Diseño activista: saltando trincheras, barreras y fronteras

Resistir y transformar

El activismo, a pesar de su importancia histórica en las luchas del día a día, no ha recibido mucha atención en el ámbito académico, y si bien es cierto que en los últimos años ha tenido mayor repercusión gracias los movimientos sociales y a las crisis económicas, sociales y políticas que nos asolan, sin embargo, está claro que los activistas estamos más centrados en la acción práctica que en la investigación teórica, por esa razón nos parece necesario volver a insistir en el tema pues como señala Brian Martin (2007, 26) la mejor interacción posible entre educación y activismo es la que está mediada por personas que están involucradas en los dos ámbitos, porque pueden ser el puente que permita la circulación de las ideas activistas hacia la teoría y viceversa.

Vivimos la época de los movimientos sociales, unas estructuras que se sustentan en redes informales interactivas, son solidarias y comparten sus creencias, son polémicas en sus acciones y utilizan escenarios no institucionalizados. Los movimientos sociales son un proceso de realización llevado a cabo por un grupo de rebeldes y excluidos. Una acción colectiva sostenida en el tiempo. Por ello, pensamos que los diseñadores participantes en las comunicaciones de protesta suelen ser conscientes de formar parte de un “espíritu social” más amplio, de una creación colectiva compleja que interviene políticamente desde la libertad y la independencia y busca la transformación social. Los movimientos sociales son un fenómeno y una forma de acción colectiva posmodernos y posnacionales; son estrategias de resistencia con discursos y formas de actuación solidarias y transnacionales. Sus claves ideológicas (libertad, igualdad y fraternidad/sororidad) son heredadas de los movimientos socialistas, anarquistas, los estudiantiles de la nueva izquierda en los años 60 y 70, los nuevos movimientos sociales (ecologistas, feministas y pacifistas) y los indianistas en América Latina y diferentes movimientos africanos.

Neala Schleuning (2013) en su libro sobre arte-política y la estética social anarquista señala que el grafista radical visualiza la opresión y, a la vez, sus diseños son un ejercicio de libertad de expresión donde se compromete a través de la acción-visual-política a cambiar el mundo. Para Neala la verdadera libertad exige pensamiento crítico, participación activa, activismo político y aprender a ver el mundo de nuevas maneras; y el objetivo del “arte social anarquista” es la superación del autoengaño colectivo de la sociedad capitalista. El nuestro es un mundo visual dominado por una falsa realidad, vivimos una distracción continuada por el efecto de la estética capitalista. Esta situación debería propiciar, según Schleuning, un arte comprometido basado en la libertad de expresión colectiva cuyo origen radica en el desarrollo de nuevas sensibilidades estéticas revolucionarias. 

Activismo es emocionarse para transgredir

Tim Jordan (2001, 12) afirma que “el activismo es esencialmente algo hecho junto a muchas personas” que comparten una identidad y se solidarizan en la búsqueda de la transgresión. Esta solidaridad es la que hace que las personas conecten sus miedos, esperanzas, ira y cualquier otra emoción mientras están comprometidas en una acción transgresora.

En principio, ningún activismo es bueno o malo, depende de las causas que defiende y de las acciones que promueve. Para algunas personas una protesta es una valiosa herramienta en la defensa de los valores, mientras que para otras es un acto peligroso de ataque a las normas establecidas. 

El activismo cuestiona el funcionamiento de la política convencional y se presenta como un ejercicio apasionado y comprometido con el cambio.

La imagen más común que todos tenemos del activismo es una protesta pública en forma de manifestación, marcha o reunión pública. Sin embargo, la cuestión es bastante más compleja. El activista Gene Sharp (1988) ha investigado los métodos de acción noviolenta y los ha organizado en tres tipos característicos. En primer lugar están los “métodos de protesta y persuasión” como discursos, consignas, pancartas, piquetes, vigilias, cánticos y marchas –no olvidemos que para que cuenten como herramientas de la acción noviolenta tienen que ir un paso más allá de lo convencional–. El segundo tipo de acción noviolenta es la “nocooperación”, por ejemplo, desobedeciendo las costumbres sociales, la huelga y el boicot. Y el tercer tipo es la “intervención” que, incluye sentadas, ocupaciones noviolentas, el teatro de guerrilla, el ayuno y la creación de instituciones económicas y políticas alternativas. Según Brian Martin (2007, 21) la alternativa violenta ejercida por los “luchadores de la libertad o terroristas” suele ser considerada lucha armada en lugar de activismo. Otra forma activista es el sabotaje o violencia contra los objetos. Cuando la lucha se ejerce contra la cultura del consumo capitalista, se está practicando “culture jamming” que consiste en manipular y transformar los mismos símbolos de la cultura comercial en mensajes críticos. Los últimos movimientos activistas utilizan las nuevas plataformas digitales de socialización para hackear los sitios web y como herramienta de comunicación virtual e intervención directa. 

