La columna de Victoria de la Torre: Un festival para salvar los muebles

La pandemia ha forzado a todas las iniciativas culturales cuya práctica más valiosa se basaba en el estar en un tiempo y lugar específicos, en el facilitar la espontaneidad de los cuerpos recorriendo el espacio, a buscar ese ansiado conectar entre los infinitos escroles y plataformas del maremágnum digital. Pero The show must go on, y la cultura, la comunicación y la creación han debido reinventarse, una vez más, y como tantas otras áreas, para poder hacer llegar sus historias y generar, en la medida de lo posible, aquello que hoy suena casi vacío y artificioso: comunidad. Así, han ido proliferando diferentes intentos, algunos más valientes, otros muchos más ingenuos, en un crisol de Zooms, Meets, Teams, Jitsys, Tik Toks, Twitches, Lives, Directs y otras muchas plataformas que en su efimeridad han servido para revelar la única verdad incuestionable que ni la clase política podría polarizar: hoy por hoy es imposible replicar la riqueza del encuentro físico a través de la(s) pantalla(s). Parece, pues, que el único camino que queda es asumir esta (nueva) realidad como un parámetro más de las limitaciones dentro de las que se puede desarrollar cualquier proyecto que emplee el diseño como proceso, esto es, rediseñando los formatos desde su base más fundamental para poder establecer un nuevo marco en el que sí se desarrollen experiencias verdaderamente valiosas.

Creo que no peco de representación si afirmo que los profesionales que empleamos la metodología del diseño en nuestro hacer somos conscientes de esta realidad. Por este motivo, también creo que esperaríamos eso mismo de quien — pretenciosamente — llama a “Rediseñar el mundo” desde uno de los altavoces más potentes del panorama del diseño en España. Pero, sin embargo, me quedo con la sensación de que el diseño brilla por su ausencia en el autodenominado “gran escaparate del diseño internacional”. ¿Quién es el público de este festival? ¿Para quién está realmente dirigido? ¿Cuál es su posicionamiento respecto al contexto actual (a veces se nos olvida que seguimos en una pandemia)? ¿Qué voces tienen cabida en él?

En Madrid hay diseño joven y diseño viejo, diseño emergente, diseño que no emergerá, diseño colectivo, diseño de calle, diseño político, diseño de inteligencias y diseño de identidades, diseño de interfaces, diseño inclusivo, diseño especulativo y diseño especulador, diseño geoplanetario y diseño nanométrico. Pero estas voces plurales, transgresoras y contextualizadoras, hijas del ayer y del hoy, y con poder narrativo suficiente como para alumbrar el mañana, brillan por su ausencia en un festival que (salvo honrosas excepciones) parece haber optado por erigirse como un catálogo patrocinado en vez de acoger una constelación de ideas y personas que puedan abrir nuevos marcos de pensamiento y práctica creativa para un contexto en transición.

No quiero acabar esta reflexión sin hacer una importante aclaración respecto a mi postura en todo este asunto. Esta crítica no la elaboro porque quiera enfrentarme u oponerme la existencia un festival de este calibre — siempre he creído en la colaboración como forma de desarticular la competencia voraz a la que nos tiene acostumbrados el libre mercado — . Más bien al contrario: celebro que existan iniciativas sólidas y respaldadas que ayuden a tejer y consolidar el tejido cultural contemporáneo en una ciudad que lo necesita tanto como Madrid. Quizá, precisamente por eso, y quizá también por responsabilidad social, espero mucho más del tipo de contenidos, pluralidad de los mismos, y tipos de enfoques en un espacio con tanta difusión como este.

De la precariedad de las condiciones laborales y los términos de colaboración ya hablaremos en otro momento.

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