La columna de Emilio Gil en Experimenta. Hoy:

La columna de Emilio Gil en Experimenta. Hoy: Mi primera visita a un museo

El próximo sábado día 6 de junio se reabre el Museo del Prado con un montaje especial bajo el estimulante título de “Reencuentro”. Las grandes obras de la colección permanente de la pinacoteca se mostrarán a lo largo de su galería central. Esta exposición tiene ecos de la que durante los años de la Guerra Civil española se organizó en Ginebra donde habían ido para mantener a resguardo de los avatares del conflicto a los cuadros del Prado.

Este acontecimiento, porque de un acontecimiento se trata, me ha traído a la memoria una iniciativa del Ministerio de Cultura coincidiendo con la Noche de los Museos de hace unos años. El Ministerio nos pidió a una serie de personas relacionadas con la cultura que recordáramos frente a una cámara nuestra primera visita a un Museo. 

Mi primera vez fue, probablemente, con la profesora de Historia del Arte del Instituto Cardenal Cisneros de Madrid en lo que entonces era el 5º de Bachillerato. Recuerdo la impresión que me produjo mi primer contacto con El Bosco, la cabeza del perro de Goya, y el juego infinito de profundidades –capas diríamos con lenguaje actual– de Las Meninas de Velázquez… aquella experiencia fue el comienzo de una relación que afortunadamente nos ha convertido en amigos para siempre.

¿Cómo era el Museo del Prado entonces? Existía una forma distinta de presentar la colección –de lo que ahora se llama “leer la colección”–, donde como escribió Eugenio D’Ors “reinaba una disposición a la vez orgánica y estable”. D’Ors en su lenguaje alambicado, farragoso, pretendidamente denso escribió, sin embargo, esta reflexión fácilmente compartible: “Un Museo no es un órgano de historia, sino de cultura. Quiere decir que en gran modo conviene a un Museo no cambiar a cada instante. La mudanza, si bien se mira, es lo contrario de la mejora”.

En los años de mi primera visita no existía el recurso a las exposiciones temporales que ahora nos parece algo tan normal en la programación de un Museo. Considero que, de alguna manera, el gran público “descubrió” el Prado gracias a la antológica del año 1990 que coordinó –entonces todavía no se empleaba el término “Comisario”– la conservadora Manuela Mena.

Me parece que la grandeza de los Museos de la importancia de nuestro Prado es lo que queda en cada uno de nosotros después de una visita: “Cada vez estoy más convencido de que el gran arte nos afecta físicamente: nos arrebata, nos vulnera, y cuando nos apartamos de él, cuando dejamos el cine o el libro o salimos de la galería o de la sala de conciertos, sigue actuando sobre nosotros, afecta nuestra manera de andar y de mirar, quizás incluso nuestro comportamiento”, ha escrito Antonio Muñoz Molina. Reflexión conectada con algo que parece que va de suyo pero que no es tan evidente: “El mayor fruto de una visita de tres horas al Museo del Prado está seguramente en la necesidad de volver”, (Eugenio D’Ors).

Para concluir me permitiría un consejo a mis colegas más jóvenes: una visita al Prado descubre un mundo insospechado de posibilidades creativas, de reflexión sobre lo permanente y lo accesorio. Es un viaje directo a las raíces de nuestra profesión. Una visita al Prado –aunque sea de tres horas– proporciona mayor crecimiento personal y profesional, incluso, que el repaso apurado página a página de un libro sobre los trabajos de gigantes como, por ejemplo, Paul Rand. ¡Qué ya es decir!

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