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Petrograbados de Guayabo: otra mirada interpretativa

Comentario sobre el libro Una Historia Escrita en Piedra: Petrograbados de Guayabo de Turrialba, Costa Rica, de las autoras Ana Cecilia Arias, Floria Castrillo y Grace Herrera, presentado en el auditorio de la Facultad de Bellas Artes el 20 de noviembre pasado. Fue editado por SIEDIN de la Universidad de Costa Rica. Se trata de una visión transdiciplinaria entre arte y arqueología sobre los petroglifos de esa zona del valle de Turrialba.

Portada del libro diseñado por Eugenia Murillo. Fotografía cortesía de las autoras.

En tiempos originarios -hasta donde se tiene noción de las formas de vida de esta región-, los ancestros eran sagaces observadores de la naturaleza –lógico, no existía esa maraña comunicativa que hoy en día tanto nos distrae-, de esa mirada derivaron el uso del círculo al observar el sol, la luna, las estrellas; vieron y simbolizaron al jaguar, la serpiente, los insectos, las plantas. De las aguas del río o de la costa, tuvieron conciencia de los ritmos vitales, miraron el caracol, los corales y repastos marinos, por ello manejaron la espiral de dos puntos y la espiral logarítmica áurea con su noción de crecimiento armónico.
Al observar los ramajes de los árboles que se desprenden del tronco, observaron estructuras, tejidos y algoritmos que hoy llamamos fractales, un universo de nuevas interpretaciones de la vida y las ciencias. Al tirar una piedra en una pocita de agua observaron cómo se formaban círculos concéntricos que se expandían, como se expande la onda del sonido, la luz, las oscilaciones tectónicas; miraron las nubes, el rayo, el viento, el aguacero, la tormenta, la bóveda celeste, de ahí aprendieron el uso de la curva y contracurva, la línea recta y paralelas, las triangulaciones, polígonos y cuerpos tridimensionales como la esfera.
Aclaro que la percepción espacio-temporal era muy distinta a la actual, quienes nos mantenemos pendientes del reloj, de una métrica de tiempos y distancias como las del trabajo, el estudio, el tener que moverse con dificultad en la ciudad; ellos tenían todo el tiempo del mundo para observar con detenimiento, vivían debajo de aquellos frondosos árboles y una naturaleza que les dotaba de alimento, entonces, la noción de profundidad era otra.

Árbol de ceiba pentandra de Sabalito, Coto Brús, foto de Abelardo Morales. La segunda foto es del libro de las autoras. Fotografía cortesía de las autoras.

Reflexión/especulación
La lectura de este libro de Ana Cecilia Arias, Floria Castrillo y Grace Herrera y diseño gráfico de Eugenia Murillo, me sumió en un divagar (in)consciente sobre su significado. Esos petroglifos son un libro arte donde se leen la cosmogonía de esos pueblos ancestrales, sus sentires y pensamientos -por ejemplo, el uso exacerbado de la línea curva y contra-curva abierta brindan una noción sobre la sensualidad humana, en tanto ellos apreciaron la fertilidad y la virilidad. En los albores de nuestras culturas vernáculas la cura de posibles enfermedades lo hacían con pócimas extraídas de hierbas, cortezas, bejucos y ritos propiciatorios por parte del chaman. Todo lo que necesitaban estaba a la distancia de la mirada.

Uno de los trazos del petrograbado. Fotografía cortesía de las autoras.

Mi propia mirada
Creo que individuos y culturas que pusieron su mirada en los sistemas orgánicos, probablemente se expresaran de una manera de pensamiento no lineal, esa es mi clave de interpretación, dejándome engullir por el enigma de la espiral del tiempo, que es otro fractal, para sentir de la misma manera que lo hicieron ellos, a través de la fortaleza de mi propia mirada.
Al usar el vocablo “especulación”, no me refiero a las prácticas del mercado, si no a la posibilidad creativa del pensamiento divergente, que no son ni verticales u horizontales, fluyen como el trazo errático del ojo del huracán, en cualquier momento cambian de curso. Pero es lógico que una cultura tan profundamente tolerante con su medio natural, sintiera y expresara mejor desde la mirada del Caos: lo imprevisto, afrontar las contingencias e incertidumbres del flujo de la deriva. De ahí el enorme significado que para ellos tuviera el rayo, la luz, el agua, la tormenta, las nubes, los sismos, la fuerza de los vórtices que se forman en las corrientes del agua al friccionar por entre las piedras del río.
Quizás encuentra mayor sentido pensar que la recurrente representación de signos en expansión, se debe a la observación de las aguas de una cascada al caer sobre la posa y formar dichos vórtices representados en los petroglifos, donde a veces quedan espacios cerrados, sin comunicación e intrincan laberintos que no encuentran salida.

Petrograbado del valle de Turrialba. Fotografía cortesía de las autoras.

