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Costa Rica Nuevo Museo del Jade

Visitar el nuevo Museo del Jade -Instituto Nacional de Seguros-, es un “complejo vitamínico” con conocimientos de nuestros pueblos originarios: sus formas de convivencia, arte, diseño, pensamiento, gastronomía, sociedad y cultura, a través de la amplia producción de objetos que nos legaron, encontrados en las innumerables excavaciones arqueológicas en distintos puntos de la geografía nacional.

El proyecto del edificio estuvo a cargo de el arquitecto Diego van der Laat, inspirado en la piedra de jadeíta o la nefrita, tal y como la hallaron en aquel material geológico existente en esta región desde tiempos inmemoriales. La configuración minimalista exterior del edificio asemeja el jade mismo, con sus cortes hendidos en diagonales que atraviesan la irregularidad de las fachadas trazando enormes triángulos o pirámides. Laura Rodríguez –directora del Museo- expresa que es precisamente la tecnología del jade la que genera la tipología adoptada para la arquitectura del edificio, el cual se localiza en el centro mismo de la ciudad, a un lado de la Plaza de la Democracia, el Museo Nacional, la Asamblea Legislativa y en contrapunto visual con el verdeazul de las montañas sureñas que enmarcan el paisaje urbano de nuestra capital.
La circulación interna activa el recorrido personalizado, para un espectador que va probando los númenes que ofrece cada sala, acercamiento a la experiencia educativa en la cual se utiliza tecnología de punta para estimular todos los sentidos: vista, audio, tacto, y el orientarse entre los visto y asimilado en nuestros sistemas cerebrales activados para el aprendizaje y la emoción de reconocerse en lo expuesto por el museo.

Tres diversas piezas de jade, la del centro es el ave bicéfala que origina la marca o isotipo del museo. Fotografías de Gloriana Valverde y LFQ. 

Aspectos museográficos de las distintos espacios expositivos. Fotografía LFQ. 

Las Salas del Umbral y del Jade
La primera es un espacio al lado del gran vestíbulo -de ingreso gratuito para todo púbico- se tiene el primer contacto con el jade, ahí -en dicha Sala del Umbral-, observamos la piedra bruta de considerable tamaño que demuestra la técnica de elaboración de el mineral. Mediado por la tecnología, la Sala del Jade, explica qué es el material y el carácter de dualidad central a las expresiones del arte de nuestros ancestros; además se nos ubica en una noción de temporalidad nada rígida, más amigable, asumiendo la no linealidad del pensamiento de aquellas culturas orgánicas sumidas en la más profunda naturaleza, fértil, fecunda, creativa, que les dotó de lo necesario para la subsistencia armónica con la diversidad de caracteres del entorno.

Disco con esgrafiados de la escritura ideogramática de la Cultura Maya. Fotografía LFQ. 

Conjunto de cabezas en diversos jades. Fotografía LFQ. 

Las Salas del Día y de la Noche
Con intensos estímulos visuales provenientes de todas las nociones espaciales: arriba, abajo, adelante, atrás, izquierda y derecha, se nos ilustra la vida en el bosque, el río, el aire benéfico que abre las claves sensoperceptivas dispuestas a conocer sus formas de vida dependientes de la caza, la pesca, la agricultura de verduras y tubérculos como su principal fuente alimenticia, pero también ilustra el trabajo artesanal en la fabricación de los utensilios de uso doméstico y del ceremonial funerario. La Sala de Noche intensifica el misterio, el simbolismo de los objetos cuando se nos sume en las vivencias oscuras evocando los sitios donde moran los espíritus del inframundo y su influencia en la vida de la comunidad.

Tres distinta vasijas cerámicas con diversidad de lenguajes, resalta la unión de dos formas cilíndricas y su tratamiento de superficie. Fotografía LFQ. 

La Sala de la Memoria
Se habla de la herencia, del vivir en sociedad y gestar cultura: la música, la danza, la sexualidad, el juego, el ritual y su cosmogonía. El visitante se siente estimulado a esculcar y descubrir la historia en la vivencia personal, en el ejercicio creativo sumido en ese entorno histórico de abundantes insumos perceptivos a través de los mismos objetos de lítica, gres y metales que distinguieron la creatividad de dichas etnias que poblaron la región Chorotega, el Valle Intermontano Central, el Caribe y la región del Diquís.

Vasijas cerámicas las cuales destacan por los gestos de sus rostros. Fotografía LFQ. 

