Del punto blando al punto cuero
Para conocer la historia de la icónica vajilla Colbo, diseñada por la arquitecta Colette Boccara (París, 1921 – Mendoza, 2006), es necesario conversar con Matías Janello, uno de sus tres hijos, eximio ceramista y además quien hoy dirige la fábrica junto al diseñador industrial Martín Endrizzi.
Cuando Colette forma su primer taller, lo hace montando un galpón en el fondo de su “casa”, con insumos provenientes del desguace de la Feria de América, realizada en Mendoza en el año 1954. Esa “casa”, ubicada la calle Clark 470, fue diseñada y construida por ella junto a su esposo César Jannello y fue un espacio de encuentro de la incipiente modernidad mendocina.
Las primeras piezas cerámicas que realiza Boccara, fueron platos circulares de loza esmaltados en ambas caras, como tradicionalmente se esmalta la loza, y se utilizó para la conformación el método de colada a partir de moldes de yeso.






Matías, que a sus 15 años comenzó a ayudar a su madre en la fabrica, inicia el relato con datos técnicos: La temperatura del horno que se requiere para producir loza es de 1040°; algo pasó un día… puede que haya sido una falla del pirómetro, un olvido del horno encendido o el mismo destino… que hizo que la temperatura se elevara hasta alcanzar los 1120° y eso transformó a la loza en gres cerámico. A primera vista lo evidente fue el cambio de color, pero al examinar ese nuevo material se detectó que el gres tiene baja porosidad y eso, abre un abanico de posibilidades a explorar. Las primeras experimentaciones, fueron con esmaltados diferenciales, es decir a la cara interna se le continua aplicando el recubrimiento vítreo, mientras que se deja al natural toda la parte exterior, porque entre las características propias del material, recién descubierto, se destaca la baja absorción de agua.
No fue un camino lineal hacia el éxito. El hallazgo del gres rojo fue una innovación que le permitió diferenciarse de la competencia, pero al mismo tiempo lo superador que propone el gres respecto de la loza, trajo consigo una baja en la productividad. El método productivo, conjugado con la morfología de las piezas que resultaba útil para la loza, deja de ser eficiente y las piezas empiezan a salir del horno viradas, torcidas, chuecas, deformadas… entonces la pureza de la circunferencia se convierte en el principal delator de todas estas imperfecciones, que según palabras de Matías: no eran para nada sutiles.
Durante este proceso es que descubren “del punto blando al punto cuero”, que sí la pieza se mueve, por más que se la acomode, cuando entra al horno retoma la deformación que se provocó en el movimiento, perdiendo por un lado la perfección de la circunferencia y por otro su apoyo pleno.
Con el problema entre manos, el trabajo proyectual de Colette se centró en el binomio por excelencia de la modernidad: forma y función.
En relación a la morfología, se transicionó del círculo al triángulo en donde los vértices son reemplazados por empalmes de radio generoso, logrando una figura equilátera de proporciones armónicas, que disimulaba en gran medida la incompatibilidad entre el material y el método productivo.
Un segundo cambio que se introdujo en este proceso, fue la eliminación del junquillo, ya que cuando se dejó de esmaltar el exterior de las piezas, ya que este perdió su función, que es evitar que el esmalte se pegue al piso del horno.






Colbo, que es un apócope del nombre de Colette Boccara, además, tiene otras muchas características que merecen ser contadas. En cinco años pasó de ser un taller en el fondo de una casa en la ciudad de Mendoza, a una fábrica que se instaló en la localidad de Guaymallén. Este traslado le permitió multiplicar su producción, y tras otros cinco años, para el año 65, sumó un aporte de capital que realizan Quinto Pulenta (de bodegas Peñaflor), Rosalía de Flichman (de bodegas Flichman) y María Teresa Maturano (primera escribana mujer de la provincia) que se incorporan como socios minoritarios, conformando entre todos Colbo Gres Cerámico SCA. Entre los años 56 y 84, Colbo fue una empresa dirigida por una mujer, que en su línea de producción sólo empleaba a mujeres, en muchos casos en estado de vulnerabilidad.
En Argentina, muchas fábricas cerraron sus puertas en los años 80, Colbo fue una de ellas.
Con el nuevo milenio iniciado, en el 2007, Wustavo Quiroga se acerca a Matías Janello, investigando la vida de la dupla de arquitectos modernos: Boccara-Jannello. Además de descubrir un extenso patrimonio de alto valor cultural, vincula a Matías con Martín Endrizzi y genera el caldo de cultivo que propicia el renacimiento de la emblemática marca cuyana.
Las decisiones de diseño actuales, explica Martín, incluyen el trabajo sobre las tradicionales líneas proyectadas por Colette, pero aggiornadas a los mercados actuales. Se reemplazó la producción por colada, implementando un sistema de prensado, que es el apropiado para trabajar con gres y se volvió a incluir en junquillo lo que mejora la apilabilidad de la vajilla; también se trabajó sobre las dimensiones tanto de platos como de bowls, buscando acotar el número de piezas al generar versatilidad funcional de cada una de ellas.
