Aprender dialógico
Las autoras refieren a un “diálogo con imágenes”, y por qué no, si hemos dicho que poseen un lenguaje que advertimos e interpretamos aun en sus silencios, o la manera que son llenados esos vacíos entre las palabras, entre los diferentes estratos y las conexiones virtuales que se forman entre puntos de un mismo petrograbado u otros distantes incluso descubiertos en culturas y situaciones geográficas insospechadas.
Por qué no decir que nos interrogan, cuestionan y emplazan a sentir como lo hicieron ellos y motivan a preguntarnos de qué manera resolvieron sus necesidades humanas, sociales, culturales.
Existe dialógica a partir de dos o tres componentes que se reúnen por su forma, por su tamaño, por su tratamiento (la ley de la semejanza de la teoría Gestalt) y de ahí nosotros intrincamos la especulación para leer lo que nos mueve a sentir, a razonar, a interpretar con la propia dosis de contingencias e incertidumbres. Es una trasposición de situaciones que atañen al ser vivo mismo que aunque nos separe siglos todos respiramos el mismo aire, sentimos caer el aguacero, el viento, las aguas del río, el trueno, o el abrazante calor de la temporada seca.
Cuando hablo de dialógica me refiero a la contingencia de aprender de esas estructuras de conocimiento utilizadas como lenguaje, que las hace sugerentes: yo veo esto, otro verá otra cosa, todos interpretamos lo que sabemos pero es difícil caber en una única horma de interpretación.

Fotografía del libro cortesía de las autoras.

Páginas pétreas
Si hoy, al estudiar el lenguaje, los signos de la escritura devienen principio en tanto conforman vocablos, cada signo en cada petroglifo son componentes de ese lenguaje ancestral que hoy intentamos descifrar, de ahí la percepción de “Una historia escrita en piedra”, donde las autoras acuerpan la idea de los petrograbados:

Las personas que nos antecedieron en el poblamiento de este territorio que hoy llamamos Costa Rica, crearon un lenguaje simbólico para representar sus creencias, sus conocimientos, su historia, en general, su producción cultural. Esos símbolos fueron tallados en piedra, el material más fuerte y resistente por ellos conocido, el cual les garantizaba su permanencia en el tiempo. Este lenguaje simbólico, coherente y único, se convirtió, sin lugar a dudas, en un medio idóneo para comunicar, enseñar y conservar su bagaje cultural. Arias, Castrillo y Herrera. Pág 36.

Me pregunto: ¿Qué sabía los ancestros de la arquitectura egipcia y mesópotámica, oriental, del mítico Minotauro, de las esculturas de Praxiteles, o de Dioniso la deidad de la embriaguez y la destrucción? Además, evóquese aquella escultura de Mirón cuya estructura compositiva brinda naturalidad y vitalidad ejercida por el trazo de la espiral logarítmica áurea estirada -propia de la representación del ADN originario de la vida y activador de la gran discusión sobre la clonación humana. Pues nuestros ancestros la utilizaron de otra manera y ello se debe a su aguda percepción de lo natural. Tal vez la observaron en las proporciones del tronco y los ramajes de la ceiba pentandra milenaria –el Axis Mundi-, con la cual marcaron las direcciones cósmicas y el subir y bajar de espíritus o del inframundo hacia el supramundo.

 

Uno de los petrograbado. Fotografía cortesía de las autoras.

Petroglifos y el libro
Una puerta, en arquitectura, es un boquete dimensional en el muro que relaciona un espacio con otro; es acceso o salida y posibilita flujos de relación y uso entre espacios, que, cuando están cerrados -sin nexos entre sí-, son simple suma de áreas carentes de comunicación. Para mí, arquitectura y tipografía, son un par sinónimo de “buena construcción” en tanto en ellas se intensifica el lenguaje. O sea que si las letras o las palabras no poseen esos “boquetes” que las relacionan, y una apropiada cimentación, vano sería el lenguaje escrito y por ende la comunicación humana. En tanto puerta para el lenguaje permite salir a explorar y conocer el mundo exterior, posibilitan reconocer los cientos de modos del que lo enriquecen pues aprendemos de sus usos y formas de expresión escrita y hablada.

Raíz que se propaga
¿De qué manera llenaron esos vacíos entre las palabras y entre los signos?, ¿qué pusieron entre esos intersticios del lenguaje?
¿Por qué no especular que en estos hay distintas capas de información, muy transparentes entre sí, que existen interconexiones o pivotes que catapultan hacia una diversidad de discursos que nos llevan siempre a la naturaleza, a sus territorios, a sus creencias y cultura? En tiempos de internet hablamos de hipervínculos que se hunden en estratos más profundos.

Petrograbado. Fotografía cortesía de las autoras.

El chaman
Surge en la lectura del libro de las referidas autoras, la figura del chaman, y ellas hablan de su poder mítico-religioso y que el sitio Guayabo fue su “mesa” o espacio ceremonial. En mi opinión personal creo que ese poder lo tuvo el artista que talló en la piedra esos petroglifos, perfectas obras de arte vistas a nuestra mirada de estudiosos del arte, como el ejemplo del petroglifo del Reventazón, una exquisita concepción del arte cuya composición y trazo es envidiable aun en tiempos contemporáneos.

A manera de conclusión
El importante teórico de la percepción humana Rudolf Arnhein decía que “cada uno ve lo que sabe”, por lo tanto yo solo veo arte en esos petrograbados, y percibo su usabilidad en productos, gráfica, instalaciones y toda esa gama de expresiones del arte actual. De ahí la gran motivación que me infundió la lectura del libro, y más aun, la colecta de esos dibujos y diseños extraídos de los petrograbados del Valle de Turrialba, al pie del volcán del mismo nombre, son para ser recreados, transformados, como si fuéramos chamanes, en tanto artistas y diseñadores sacamos provecho de lo visto, oído, creído, decantado. El libro sustentado en los trazos de Floria Castrillo -de quien lamentamos su reciente desaparición-, los análisis y documentación de Grace Herrera y los criterios científicos de Ana Cecilia Arias, ofrecen un trabajo excepcional para continuar el camino, no como la culminación de una meta sino como otro comienzo más.

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