La columna de Chema Aznar

La columna de Chema Aznar: Cortijos y Rascacielos 

Entre las décadas de los años cincuenta y principios de los sesenta, Valencia experimentó un punto de inflexión en su desarrollo. La causa se sitúa, genéricamente, en la guerra civil  española (1936), que frenó las esperanzas de al menos una o dos generaciones, y se paralizaron los procesos de modernización y la trasformación de la producción industrial. Truncó  la  heredad  de la experiencia de los oficios en los talleres, obradores o industrias manufactureras.

Sumado a esto, en 1957, hubo un trágico desastre en  Valencia debido  a la riuà  (el desbordamiento del río Turia por lluvias intensas), que afectó desde todos los sentidos: humano, económico y social. Ante esta situación, las pocas industrias que quedaron, talleres e industrias de pueblos periféricos, fueron imprescindibles en la  recuperación de los espacios comerciales de la ciudad.  

Para la recuperación de la normalidad comercial  se entendió que los comercios bares, cafeterías, restaurantes etc., adoptaran una imagen más moderna.  La capacidad creativa de decoradores, artistas, arquitectos, orientaron su atención hacia la búsqueda de soluciones adecuadas, efectivas de los nuevos usos comerciales e industriales en la ciudad de Valencia. El imaginario formalístico que se propuso vendría preferentemente de lo que se llamaba diseño nórdico o el neoliberty, elementos y texturas inspirados en la arquitectura de Richard Neutra e influjos tradicionales de  repertorios historicistas.

A consecuencia de la riuà  surgió la necesidad de renovación, de una imagen más acorde con los tiempos e intentando introducir la modernidad. La obstinación en recuperar los comercios, las tiendas y los talleres destruidos por la riada hizo que industriales y empresarios, desde la osadía, emprendieran estos proyectos. 

Con poco presupuesto, se hicieron presentes -desde una acción continuada- y buscaron soluciones óptimas, indagando sobre formas y sistemas con urgencia. Artesanos, decoradores, maestros de obras, albañiles, técnicos… intentaron dar soluciones formales excelentemente conjugadas, equilibradas, indagando en  la optimización funcional con relación en estos espacios. 

 El resultado: las fachadas de los establecimientos representaban la modernidad, confiriéndole identidad a las calles y las plazas de Valencia, convirtiéndose en hitos identificativos, referentes de la ciudad, adquiriendo presencias significativas, reconocidas, respondiendo a las exigencias y actividades reales de los comercios, cafeterías, bares, restaurantes… 

En este tiempo se fabricaba un mueble historicista, clásico, ecléctico, con trazas platerescas, combinadas con imágenes folcloristas, fusionado con elementos de la  arquitectura rural. Formas que buscaban una aspiración identitaria representada por  signos y atributos tradicionales. A través de estas propuestas formalisticas se buscaba una arquitectura preferentemente popular, participando a la par con las tendencias  neomodernas.

Los Lenguajes en la decoración y equipamiento de los interiores se fusionan así con formalizaciones neomodernas, alineándose claramente con una estética revestida de una cotidianidad contenida y jerarquizada. Aunque en las casas de la burguesía más “cosmopolita” coincidía  con el espacio anglosajón del living room, también utilizaban un lenguaje aplicado historicista, combinado a veces con el arte africano o con obras de las nuevas vanguardias artísticas. En la película de Juan Antonio Bardem “Muerte de un ciclista” -además de ser una película de culto-,  sus escenografías  podrían ilustrar lo dicho.

Escena de la película Muerte de un ciclista
Escena de la película Muerte de un ciclista

Lo que sí nos interesa son los intentos de arquitectos y decoradores en fusionar lenguajes, venidos del Movimiento Moderno con elementos histórico-folcloristas en el mobiliario y la arquitectura, confiriéndoles signos de progreso. Sería en los paradores nacionales donde se pondría en práctica este seudolenguaje, duró hasta bien entrados los años setenta. Aunque lo paradójico era la arquitectura destinada a lo público (instituciones, entidades bancarias, empresas…) en la que sí participarían más  de las tesis del Movimiento Moderno. 