La mayoría de los activistas militan en grupos y organizaciones con estructuras de diferente tamaño y su implicación puede ir del barrio y el entorno local a la acción global. Los grupos activistas permiten el apoyo mutuo y la solidaridad entre los colaboradores y la posibilidad de gestionar las acciones complejas de forma más coordinada. Las organizaciones activistas se basan en la defensa de una causa y sus propósitos pueden ser, a la vez, personales y sociales.

La palabra activismo se puede asociar a todo tipo de causas: estudiantiles, feministas, del medio ambiente, el movimiento anti-nuclear, el movimiento por la paz y el desarme, campañas de los ciudadanos locales para exigir mejores escuelas u hospitales o en contra de una fábrica o autopista, contra la discriminación de las mujeres, las minorías étnicas, los pobres y las personas con discapacidad, contra el cambio climático, contra la tortura, a favor de los derechos de los animales y de la tierra (movimientos ambientalistas), contra el acoso sexual, la intimidación y la violencia doméstica, etc. Muchos grupos de activistas se identifican con todo tipo de problemas sociales y se implican en la promoción de campañas para concienciar a la sociedad. Pero también hay otros activistas que actúan en la cercanía desarrollado técnicas de disuasión contra los acosadores sexuales, las agresiones callejeras y el maltrato en el trabajo, en el aula o en cualquier espacio de convivencia social. 

¡Activismo! y su potencial emocional

Tim Jordan (2001, 9) propone tres tipos de activismo: los orientados al pasado, al presente y al futuro. El que está orientado al pasado es un activismo reaccionario que defiende los intereses del poder. El activismo orientado al presente es reformista y busca cambiar las políticas. Y el activismo orientado hacia el futuro “¡activismo!” es el que está provocando el cambio de las relaciones sociales. 

Para Jordan (2001, 12) la ética ¡activista! contiene un compromiso con una democracia radical que tiene visión de futuro. El ¡activismo! es esencialmente algo hecho junto a muchas personas” que comparten una identidad y se solidarizan en la búsqueda de la transgresión. Esta solidaridad es la que hace que las personas conecten sus miedos, esperanzas, ira y cualquier otra emoción mientras están comprometidas en una acción transgresora des/organizada.

¡Activismo! es transgresión y solidaridad. Una transgresión reaccionaria, reformista y visionaria según se ubique en el tiempo pasado, presente y futuro. ¡Activismo! es una rearticulación innovadora de las manifestaciones que aglutinan la noviolencia, la acción directa y la des/organización creativa. El ¡activismo! como “placer-político” o placer-protesta es una acción que integra el contenido del placer y el significado de la política.

El territorio del diseño y el activismo

El término “diseño activista” define una serie de prácticas sociales, culturales y políticas demasiado amplia. Un factor determinante, en lo que respecta al diseño genuinamente activista, es su clara independencia del mundo profesional. Esto permite la suma de otras visiones y lo que es más importante, el compromiso de participación de una multitud creativa donde los diseñadores pueden trabajar de forma anónima, “no-intencional” (Fuad-Luke 2009, 2) o desinteresada, y donde no es necesario que destaquen por sus cualidades o hagan valer sus reconocimientos profesionales. La naturaleza del activismo contemporáneo tiene una lógica que se establece siguiendo tres pautas: la suma de esfuerzos, el encuentro constructivo entre profesionales y no profesionales movidos por la idea del cambio y la mejora de las situaciones existentes (Simon 1996). Por esta razón es tan difícil encontrar una definición que englobe todo lo que significa el diseño activista, ya que al borrar fronteras estas prácticas hacen más indefinida una posible teoría integradora. 

