La columna de Joan Costa en Experimenta

La columna de Eugenio Vega: Crimen y castigo

“Todo Estado está fundado en la violencia”, dijo Trotsky en Brest-Litowsk. Objetivamente esto es cierto. Si solamente existieran configuraciones sociales que ignorasen el medio de la violencia habría desaparecido el concepto de Estado y, se habría instaurado lo que, en este sentido específico, llamaríamos anarquía (Max Weber, 1919).

I

Es habitual explicar la aparición del diseño como una evolución de las prácticas artesanales anteriores a la Revolución Industrial. Pero el diseño trajo consigo muchas innovaciones, entre otras cosas, la división del trabajo y una sistematización de los procesos que despersonaliza la producción de los objetos. Aunque en sus orígenes utilizara materiales y métodos de las viejas artes aplicadas, el diseño no admitía modificaciones de lo ya terminado, una de las grandes cualidades de la artesanía. 

Como era lógico, los métodos del diseño interesaron a los fabricantes de armas. Fue así como surgió el sistema americano de producción industrial, fundamentado en la división del trabajo y la fabricación de piezas intercambiables. En 1830, uno de los primeros empresarios de este prometedor sector, John Hancock Hall, afirmaba que sus métodos eran tan rigurosos que aseguraban la sustitución de cualquier pieza de sus rifles: podían desmontarse mil de ellos, confundiendo unas piezas con otras, elegirlas al azar y volver a montarlos garantizando su funcionamiento. Tales procedimientos serían perfeccionados por Samuel Colt que no hizo otra cosa que simplificar los procesos y mejorar la manufactura de las piezas. (Heskett, 1985, 31). Con aquellos métodos, la industria dotó a los dos bandos que lucharon en la guerra de Secesión de armas ligeras que podían ser utilizadas por reclutas sin apenas formación.

La columna de Eugenio Vega: Crimen y castigo
Soldados confederados muertos tras un muro de piedra en Marye’s Heights (Virginia) durante la segunda batalla de Fredericksburg el 4 de mayo de 1863. Imagen registrada por el capitán Andrew J. Russell a petición del conocido fotógrafo Mathew Benjamin Brady (Naef, 1942). US National Archives.

II

Tras la rendición del general Lee, un triste día de abril de 1865 para los confederados, el país se llenó de soldados que volvían del frente sabiendo manejar un rifle. Por ese y otros motivos, las armas ligeras se convertirían en un producto de consumo masivo en las décadas siguientes. La conquista del Oeste, es decir, la ocupación por colonos de origen europeo de las zonas hasta entonces habitadas por los nativos norteamericanos, fue posible gracias a la libre circulación de rifles y pistolas entre la población civil. Además, la segunda enmienda de la Constitución, aprobada en 1791, protegía el derecho de cualquiera a poseer armas y a llevarlas. Los defensores de la enmienda han alegado siempre que este derecho es la principal garantía para impedir que los gobernantes “implanten la tiranía”:

“Siendo necesaria una milicia bien organizada para asegurar la existencia de un Estado libre, no se infringirá el derecho del pueblo a poseer y llevar armas” (Constitución de los Estados Unidos).

Los territorios ocupados por colonos europeos no solo eran escenario de las acciones violentas de los nativos que habían perdido sus tierras. La conquista del Oeste llevó a aquella tierra de promisión a toda suerte de indeseables que pululaban por los tugurios más siniestros. Para colmo de males, la fiebre del oro hizo de California el destino elegido por la gente de la peor calaña dispuesta a cualquier cosa. 

Como era previsible, el mercado de las armas ligeras creció en el último tercio del siglo XIX. Las pistolas y los rifles no solo incorporaron mejoras técnicas que hacían más sencillo su manejo, también personalizaron su diseño pensando en grupos concretos de consumidores (mujeres, por ejemplo), tal como había sucedido con las navajas y otros productos similares (Forty, 1986, 62). Cuando el ferrocarril extendió su red hasta el Pacífico, los grandes almacenes empezaron a vender sus productos por catálogo. En 1872, Aaron Montgomery Ward distribuyó una hoja de papel con una lista de precios de los artículos que tenía a la venta y las instrucciones para pedirlos. En su oferta, los comercios incluyeron armas, pues muchos ciudadanos (libres e iguales) vivían en medio de la nada, lejos de las ciudades pero cerca del peor de los vicios que es la ambición desmedida del ser humano.

En 1892, cuando se creó Sears Roebuck, la venta por correo ya se había extendido a toda la Unión. La gran cadena de distribución incluyó en sus catálogos pistolas, revólveres, rifles, escopetas y la munición correspondiente, con precios al alcance de todos y ofertas tentadoras que eran difíciles de rechazar. En la edición de 1912, de sus más de mil páginas, unas veinte de ellas se dedican a las armas.

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Página 914 del catálogo Sears Roebuck de 1912 en la que pueden verse distintos tipos de revólver.

Sears Roebuck, que se convertiría en una de las más grandes cadenas comerciales, llegó a abrir dos tiendas en Barcelona y otra en Madrid. Que tuviera que irse de España vendiendo sus locales a Galerías Preciados (entonces en manos de Rumasa) da idea de que nunca terminaron de encontrar su sitio en el mercado español. Mucho después, en 2018, la empresa se declaró en quiebra.

