La columna de Joan Costa en Experimenta

La columna de Eugenio Vega: De la propiedad intelectual y otras debilidades humanas

“Hace tiempo que hemos llegado a darnos cuenta de que el arte no se produce en un espacio vacío, que ningún artista es independiente de predecesores y modelos, que él, no menos que el científico y el filósofo, es parte de una tradición” (Ernst Kris, 1967)

No cabe duda de que se ha avanzado mucho con la aprobación de leyes que preservan los derechos de propiedad intelectual frente a las prácticas ilegales de empresas, instituciones y particulares. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha abierto un debate sobre la compleja relación entre la preservación de esos derechos y la libertad de expresión. Muchos artistas realizan obras propias a partir de otras ajenas, una actividad donde la frontera entre la creación y la copia es a menudo muy sutil. En muchos casos, quienes ostentan los derechos de explotación de los contenidos originales han puesto en marcha iniciativas para evitar esas prácticas con un entusiasmo fuera de lo común.

I

En esta natural inclinación a limitar los usos creativos de obras ya existentes, ha destacado la fundación Moulinsart, creada por la viuda de Hergé, Fanny Vlaminck, y controlada por ella y su actual marido, Nick Rodweell, un personaje (moderadamente) oscuro. La labor del matrimonio al frente de la institución es bien conocida no solo por el inmenso negocio que han generado en torno a Tintín, sino por su obsesión en descubrir usos ilícitos de la obra de Hergé. 

Su empeño (digno de mejor causa) ha llevado a Moulinsart a pleitear con cualquiera que ose utilizar a los personajes de George Remi,  ya sea con propósitos creativos o académicos. Según parece, llegaron a amenazar a un doctorando por utilizar en su tesis viñetas aisladas para analizar las técnicas narrativas empleadas en las historietas. No hace mucho, un artista español cerró su exposición (una suerte de homenaje a Hergé) tras recibir “serias advertencias” de los asesores legales de Moulinsart por violar los derechos de propiedad intelectual: “aténganse a las consecuencias”, le dijeron, aún cuando no estaba claro que un litigio de esa naturaleza pudiera prosperar en España. La exposición hubo de ser cerrada, pero gracias a todo este lío, un artista prácticamente desconocido ocupó durante unos días un espacio importante en los medios de comunicación. 

Como consecuencia de esta misión redentora, casi todas las webs abiertas por admiradores y estudiosos de la obra de Hergé terminaron cerrando por miedo a problemas judiciales. Quizá por ello, en 2016, Fanny Rodwell (de soltera, Vlaminck) recibió el merecido título de Chevalier de la Orden de Leopoldo que el rey de los belgas entrega a sus conciudadanos más ilustres. 

Pero no todo es alegría en este valle de lágrimas, sobre todo, para la editorial Casterman. Como explicaba (con su proverbial sabiduría) el emir Ben Kalish Ezab en Stock de coque, “los bienes mal adquiridos nunca aprovechan” (Hergé, 1958) y el castigo del cielo cae sobre quienes no tienen temor de Dios. Así, por ejemplo, el consejo escolar de colegios católicos de Canadá inició una campaña para eliminar de sus bibliotecas varios títulos de Las aventuras de Tintín por sus contenidos racistas y misóginos. Obras como Tintín en el Congo o Tintín en América soportan mal las exigencias actuales en cuanto al respeto a las minorías en la literatura y en los medios de comunicación. 

Otras series parecidas, como Spirou, han hecho lo posible para continuar la vida del personaje y actualizarlo en manos de otros creadores. Los libros de Émile Bravo (tan distintos a los de Jijé y Franquin) han dado un impulso al personaje con historias de gran interés gráfico y literario. Por el contrario, Fanny Rodwell se ha negado de manera tajante a que algo así pudiera hacerse con el personaje de Hergé.

La columna de Eugenio Vega: De la propiedad intelectual y otras debilidades humanas
Andy Warhol y Farah Pahlavi (o Farah Diba, como se la conocía en España) en el Museo de Arte Contemporáneo de Teheran en 1977. En la imagen, aparecen junto a una serie de retratos que el artista norteamericano hizo de la emperatriz a partir de fotografías. Cabe destacar la ausencia en este entrañable acto de Jaime Peñafiel, a efectos prácticos, periodista de cámara de la familia Phalavi. Fotografía de autor desconocido. Dominio público.

En Estados Unidos pasa más o menos lo mismo. No hace mucho, se ha abierto un frente judicial contra uno de los artistas más conocidos del pasado siglo. El litigio entre Lynn Goldsmith y la Fundación Andy Warhol puede desembocar en un cambio importante sobre estos asuntos en aquel país. En 1984, Goldsmith cedió los derechos de una fotografía de Prince a la revista Vanity Fair para que Warhol hiciera una ilustración sobre el músico. Pero, he aquí, que (gracias a su portentosa imaginación) Warhol hizo, a partir de esa imagen, una serie de dieciséis litografías con gran éxito de crítica y público. 

