano Theo: cuando la parturienta muestra el recién nacido lo hace con su mejor ropaje, pero esconde los trapos ensangrentados del parto. Esta es la distancia que marca la pintura de ayer con la actual, cuando en lo contemporáneo interesa el proceso, como también dijo Kôbô Abe en el libro citado: el interés de la investigación ya no es el fruto, es el proceso.

 

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