¿Cómo empoderar al espectador?
Hablando de la memoria y arribados a este culminar del recorrido, se recuerda el ave bicéfala, de singular y sutil figura abierta que define los caracteres de dualidad de estas manifestaciones autóctonas, apreciada en la Sala del Jade y que se convirtió en la marca o isotipo del museo. La directora Laura Rodríguez explica que para estimular dicho carácter emocional del espectador, precisa la estrategia museográfica adoptada, que es de carácter envolvente; implica al visitante a reconocerse en el bosque, ante la fuerza evocativa de los objetos en su medio natural y poder descubrir por sí solos la conexión. Se trata, explica -“de una aproximación al museo y a la colección rompiendo aquellas antiguas barreras de los museos entre el objeto y el espectador”. Hoy se invita al espectador a experimentar los materiales y los objetos en las zonas de juego y misión educativa, donde se nos estimula y recuerda que somos bienvenidos al museo -por ejemplo-, expresados en los lenguajes de las distintas etnias de la Costa Rica indígena actual.

La chamana, cuerpo femenino cerámico. Fotografía cortesía de Gloriana Valverde 

Mi lectura reinterpretativa 
Esta percepción de un museo para todos, amigable, donde las cédulas digitales fueron dispuestas según consideraciones ergonómicas y las edades de los distintos visitantes, para aprender y deleitarse con su amplísima colección, ofrecen la alternativa de generar otros abordajes e incluso brindar al espectador la opción de seguir su propia reinterpretación, paralela, más personal, como la que motiva mi comentario, sesgada quizás y en mi caso hacia el diseño, donde el objeto utilitario o simbólico imbrica un fuerte rasgo minimalista, poroso, en tanto referencia a otras culturas de la humanidad, y que nos dice que nunca estuvimos ni estamos solos, en una noción de globalidad que enmarca hasta los confines de la historia local, no como la actual noción engendrada por las presiones hegemónicas eurocentristas. De alguna manera activa la discusión sobre aquella teoría de cómo fue poblada La Tierra, cuando se dice que los primeros habitantes llegaron por el estrecho de Berig para poblar este continente; sin embargo, también abre espacio a la contrateoría, de que pudo ser a la inversa, o sea que fueron nuestros ancestros los que en esos flujos migratorios liminares se esparcieron por todo el planeta. Lo cierto es que muchas de las piezas colectadas por este museo nos conectan con distintos estratos de la universalidad del arte a través de los vestigios arqueológicos, y aunque estos pueblos originarios no conocieran la siderurgia del hierro -exceptuando la magistral elaboración del oro-, lograron con las técnicas vernáculas símiles sorprendentes, de enorme valor para reconocer sus talentos, creatividad y dominio de la técnica.

Distintas piezas cerámicas que se distinguen por la riqueza de los tratamientos que van desde un agudo minimalismo hasta lo profuso de los signos y texturas propios del arte de nuestros antepasados. 

En esta reinterpretación intuí una zona que tiene que ver con los gestos observados en los rostros de las vasijas y otros utensilios, donde uno advierte la afectación quizás por la conmoción ante ese universo que tenían por delante, o incluso la algarabía en las festividades en las cuales exacerbaron los acicates: ¿la chicha o la droga? ¡Cómo se parecían a las sociedades actuales!

En otras, me sorprende el dominio del modelo formal, la configuración del cilindro o la esfera, de las intersecciones y cortes entre conos, cilindros y esferas para generar superficies de transición inusitadas, de genuinas tipologías morfológicas, además de los lenguajes cargados a los engobes, esgrafiados y otros acabados que les permitió el uso de tan singulares materiales y técnicas autóctonas.

En ese recorrido por las diversas salas me detuve a contemplar una y otra vez la fuerza del disco con aquellos esgrafiados de la escritura Maya, sorprendente y sin igual, interroga una vez más acerca de las fortalezas de su crucial evolución que nos posibilita comprender la historia antigua del continente, y en especial la de este estrecho –que llamamos istmo centroamericano-, que reúne las grandes culturas de Mesoamérica y la Inca. Y, aunque desde el enfoque arqueológico no se pueda hablar de “piezas emblemáticas” –aspecto que me lo recuerda la directora Laura Rodríguez-, en tanto todas, por pequeñas o simples que parezcan poseen igual valor científico y cultural, pero salta a la vista la fuerza de la “mujer jaguar”, la “chamana”, que devela un signo distinto del rol social de la mujer en aquellas sociedades ancestrales. 

 Piezas de piedra en las que se distingue el platón trípode de sutil minimalismo y manejo armónico de la proporcionalidad y la geometría. Fotografía LFQ. 

Desde otro ángulo de mi enfoque, descubrí concepciones y manejos geométricos en temas de armonía muy genuinos, como aquel platón trípode en piedra expuesto en la Sala del Acopio, caracterizado por su pureza minimalista, razón presente también en los objetos para sentarse, en las mesas ceremoniales y otros productos que nos engullen en la especulación y el pensamiento deductivo sobre el significado del uso de los objetos en aquellas culturas originarias, centrales en las investigaciones antropológicas contemporáneas para dilucidar quienes somos, de dónde venimos y por qué somos como somos.

 

 

  

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