La columna de David Barro en Experimenta. Hoy: La arruga es bella

La columna de David Barro en Experimenta. Hoy: Levantar la cabeza para diseñar

Ante tanto estallido mediático, pienso que merece la pena resituar nuestra manera de mirar, volver a una actitud primera, una actitud contemplativa. Quienes más y mejor lo han hecho son algunos artistas, pero también muchos diseñadores que se destacan por su capacidad de levantar la cabeza y mirar. Esa, seguramente, es la capacidad más efectiva para encarar las complejidades del siglo xxi. Es algo que John Berger destila como nadie en sus textos. En algunos de ellos nos habla de esa experiencia en Giacometti o en Millet, y entiendo que esa búsqueda, esa manera de observación profunda de la naturaleza está presente en diseñadores actuales como Ronan & Erwan Bouroullec, interesados en recuperar el tacto y abrazar las formas de las cosas. 

Es así como se fijaron en las nubes, las hojas, la nieve o las algas. También se percataron de que todas ellas se daban en grandes cantidades y de manera repetida, una tras otra. De ahí que se decidieran a diseñarlas, pero a partir de módulos que pueden multiplicarse y unirse en un todo mayor. Así nace su estantería Clouds en 2002, que uno puede unir o separar dependiendo de su gusto o necesidades, concepto de nube que también llevarán al textil. O las Algues en 2004, elementos de plástico que pueden unirse para crear celosías. Tal vez tenga mucho que ver que ambos hermanos hayan crecido en el campo. Sus diseños son fruto de una suerte de refinada artesanía que en algún caso se integra en la alta tecnología de producción. De ahí que busquen la belleza, pero desde la vibración que da la imperfección. A veces eso se traduce en productos de equilibrada elegancia tipográfica como la Serif TV que proyectaron para Samsung, que va más allá de lo que suele ser un producto tecnológico para conseguir una precisión con sentido del humor –tal vez porque ninguno de ellos tiene televisor–. Esa desmonumentalización de la televisión para otorgarle más conexión con lo cotidiano y procurar su interacción con el espacio que nos rodea, los llevó a producir una pieza amable que tiene la calidez de un sofá. Su nombre lo entendemos al ver su perfil, donde observamos la letra «I» mayúscula con la tipología de letra serif. Todo ello encaja con la confesa afinidad que Erwan Bouroullec tiene por las culturas nómadas y por su capacidad de empaquetarlo todo, ya que se rodean de objetos transportables y necesarios. Esa atracción por la esencia es la que le lleva a dibujar, en su casa o en el campo. Ahí radica el éxito de su pretendida actitud naif.

Aprehender lo aprendido para declinarlo y adaptarlo, en definitiva, prestar atención a las cosas, es lo que podemos ver ya tempranamente en Carlo Mollino –campeón de acrobacias aéreas– cuando diseña su mesa auxiliar Arabesco en 1949, en línea con el esquí y el pilotaje de aviones. Más tarde, George Nelson diseñará su silla Coconut 1955 inspirado en la silueta de un coco, o en 1956 Eero Saarinen presentará una mesa que denominará Tulip por su forma de tulipán. También Patricia Urquiola confiesa que se agarró las caderas y de ahí nacieron los pufs rellenos y blandos que denominará Fat y los hermanos Campana dicen haberse inspirado en la pobreza de las ciudades brasileñas para transformar la escasez en belleza. 

Esa manera de reinventar lo cotidiano está presente en los diseños de Marre Moerel o Hella Jongerius. Otro diseño sencillo, aunque multifuncional, es el de las lámparas Mayday que Konstantin Grcic diseñarán en el cambio de siglo, que consisten apenas en una pantalla, un asa y un cable. Entiendo que en sus diseños hay algo de humor y un mucho de normalidad, de mirar el mundo, algo extrapolable a diseñadores como Fernando Brízio o Jasper Morrison, que reivindicó la normalidad literalmente cuando con Naoto Fukasawa fue comisario de la exposición Super Normal, combinando objetos de autor con otros anónimos, sencillos, pero verdaderamente funcionales. Porque un diseñador debe preguntarse si el objeto que está diseñando cumple mejor su función que el objeto cotidiano que él mismo está utilizando. Es algo que reivindicaron autores como Max Bill o Bruno Munari. No se trata tanto de crear como de mejorar cada objeto, a partir del respeto y el recuerdo, convocando al instinto y observando la realidad. 

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