La columna de Joan Costa en Experimenta

La columna de Eugenio Vega: Ernst Gombrich y las buenas costumbres

Para unos, el deporte es afición; para Cruyff es una profesión.
Como afición, a Johan Cruyff le gusta pintar y le gusta hacerlo bien:
“Por eso uso pinturas Bruguer, una buena elección”.

Anuncio en Televisión Española, 1974.

I

Aunque Ernest Gombrich falleció hace veinte años, Phaidon sigue teniéndole por uno de sus referentes. No solo ha renovado varias veces la gráfica de sus ediciones, sino que ha llegado a publicar directamente en castellano (y en catalán) algunas de sus obras, entre ellas, la célebre Historia del arte.

Su dilatada carrera académica comenzó en Viena donde se doctoró con una tesis sobre Giulio Romano, pero la amenaza nacionalsocialista no le dejó más salida que poner tierra de por medio y exiliarse en Londres. A poco de llegar a las islas, publicó su Breve historia del mundo, cuyo éxito abrió el camino a la Historia del arte, aparecida en 1950. Diez años después, vería la luz Arte e ilusión, una obra sobre la percepción y la comprensión del arte que siempre pareció quedar a la sombra de Arte y percepción visual, el libro de Rudolf Arnheim que, inexplicablemente, gozó en el mundo entero de una crédito inmerecido. 

Las discrepancias en este materia con Arnheim (pero, sobre todo, con James J. Gibson, no eran menores. Al igual que Karl Popper, Gombrich estaba convencido de que no es posible conocer las cosas sin ideas previas, por lo que no puede imitarse la realidad sin modelos para su representación. Por ese motivo, como explicaba en Arte e Ilusión, quienes se formaban en los talleres de pintura del Barroco dedicaban mucho tiempo a copiar las obras de los grandes maestros antes de afrontar la expresión de lo observado.

II

Sin embargo, no solo de grandes nombres vive la cultura, como bien sabía Gombrich que dedicó a ese asunto algunas páginas. Por diversas razones, en el pasado siglo, la figura del artista amateur alcanzó una relevancia social que nunca había tenido en épocas anteriores.

A aficiones tan inocentes como pintar al óleo o tocar el piano, antes reservadas a las clases ociosas (Veblen, 1899), se extendieron a la clase media y a una parte de la clase trabajadora cuando mejoraron las condiciones de vida y aumentó el tiempo libre (Bourdieu, 1979). En cierto modo, las buenas costumbres se extendieron gracias al consumo. Pero, mientras la música requiere una práctica metódica, la pintura parece más accesible al recién llegado; sobre todo, desde que la modernidad derrumbó los “estrechos prejuicios del pasado” y rebajó las exigencias técnicas para su práctica. 

A la pintura se dedicaron toda suerte de seres humanos: Churchill (de quien hablaremos más adelante) fue quizá el más relevante entre los políticos, pero no el único. Hitler pintaba acuarelas para un comerciante judío mientras vivía en un albergue para indigentes (Kersaw, 1999). Franco se aficionó a la pintura al óleo, según parece, en esos años africanos que “forjaron su carácter”. Carrero Blanco dibujaba compulsivamente en las cuartillas del Consejo de Ministros (“lo más difícil son las manos”, decía a sus colaboradores). Además, algunos hicieron dinero: se calcula que el príncipe de Gales ha ganado más dos millones de libras esterlinas con la reproducción de sus delicadas acuarelas. 

Por su parte, el presidente George W. Bush comenzó una curiosa carrera artística cuando abandonó la Casa Blanca. No se limitó a seguir la inspiración divina (siempre caprichosa) sino que acudió a la artista Gail Norfleet (“ya sé que usted no vota al Partido Republicano”) para aprender el oficio. Su profesora recordaba que había tenido alumnos con verdadero talento, pero ninguno con el tesón y el amor propio del presidente. (Lesser, 2017).

A todos estos personajes cabe añadir muchos otros que destacaron con luz propia en el deporte y en el espectáculo: Lola Flores y José Martínez Pirri indagaron en el complejo universo de la pintura naif mientras la duquesa de Alba se dejaba fotografiar en su amplio estudio pintado o haciendo pintar a alguno de sus hijos (Echávarri, 2010). Con más perseverancia, la recordada protagonista de Atraco a las tres, Katia Loritz, hizo un destacada contribución a ese género (siempre exigente) de la pintura abstracta. Aunque entre las generaciones más recientes los ejemplos son abundantes, debe mencionarse a Belén Esteban que, según la prensa bien informada “se ha reinventado a sí misma para lanzar su primera colección de joyas a precios muy asequibles” (Rivera, 2020). También se esperan grandes cosas de Sergio Ramos en esta nueva etapa de su vida, pero no cabe hacer pronósticos sobre cómo se manifestará esa inclinación.