De hecho, la gran mayoría de los retratos del artista norteamericano se basan en fotos no realizadas por él, como sucedía con muchas obras del Pop Art. Basta recordar las estampas de la serie My Marilyn de Richard Hamilton con las fotos que George Barris realizó de Marilyn Monroe para Town magazine  (1962), cuyo copyright no fue renovado y pasaron a formar parte del dominio público. Si la sentencia atendiera la denuncia de Goldsmith, pudiera ser que muchas obras de Warhol fueran consideradas plagios y perdieran, quizá, parte de su actual valor (que debe ser considerable). Estamos en vilo.

II

Pero la complejidad de este delicado asunto no es reciente. El caso más llamativo fue el de Adolf Hitler, convertido en canciller del Reich un aciago lunes de 1933. Ya instalado en el poder, consiguió que su obra Mein Kampf dejará de ser un “libro fascinante” para la cultura volkisch y se convirtiera en un “éxito de ventas” sin precedentes en la Europa de su tiempo.

Hitler había escrito aquel engendro en los pocos meses que cumplió condena en la prisión de Landsberg por su implicación en el golpe de 1923, un hecho que contribuyó a la creación del mito del Führer. Pero, a partir de 1933, el Estado alemán decidió regalar un ejemplar de aquel incendiario panfleto a todas las parejas que (ya fuera de buena o mala gana) contrajeran matrimonio. El Reich compraba miles de libros cada año y pagaba los que correspondía a su autor que“ era quien había ordenado que el Estado adquiriese tales ejemplares y le pagase los derechos” (Carrascosa, 2015). En definitiva, una cosa parecida a lo que hizo Jesús Gil con la publicidad de Marbella en las camisetas del Atlético de Madrid. Y un buen método para revitalizar la industria editorial, si no fuera por lo complicado que es hacerse con el poder violentamente en un país de la Unión Europa.

Cuando Hitler desapareció del mapa, y se creó la Republica Federal, los derechos del libro pasaron al Estado federado de Baviera que los “disfrutó” hasta que, en 2015, se cumplieron setenta años de la muerte del dictador. Hasta esa fecha, la administración bávara se opuso a que el libro fuera difundido en Alemania y en algún otro país donde poseía el copyright; pero, como es sabido, se publicaron algunas ediciones en España, donde circulaba sin ninguna restricción.

Lo que es menos conocido es que Hitler cobraba también derechos de imagen (como Cristiano Ronaldo o Kim Kardashian) por aparecer en los sellos de correos y en los billetes de banco que emitían las instituciones autorizadas por el Reichsbank. Una verdadera mina de oro que le permitió amasar una fortuna. Para desgracia de los coleccionistas, en 1933, los billetes alemanes dejaron de mostrar fragmentos de las obras de Holbein para imprimir en su anverso el rostro de un asesino (Kershaw, 1999).

III

La digitalización ha traído consigo formas de interacción económica y social nunca imaginadas. Es una obviedad que copiar productos digitales (vídeo, música, tipografía) ha tenido consecuencias irreversibles para muchas formas de comercio. En el siglo XVII, por ejemplo, para hacerse con la tipografía de un impresor, era necesario asaltar en plena noche el taller en que estuvieran los caracteres de plomo y cargarlos en un carro tirado por bueyes; y para tal cosa hacia falta una disposición de ánimo que no es necesaria para copiar fuentes tipográficas en un pendrive,

Lo cierto es que la mejora de las conexiones y una peculiar manera de entender la libertad han contribuido al aumento del uso ilegal del software, a pesar de la abundante legislación en contra. En algunos países, las leyes, no solo persiguen la descarga directa y gratuita de material protegido por los derechos de autor, sino que castigan con elevadas sanciones (por ejemplo, en Alemania) el intercambio P2P entre particulares. 

Sin embargo, no debe olvidarse la importancia de esas prácticas (para bien o para mal) en la difusión del conocimiento y sus efectos sobre instituciones de tan larga tradición como las bibliotecas. Por mucho que Moulinsart haga todo lo posible para preservar su legítimo derecho a explotar comercialmente el legado de Hergé, no podrá evitar que los “amigos de la libertad”, ajenos por completo a los principios democráticos de las leyes en vigor, hagan de su capa un sayo.

Referencias

Carrascosa González, Javier (2015). “Los derechos de autor de Mein Kampf en el mundo desde una perspectiva de Derecho internacional privado”, en Accursio DIP, 10 de mayo de 2015.

Cruz, Pedro Alberto (2021). “El plagio que pone en jaque el arte contemporáneo”, en La Razón, 20 de diciembre de 2021.

Ivins, William (1953). Prints and Visual Communication. Cambridge, Harvard University Press.

Kershaw, Ian (1999) Hitler. Barcelona, Crítica.

Kris, Ernst (1967). Psychoanalytic Explorations in Art. Schocken Books.

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