La columna de Joan Costa en Experimenta. Hoy: Info-grafía

La columna de Joan Costa en Experimenta. Hoy: Dibujar la escritura

Es paradójico observar cómo los niños aprenden a escribir. Parecería ideal que aprendieran del mismo modo que aprenden a hablar: oyendo a otros cómo hablan e imitándolos. O sea, aprender a escribir viendo cómo otros escriben e imitar lo que hacen. Sería un progreso fantástico. Pero estamos en medio de un sistema natural y un sistema artificial. Escribir supone una técnica derivada de un código, un sistema de signos vinculado a las leyes de la gramática. El lenguaje se aprende sin nada interpuesto.

Entre un sistema natural de aprendizaje para el cual nuestro cerebro ha sido programado por la evolución, y un sistema cultural creado por los humanos, hay todo un campo de abstracciones complejas ciertamente notables.

La representación gráfica del sonido, algo tan natural aparentemente, porque ya está en nuestros genes y practicaremos toda la vida tan fácilmente, es en realidad, una epopeya civilizatoria.

El caso, sin embargo, es que los niños aprenden a escribir no escribiendo sino dibujando. Dibujan las letras mayúsculas una a una, como unidades autónomas, imitando los caracteres de imprenta, es decir, caracteres donde el enseñante ha eliminado deliberadamente toda traza de lo que propiamente es la escritura manual o la caligrafía. Las letras “de palo” son evidentemente la solución más simple, la más racional, por tres razones: por su extrema simplicidad geométrica, por su facilidad de ejecución y por su clara diferenciación entre ellas, es decir, la facilidad de ser distinguidas y memorizadas.

Pero la paradoja es que más tarde, quizás a los dos años, el niño tendrá que reaprender las letras, olvidarse de los “esqueletos” que aprendió a dibujar y esforzarse por aprender a hacer las ligaduras y la cursividad.

Y aquí aparece otro problema. El criterio de legibilidad. En el dibujo de las letras de palo, la legibilidad de cada signo es esencial. Son formas fundamentales. Características, propias y constantes. Pero las ligaduras y la cursividad, es decir, la velocidad de la escritura que hace que ésta se incline más a la derecha cuanto más rápido se escribe, introducen factores opuestos por completo a la experiencia del aprendizaje: verticales mayúsculas y separadas. El problema de la “buena” o “mala” letra, o la

letra “fea” es un falso problema si tenemos en cuenta que se escribe para ser leído.

Entonces, la escritura manual con sus distorsiones complica nada menos que su propia razón de ser: la comprensión del texto. Por una parte, la cursividad conlleva el problema de la legibilidad, que se pierde en la medida que aumenta la rapidez de la ejecución. Ese factor de deformación de la escritura tiene todavía otro problema agregado: las variaciones y distorsiones procedentes de la subjetividad psicológica de cada individuo. Lo que es el estudio de la grafología: la peculiaridad personal de la escritura escrita.

Entonces, ¿para qué escribir, y escribir claro? El editor E. Rubio responde: “La buena letra no es sólo una cuestión de estética, sino que es clave en el aprendizaje de los niños porque activa redes neuronales que conectan diferentes zonas del cerebro: el área motora, el área visual y la cognitiva”.

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