La columna de David Barro en Experimenta. Hoy: La arruga es bella

La columna de David Barro en Experimenta. Hoy: El diseño y el futuro

Hace décadas que pensadores como Edgar Morin o Paul Virilio afirmaban que en las condiciones actuales lo probable es lo catastrófico. También que sobre el futuro no hay ninguna certeza. Sus ideas cobran hoy mayor sentido, una vez que imaginar el futuro se ha convertido en tendencia y que resulta imprescindible diseñar con responsabilidad eso que hoy llamamos “nueva normalidad”. De todo ello acabo de conversar con 13 pensadores estratégicos del mundo del diseño, el arte, la ciencia y el universo tecnológico para una publicación –Futuros posibles– en la que se puede concluir que, tras un primer paso de aceleración forzada de la transformación digital, nada mejor que el diseño para ayudarnos a divisar futuros diferentes y para comunicar cómo puede ser nuestra relación con estos futuros. Porque el diseño puede idear conceptos y prototipos que permitan divisar sus posibles impactos, pero no lo puede hacer solo, ya que como señala el diseñador estratégico y artista Manuel Vázquez, el principal talento del diseño es buscar soluciones a problemas complejos, pero para ello necesita de la capacidad del arte para cuestionar el mundo y necesita los negocios por la capacidad que tienen para cambiar el mundo.

Pero, cómo mirar con fe al futuro si lo que vemos es una crisis sanitaria sin precedentes contemporáneos. Cómo enfrentarnos al futuro cuando el desastre ecológico, la desigualdad social o el peligro de devastación nuclear son también consecuencias de nuestra modernización. El pensamiento estratégico tiene el deber de aportar las nuevas claves y actuar como una suerte de activismo. El último fin de fiesta generalizado, el coronavirus, obliga a repensar, una y otra vez, un mundo donde el accidente forma parte de la experiencia cotidiana de nuestro tiempo, desde el Titanic a las Torres Gemelas, desde La Balsa de la Medusa de Géricault al Prestige en las costas gallegas. Tal vez tenga sentido sentido la idea que propone Alberto Barreiro de dejar de hablar de “innovación”, que tiene el dudoso valor intrínseco de lo nuevo, para sustituirlo por “adaptación”, y en lugar de diseñar deberíamos limitarnos a intervenir con elegancia sobre los sistemas para que la metáfora del diseño deje de ser la de la mecánica y sea la de la jardinería. 

Porque cada técnica propone una novedad accidental. Como señalará Paul Virilio, innovar el navío es innovar el naufragio e inventar la locomotora es inventar el descarrilamiento. Lo mismo podríamos pensar de la catástrofe aérea y de otros riesgos tecnológicos. El accidente específico es también parte del pensamiento científico y un diseñador ha de pensar con profundidad transversal, enlazando disciplinas y aprehendiendo distintas fórmulas y necesidades para lograr una mayor efectividad, ya que no se trata únicamente de saber cómo funciona la tecnología, sino también de cómo nos sentimos junto a ella y ante un cada vez mayor control de nuestra privacidad, por ejemplo, con las diferentes fórmulas de reconocimiento facial o con el avance de aplicaciones e inteligencia artificial centrada en la voz. El diseño ha de pensar las virtuales consecuencias de lo diseñado y cómo sus efectos afectarán a nuestro futuro. Por eso debe caminar parejo a la innovación, pero también al arte y a la empresa, para conseguir evolucionar evitando los futuros más preocupantes, procurando unir lo efectivo con lo empático. 

Es eso que Alice Rawsthorn define como “diseño actitudinal” en su reciente libro Design as an Attitude, que ayuda a entender con ejemplos históricos y actuales cómo el diseño ha actuado y cómo está respondiendo en una era de intensa inestabilidad económica, política y ecológica con ingenio y creatividad. Porque como decía Albert Einstein, la creatividad es más importante que el conocimiento y por eso el diseño y el arte son herramientas fundamentales que podrían liderar la innovación. En muchos momentos se ha confundido tecnología con innovación y, por supuesto, la tecnología es un elemento indispensable, pero como también lo es lo emocional, lo psicológico y una profunda aprehensión de los valores socioculturales del momento. De ahí que una de las tendencias recientes más consolidadas en diseño y en arte haya sido el retorno al “aprender haciendo”, a ese rigor artesano que nos recuerda que al futuro no se llega antes solo con una fuerte inversión económica en tecnología. Ante la tecnologización del mundo, el diseño ha de ser tan crítico con ella como fortalecedor de sus virtudes, para actuar como moderador, como contrapeso, como filtro. El diseño para la innovación debe mediar entre lo humano y lo tecnológico, tornando más amable nuestra relación con el futuro, más ergonómica, más líquida y, sobre todo, más inteligente a la hora de enlazar lo científico y lo humanístico habitualmente separados cuando sus funciones convergen en una común: conseguir adivinar y construir un futuro mejor. 

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