III

Si bien los métodos del diseño fueron como agua de mayo para el consumo masivo de armas, no resultaron tan útiles para mejorar los procedimientos utilizados por el Estado en las ejecuciones legales. En esos casos, las prácticas artesanales mostraron sus ventajas. 

Es necesario recordar que dispositivos como el garrote vil y la guillotina se idearon para reducir, en la medida de lo posible, el sufrimiento de los ajusticiados. Pero aunque se construían conforme a procedimientos sistematizados, todo dependía de su emplazamiento en un lugar concreto, de la pericia de los verdugos y del comportamiento de los reos (Martín Patino, 1970). Por otra parte, no se fabricaban masivamente como los rifles y las pistolas porque no se utilizaban con tanta frecuencia.

Tanto era así que algunos países como Bélgica (o mejor dicho, el Reino de los Belgas) carecían de instrumentos técnicos para aplicar la pena capital. En el otoño de 1917, el sargento Émile Ferfaille, responsable del asesinato de Rachel Ryckewaer, a la que había dejado embarazada, fue condenado a muerte. Como Bélgica llevaba más de 50 años sin ejecutar a nadie, el verdugo Pierre Nieuwland no tenía ninguna práctica en el oficio (Joris, 2018). Según parece, su majestad Alberto I no quiso conceder la gracia a Ferfaille, no solo porque un crimen como aquel no podía quedar sin castigo, sino porque su posición política era muy débil. Flandes había proclamado la independencia con el apoyo de las fuerzas de ocupación alemanas que llegaron a liberar a los nacionalistas flamencos detenidos por la justicia belga (Joris, 2018).

En consecuencia, Bélgica pidió ayuda a la República Francesa y Georges Clemenceau, presidente del Consejo de Ministros, autorizó que el verdugo más experimentado, Anatole Deibler, atendiera la petición del país vecino. Deibler era una autoridad en la materia; llegó a ejecutar a casi cuatrocientos reos durante sus muchos años de ejemplar servicio a la República. 

Hay que advertir que la forma de la guillotina no responde a un capricho del alemán Tobias Schmidt, el fabricante de clavicordios que dio forma definitiva a un instrumento que llevaba siglos usándose. Para que la hoja caiga con la velocidad debida (y produzca el efecto deseado) es necesario que el artefacto tenga al menos cuatro metros de altura. Por ese motivo, los dispositivos portátiles eran desmontables, una característica que hacía posible su traslado en ferrocarril. Pero en marzo de 1918 las cosas no eran tan fáciles. Deibler y sus asistentes debieron atravesar la Bélgica ocupada hasta la ciudad de Furnes con una guillotina modelo Berger 1907 a lomos de mulas o a hombros de soldados (Laïk, 2008). Una vez llegados a su destino, la ejecución se retrasó un día y hubo de llevarse a cabo en la prisión al no ser posible hacerlo en la plaza mayor de la ciudad (como era costumbre) por los bombardeos alemanes.

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Anatole Deibler dirige a sus asistentes durante la ejecución de los Chauffeurs de la Drôme, David, Berruyer y Liottard. La ejecución de los tres condenados, que duro siete minutos, tuvo lugar en la ciudad de Valence-sur-Rhône, el 22 de septiembre de 1909. Fotografía de autor desconocido.

IV

Anatole Deibler murió a principios de febrero de 1939 en una estación del metro de París cuando iba a tomar un tren a Rennes donde debía cumplir con el penoso deber de ejecutar a un condenado. Aunque Francia mantuvo la pena de muerte hasta 1981, el último condenado, Hamida Djandoubi, fue guillotinado el 10 de septiembre de 1977, el mismo día en que en el Festival de Cine de Deauville, en Normandía, se estrenaba Star Wars (La guerra de las Galaxias). 

Referencias

Forty, Adrian (1986) Objects of Desire. Londres, Thames & Hudson,

Fusco, Renato de (2005) Historia del diseño. Barcelona, Santa & Cole.,

Heskett, John (1985) Breve historia del diseño industrial. Madrid, Ediciones del Serbal.

Hobsbawm, Eric  J. (2001) La era del Imperio. Barcelona, Crítica.

Joris, Melanie (2018) Emiel Ferfaille: le dernier guillotiné de Belgique. Radio Télévision Belge de la Communauté Française.

Laïk, Philippe (2008) Le voyage de la veuve.

Martín Patino, Basilio (1977) Queridísimos verdugos.

Naef, Weston J. (1942) Era of Exploration.The Rise of Landscape Photography in The American West, 1860-1885. Metropilitan Museum of Art.

Sears Roebuck (1912) Catalog nº 124. Chicago.

Weber, Max (1919) “Politik als Beruf”, en Geistige Arbeit als Beruf. Vier Vorträge vor dem Freistudentischen Bund. Múnich. München, Duncker & Humblot.

L’empreinte. Histoires de Drôme et d’Ardeche (2018) Les chauffeurs de la Drôme.

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