Alastair Fuad-Luke (2009, 5) propone una posible definición de diseño, basada en otra de Herbert Simon, como “el acto deliberado de los diseñadores profesionales u otros para pasar de una situación existente a una preferida aplicando el diseño consciente o inconscientemente”. Así mismo, respecto a la posibilidad de encontrar una definición para el “activismo” actual, Alastair señala que el término ha adquirido formas complejas que se adaptan a sus propios marcos de interés como pueden ser: el político, el medio ambiental, los movimientos sociales globales y locales, las plataformas de información y comunicación social, las cuestiones biológicas y cuestiones humanas muy variadas (enfermedades, aborto, guerra, derechos humanos e individuales, feminismo, identidad de género, pobreza y todo tipo de exclusiones). La función principal del activismo es movilizar y presionar a la industria, las corporaciones, los gobiernos o a cualquier tipo de institución con poder para que cambien sus agendas en beneficio de estas causas. Según Tarrow (2005) todo activismo implica la visibilización de los desafíos colectivos de un grupo de personas que comparten propósitos comunes y solidarios y la gestión de las interacciones que mantienen con las élites, los opositores y las autoridades. 

Para Fuad-Luke (2009, 6) el activismo trata de la toma de decisiones y de las acciones que catalizan, estimulan o provocan el cambio, con el fin de promover transformaciones sociales, culturales y/o políticas. 

El activismo visual exige la producción de artefactos que existan en el tiempo y el espacio real y que funcionen adecuadamente en los contextos y procesos de la vida cotidiana. El diseño activista interviene enfrentándose a los desafíos de los escenarios preexistentes a la vez que intenta reciclarlos, reprogramarlos, replantearlos y redefinirlos pensando siempre en el futuro.

Un diseño para la empatía y la solidaridad

Podemos afirmar que el diseño comprometido con los mensajes sociales y políticos forma parte de los movimientos sociales globales de una forma no sistémica, tiene carácter múltiple, es posnacional, puede manifestarse como una experiencia colectiva e individual y forma parte de un proceso evolutivo de las experiencias de protesta social y política de los últimos 150 años. Sin embargo, uno de los cambios radicales para estas prácticas subversivas ha sido el agenciamiento de los sistemas conectados y la comunicación reticular propia del mundo de la información digital, y son constructoras de una comunicación basada en las capacidades relacionales de la multitud, o lo que es lo mismo, el proletariado postobrerista (Hardt y Negri 2004). Las iniciativas visuales de los creadores críticos, los indignados y los desobedientes articulan y dan forma representativa a las cuestiones político-sociales excluidas de la agenda y tratadas como pseudopublicidad, y son nuevas formas de solidaridad visual colectiva que buscan un lugar alternativo a este nuevo capitalismo global. 

Por todo ello, el activismo gráfico actual se enfrenta a una experiencia histórica donde resistencia y transformación serán dos polos de una matriz generadora que a partir de métodos y estrategias visuales pacíficas, democráticas y noviolentas (Sharp 1988) ha de conseguir aportar símbolos, iconos y formas gráficas que reflejan la indignación, la rebeldía y el esfuerzo popular por dignificar la vida de los seres humanos en la superación de todos sus retos.

Artículo escrito por Gabriel Martínez y Sonia Díaz / Colectivo Un Mundo Feliz para el número 88 de la revista Experimenta

BIBLIOGRAFÍA

Williamson, Bess. (2019) Accessible America. A History of Disability and Design. Nueva York, New York University Press.

Martin, Brian. (2007) “Activism Social and Political” In Encyclopedia of Activism and Social Justice, edited by Gary L. Anderson and Kathryn Herr, 19-27. Thousand Oaks: Sage Publications.

Schleuning, Neala. (2013) Artpolitik: Social Anarchist Aesthetics in an Age of Fragmentation. Brooklyn, Minor Compositions.

Jordan, Tim. (2001) Cyberpower: The Culture and politics of Cyberspace and the Internet. London/New York, Routledge.

Sharp, Gene. (1988) La lucha política noviolenta: criterios y métodos. Santiago de Chile, Ediciones Chile América de CESOC.

Fuad-Luke, Alastair. (2009) Design Activism: Beautiful Strangeness for a Sustainable world. Sterling, Earthscan.

Simon, Herbert. (1996) The Sciences of the Artificial. Cambridge, MIT Press.

Tarrow, Sidney. (2005) The New Transnational Activsm. Cambridge, Cambridge University Press.

Hardt, Michael y Antonio Negri. (2004) Multitud. Barcelona, Debate.

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