Una revista paradigmática, con un título bastante curioso: Cortijos y Rascacielos, creada en los años treinta y continuada su publicación hasta la década de 1950, daría las claves para entender este fenómeno. Esta experiencia se intentó desde una investigación deficitaria y circunstancial, desde las posibilidades que vendrían a relacionar expresiones dispares, buscando consecuentemente un lenguaje identificativo y decoroso, destinado a los industriosos de la burguesía del régimen franquista. 

La publicación en la forma tiene un tono aperturista, pero la verdad es que exalta  bondades paternalistas y de “raza”, intentando consensuar las novedades venidas del Movimiento Moderno, símbolo del progreso norteamericano. De esta manera, G. Fernández Shaw pretendió conjugarlo con lenguajes tradicionalistas, patrios. 

El artículo, tratado con un tono adulador y precavido, traduciría las aspiraciones o la pretensión del régimen a participar en el desarrollo cultural y económico occidental. Pero, eso sí, afirmando, manifestando su diferencia patética. Como antiguo imperio conquistador y protector de sus dominios en las Américas.  Entiendo este texto como ciertos  diálogos de  personajes en las películas  de J. L. Berlanga.
Estaría bien que ilustráramos un extracto de este editorial, escrita en una de sus publicaciones en el año 1953 por su director, el arquitecto Guillermo Fernández Shaw:

“(…) Pero no se pida a nuestros cortijeros que prescindan de sus costumbres y de sus creencias y no se quiera que nuestros artistas claudiquen cultivando tendencias o géneros extraños a nuestro modo de ser y nuestro ambiente. Como tampoco se pretenda que los americanos abandonen formas y soluciones en ellos características. Del contraste ha de surgir la labor eficaz y todos hemos de beneficiarnos de sus resultados. Al menos ése es el sincero deseo de CORTIJOS Y RASCACIELOS ante la nueva corriente de inteligencia entre dos pueblos que estuvieron durante muchos años distanciados física y espiritualmente”.

Casa Balanzá (Valencia)
Casa Balanzá (Valencia)

El proyecto que realizó con maestría, Francisco Sebastián, fue la cafetería Casa Balanzá, lugar característico del centro de Valencia durante mucho tiempo. Sebastián dice lo siguiente: 

“Tampoco es que hubiera muchos talleres. Yo recuerdo que cuando hice Casa Balanzá tuve que diseñar la mamparas para cubrir los tubos fluorescentes también las lámparas. Todo tenía que diseñarlo y buscar el artesano que te lo realizara. Había un broncista, se llamaba Bayarri, que trabajó mucho con nosotros, y era un hombre al que le explicabas las cosas y encima te las mejoraba. Se implicaba y te lo dejaba todo al milímetro, sin un fallo. Esos eran grandes profesionales.”

Aún perduran en nuestra memoria ciertos locales emblemáticos de Valencia, que respondieron a un deseo de superación, investidas sus fachadas de modernidad y anhelando la recuperación mediante la proyección de una imagen de progreso. No hubiera sido posible el diseño, durante estos más de sesenta  años, sin la ilusión que nos fue trasmitida. Diseñadores y proveedores (profesionales de distintos sectores) intentaron buscar soluciones, partiendo de lo imposible, negociadas, expresadas oralmente, acompañadas desde expresivos gráficos gestuales  y espontáneos, buscando el entendimiento, la emoción de los que participaban en el proyecto, argumentando hacer válidas las soluciones y estableciendo un grado de empatía y de compromiso.

Notas al pié:
“Muerte de un ciclista”  (película), dirigida por Juan Antonio Bardem (España), 1953.

Fernández Shaw, Guillermo. “España y Norteamérica”, en Cortijos y rascacielos, época 2. ª, n. º 79, ed. Casto Fernández Shaw, impresor Blas S. A., Madrid, 1953.

Colegio Oficial de Diseñadores de Interior y Decoradores de la Comunidad Valenciana. El interiorista y el extraño caso del señor IKEA: Conversaciones entre interioristas, diseñadores y algún arquitecto, p. 118, ed. COICV, EASD, Valencia, 2010. 

Francisco Sebastián Rodríguez (1920-2011) fue pintor, decorador muralista, profesor de la Escuela de artes y Oficios de Valencia (EASD) y académico de la Real Academia de Bellas Artes de Valencia.

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