Eglinton Crosstown: diseño para Toronto

Diseñar el movimiento

Una infraestructura de transporte puede ser mucho más que aquello que permite desplazarse de un lugar a otro. Puede formar parte de la construcción de una ciudad, modificar la percepción del espacio público y establecer nuevas relaciones entre arquitectura, paisaje y vida cotidiana. El Eglinton Crosstown LRT, la nueva línea de transporte ligero de Toronto, parte precisamente de esa condición. A lo largo de 19 kilómetros, sus estaciones construyen una identidad común que, al mismo tiempo, busca reconocer la diversidad de los barrios por los que transcurre.

El proyecto, inaugurado oficialmente el 8 de febrero de 2026, cuenta con 15 estaciones subterráneas y 10 paradas en superficie y está concebido para asumir una demanda estimada de 50 millones de pasajeros al año. Dentro de esta infraestructura de gran escala, el estudio canadiense Daoust Lestage Lizotte Stecker Benech asumió una responsabilidad que va más allá del diseño arquitectónico de determinados espacios: establecer una visión común para toda la línea a través del programa Design Excellence (DX).

La propuesta debía resolver una cuestión especialmente compleja: cómo construir una identidad reconocible para un sistema que atraviesa contextos urbanos diferentes sin convertir esa identidad en una fórmula repetitiva. La respuesta se encuentra en un sistema abierto, capaz de mantener una serie de principios compartidos y, al mismo tiempo, adaptarse a las condiciones particulares de cada emplazamiento.

Renée Daoust, arquitecta, urbanista y socia fundadora de Daoust Lestage Lizotte Stecker Benech, explica que el trabajo partió de la voluntad de incorporar un pensamiento arquitectónico profundo a un proyecto urbano y arquitectónico de esta dimensión. La estrategia Design Excellence debía servir de marco común para un equipo multidisciplinar de más de 500 arquitectos e ingenieros y acompañar el proyecto desde sus primeras decisiones hasta su ejecución.

Una arquitectura reconocible

La propuesta se organiza alrededor de cuatro principios: simplicidad, iconografía, transparencia y urbanidad. Son conceptos aparentemente elementales que adquieren una dimensión concreta cuando se aplican a una infraestructura de esta escala.

La simplicidad se traduce en una arquitectura de geometrías claras y soluciones capaces de mantenerse vigentes en el tiempo. La iconografía construye una identidad reconocible mediante la repetición controlada de formas, materiales y colores. La transparencia permite introducir la luz natural en el interior de las estaciones y hacer más legible el recorrido. Y la urbanidad obliga a que cada intervención responda a las características del lugar en el que se inserta.

Esta última condición resulta especialmente relevante. El proyecto no plantea las estaciones como objetos autónomos, sino como piezas vinculadas a su entorno. Para ello, Daoust Lestage Lizotte Stecker Benech desarrolló un sistema de componentes —un kit of parts— que permite mantener una misma lógica a distintas escalas. Tres tipologías principales, denominadas pabellón, esquina y empotrada, organizan las diferentes situaciones urbanas.

El acceso se reconoce mediante un volumen de vidrio, plano o inclinado, que establece una relación directa entre la calle y el interior de la estación. Su transparencia contrasta con el volumen técnico opaco que concentra las funciones de servicio. En las estaciones concebidas como pabellones, el vidrio inclinado adquiere una presencia particularmente ligera y convierte el acceso en un elemento casi abstracto dentro del espacio urbano.

La materialidad introduce otra relación con la ciudad. Los paneles prefabricados de hormigón que envuelven los volúmenes técnicos presentan una textura inspirada en las capas geológicas del terreno. Rachel Stecker, arquitecta y socia del estudio, señala además su relación con la arquitectura cívica de Toronto. La superficie deja así de ser un acabado neutro para establecer una conexión material con el lugar.

La repetición de un módulo de 1,5 metros completa esta lógica. El módulo ordena formalmente el conjunto, pero también simplifica su construcción y facilita el mantenimiento y la sustitución de componentes a lo largo de la vida útil de la infraestructura. La dimensión estética y la dimensión técnica forman parte, en este caso, de una misma decisión de diseño.

La luz como materia

El recorrido del pasajero constituye otro de los elementos sobre los que se articula el proyecto. A medida que se desciende hacia las estaciones, las estructuras inclinadas de vidrio acompañan el movimiento y producen diferentes relaciones entre luz y sombra sobre las superficies de hormigón. Los espacios de doble altura conectan visualmente vestíbulo y andén y permiten comprender con mayor facilidad la organización del recorrido.

La transparencia, por tanto, no es únicamente una cuestión formal. También contribuye a hacer más comprensible la infraestructura. En un sistema concebido para ser utilizado diariamente por miles de personas, la arquitectura participa de la orientación y de la experiencia del viaje.

En este contexto, el color adquiere una función igualmente precisa. El naranja identifica la línea y aparece en aquellos elementos que deben ser fácilmente reconocibles: marquesinas, ascensores, mobiliario y otros puntos de conexión. Su utilización es deliberadamente acotada. Más que cubrir el espacio, el color construye una secuencia visual que acompaña al pasajero desde la superficie hasta el andén.

En los propios andenes, las instalaciones denominadas Urban Tapestry incorporan otra dimensión al recorrido. Estas intervenciones, realizadas sobre los muros de hormigón, introducen composiciones relacionadas con el movimiento de las personas y convierten el tránsito cotidiano en parte de la experiencia espacial.

Una infraestructura también cultural

El arte público ocupa un lugar integrado en la propuesta. Tres estaciones incorporan intervenciones en sus cerramientos acristalados realizadas por artistas locales emergentes, mientras que seis estaciones de intercambio cuentan con ocho obras de artistas canadienses e internacionales incorporadas directamente a la arquitectura.

La elección de estos puntos no es casual. Los intercambiadores son lugares especialmente significativos dentro de la red de transporte y las obras contribuyen a reforzar su condición de espacios públicos, además de funcionar como elementos de orientación.

En conjunto, el Eglinton Crosstown LRT plantea una manera de entender la infraestructura desde una perspectiva más amplia. Su arquitectura no pretende imponerse sobre la ciudad, sino establecer una continuidad entre el sistema de transporte y los lugares que atraviesa. La identidad de la línea se construye a partir de una serie de decisiones repetidas —geometría, materialidad, luz, color, módulos, arte— que adquieren diferentes expresiones según el contexto.

El trabajo de Daoust Lestage Lizotte Stecker Benech pone así el foco en una cuestión que a menudo queda relegada en los grandes proyectos de infraestructura: la calidad del espacio que queda entre el desplazamiento y la arquitectura. Diseñar una estación implica también diseñar cómo se llega a ella, cómo se reconoce, cómo se recorre y cómo se relaciona con la ciudad.

Más que añadir una identidad a una infraestructura ya definida, el proyecto plantea el diseño como una herramienta capaz de articularla desde el principio. Desde la escala urbana hasta el detalle constructivo, el Eglinton Crosstown LRT convierte el movimiento cotidiano en una oportunidad para construir espacio público y establecer una nueva relación entre transporte, arquitectura y ciudad.

Crédito fotográfico: ©Tom Arban

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