La princesa Beatriz de Orange y el príncipe consorte Klaus junto a Sir Ernst Gombrich y su esposa en la entrega del premio Erasmus en el Museo Van Gogh. En esa acto fue también galardonado el tipógrafo neerlandés Willem Sandberg. Ámsterdam, viernes 19 de septiembre de 1975. Fotografía de Bert Verhoeff. Het Nationaal Archief. Dominio público.
La princesa Beatriz de Orange y el príncipe consorte Klaus junto a Sir Ernst Gombrich y su esposa en la entrega del premio Erasmus en el Museo Van Gogh. En esa acto fue también galardonado el tipógrafo neerlandés Willem Sandberg. Ámsterdam, viernes 19 de septiembre de 1975. Fotografía de Bert Verhoeff. Het Nationaal Archief. Dominio público.

III

Cuando falleció Churchill, a principios de 1965, Ernst Gombrich publicó en The Atlantic un interesante artículo, Winston Churchill as Painter and Critic, en el que no pudo dejar de mostrar su asombro por la dedicación del antiguo primer ministro a la pintura. Churchill (el hombre necesario en la hora decisiva) no solo recibió el Premio Nobel de Literatura, como Bob Dylan, sino que dejó tras de si una abundante obra pictórica formada esencialmente por paisajes impresionistas de llamativo colorido. El antiguo primer ministro no se resignaba a ser un artista irrelevante.

“En 1921, [Churchill] expuso en París bajo el seudónimo de Charles Morin y vendió cuatro de sus cinco paisajes por treinta libras cada uno. Después de la Segunda Guerra Mundial presentó dos cuadros a la Real Academia con el nombre de Winter y consiguió que el jurado los aceptara. Sin duda, este aficionado, que había comenzado a pintar a los cuarenta años, había alcanzado un nivel de competencia que satisfizo a los celosos guardianes de las destrezas de siempre” (Gombrich, 1965).

Para Gombrich no era de extrañar que la multitud acudiera a ver los paisajes y los bodegones del insigne político, pero tampoco le sorprendía que los críticos “fruncieran el ceño” cuando aquellas obras se exponían junto a la de otros artitas “más serios”. Lo relevante, en su opinión, era saber si esas pinturas, que tenían un enorme valor como documentos personales, podían considerarse arte en el sentido más estricto de la palabra. 

En muchos sentidos, Churchill fue excepcional. Aunque había ocupado importantes cargos políticos, cuando se inició en la pintura de caballete, lo hizo “con el entusiasmo que caracterizaba” todo lo que hacía. Además, debe prestarse atención a sus reflexiones sobre la creación artística recogidas en varios ensayos dedicados a las aficiones (Hobbies) y la pintura como pasatiempo (Painting as Pastime). Sus reflexiones muestran un conocimiento de la historia del arte poco habitual en un aficionado. “Había estudiado a Ruskin y del gran crítico victoriano había aprendido lo que representaban los grandes maestros como Turner” (Grombrich, 1965).

Sin embargo, a pesar del excesivo elogio que abunda en cualquier necrológica, Gombrich no pudo dejar de explicar el arte de Churchill como un signo de los calamitosos tiempos que le tocaron vivir. 

“Aquí, como en todas partes, Churchill se vio favorecido por la suerte, y aquí, como en todas partes, supo explotar su buena fortuna. Tuvo la suerte de nacer en una generación cuyo lenguaje artístico era más accesible para el aficionado que en cualquier otra época. La pintura de tradición genuinamente académica requería un dominio de las convenciones de la representación y una disciplina para aplicarlas que termina fácilmente con el entusiasmo de los aficionados […]  aunque no hiciera falta ser un genio, era necesario conocer la profesión” (Gombrich, 1965).

Difícilmente, nadie con tan limitado oficio hubiera llegado a nada en esos tiempos en que incluso Rembrandt o Velázquez eran discutidos por sus contemporáneos. 

En todo caso, como dice Adrián Carra (al que agradezco sinceramente sus observaciones), Gombrich merece algo más que una misa como señal de reconocimiento. Es cosa de ponerse a ello.

Referencias

Bourdieu, Pierre. (2002) La distinción. Criterio y bases sociales del gusto. Ciudad de México, Taurus. (1979. La distinction. Critique sociale du jugement, Les Editions de Minuit, París).

Echávarri, Leticia. (2010) “Doña Cayetana”, en Vogue, mayo de 2011.

Gombrich, Ernst H. (1965) “Winston Churchill as Painter and Critic”, en The Atlantic, vol. 215, 1965.

Gombrich, Ernst H. (1979) Arte e ilusión. Barcelona, Gustavo Gili..

Lesser, Casey. (2017) “The Artist Who Taught George W. Bush to Paint”, en Artsy, 4 de abril de 2017.

Rivera, Pablo. (2020) “Belén Esteban se reinventa: ahora es diseñadora de joyas”, en Crónica Global, miércoles 16 de diciembre de 2020.

Veblen, Thorstein. (1899) The Theory of the Leisure Class: an economic study of institutions. Nueva York, Macmillan.

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