“Ningún país puede ser bien gobernado a menos que sus ciudadanos tengan presente en su conciencia, como si de una creencia religiosa se tratase, que son los guardianes de la ley y que los funcionarios no son más que el instrumento para que esa ley se cumpla” (Mark Twain, 1873).
I
Puck fue una revista ilustrada en lengua alemana que apareció en Estados Unidos en 1870, la fecha que se considera el inicio de la Gilded Age, la era dorada, tan admirada por Donald Trump. En esos años, terminada ya la guerra de Secesión, comenzó un periodo de prosperidad y libertad económica que duró hasta principios del siglo XX. El petróleo y la electricidad contribuyeron a un llamativo proceso de crecimiento económico que generó grandes beneficios para las nacientes corporaciones industriales pero también muchas desigualdades. Por otra parte, la abolición de la esclavitud no impidió que, sobre todo en los estados del Sur, se estableciera la segregación racial que duró hasta 1964. En The Age of Innocence (La edad de la inocencia), Edith Wharton hizo una crónica de la vida y costumbres de las élites norteamericanas de esos tiempos luminosos, una sociedad rígida donde la exhibición de la riqueza era la mejor forma de promoción social (Wharton, 1920).
Como recuerda (como siempre, con acierto) el presidente Trump, ni había impuesto sobre la renta ni límites a la política expansionista. Si en la primera mitad del siglo XIX arrebató a México más de la mitad de su territorio y consiguió que España le vendiera la Florida y otros territorios, durante la presidencia de William McKenley entre 1896 y 1901, Estados Unidos compró Alaska al Zar de todas las Rusias por cuatro perras, se hizo con Hawaii e inició una guerra contra España para que Cuba, Filipinas y Puerto pudieran disfrutar de la libertad que Washington proporcionaba a los territorios que ocupaba.
Que Puck se publicase en alemán tenía su razón de ser. No en vano, la gran mayoría de los apellidos estadounidenses son germánicos y, en aquella época, muchos inmigrantes (que vivían en tierra extraña) eran incapaces de leer en otra lengua que no fuera la suya. Pero el éxito de la publicación fue tal que en poco tiempo apareció impresa en inglés y, años más tarde, llegaría incluso a editarse en Inglaterra.

Fueron tiempos de grandes avances en las artes gráficas que permitieron reproducir directamente imágenes tal como la cámara las había registrado, en lugar de los viejos grabados dibujados a partir de fotografías con las que guardaban un escaso parecido (Ivins, 1975). En marzo de 1880, el Daily Graphic de Nueva York publicó un primer fotograbado que reproducía, sin otra intervención que no fuera la de la Providencia, un anodino paisaje. Además, las imágenes en color y los anuncios empezaron a ocupar un mayor espacio en las revistas.
Puck contaba con excelentes ilustradores e ilustradoras entre quienes destacaba Rose O’Neil. Sus dieciséis páginas incluían litografías en color en la que, en ocasiones, expresaban una crítica política despiadada con el poder pero, en otras, mostraban una clara complicidad con el nacionalismo exacerbado que empezó a definir la política norteamericana a finales del siglo XIX.
Entre las litografías más conocidas, cabe recordar una publicada en 1896 con motivo de las primarias republicanas de aquel año en que se muestra a McKinley como un autócrata que se corona líder del partido con la soberbia y audacia de Napoleón en Notre Dame, pero sin nada de su grandeza. McKinley era como era, convencido defensor de los aranceles, pero respetuoso el pluralismo étnico de lo que empezaba a ser, para bien y para mal, “una gran nación”.

II
Al igual que la prensa populista de la época (que era mucha y variada), Puck animó a Mckinley, a que entrara en guerra con España, un país cuyo imperio colonial ocultaba un imparable declive en el concierto internacional. Los gobiernos de la reina regente llevaban tiempo intentado sofocar el independentismo en sus territorios de ultramar, especialmente en Cuba, una isla que consideraban tan española como la provincia de Cádiz. A pesar del innegable coraje de los insurrectos, España pudo contener las revueltas mal que bien durante años. Pero, aunque no dejaba de ser una potencia naval para los estándares de la época, mandar barcos a Filipinas a través del canal de Suez era un verdadero desafío para una hacienda pública carente de recursos.
Todo se complicó aún más cuando Estados Unidos entró finalmente en guerra con el objetivo de “liberar al cubanos, filipinos y puertorriqueños de la tiranía de los españoles”. En febrero de 1898, una explosión en el acorazado USS Maine acabó con la vida de más de la mitad de la tripulación y el hundimiento del buque. Se trataba de un navío sin gran capacidad operativa, fondeado en La Habana para “proteger los intereses de Estados Unidos” de la inestabilidad provocada por la guerra entre Cuba y España. Su pérdida fue el pretexto que McKinley necesitaba para obtener esa victoria que llenara de orgullo a una comunidad heterogénea necesitada de “una idea de nación” (Hobsbawm y Conran, 1983). Para muchos especialistas el suceso tuvo un origen fortuito: un incendio en las bodegas que se propagó por el buque y lo hundió sin remedio. Algunas teorías, sin embargo, sugieren que fueron los propios estadounidenses quienes provocaron el incidente para justificar la declaración de guerra.
III
En las semanas siguientes los magnates de la prensa William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer (grandes benefactores de la humanidad) iniciaron una campaña en sus periódicos culpando a los españoles de la tragedia y pidiendo la entrada de Estados Unidos en la guerra para acabar con la tiranía colonial en “la perla de las Antillas”. Remenber the Maine (Recordad el Maine) era su lema.

Estados Unidos llegó a imprimir un sello de correos de 32 centavos con la expresión Remenber the Maine para que nadie olvidara un horrendo crimen que debía ser vengado. Las personas de bien, que no eran pocas, apoyaron a McKinley en la inmensa (pero encomiable) tarea de acabar con el despótico poder de España en un hemisferio destinado a ser regido por Estados Unidos desde que Dios creara el mundo en unos pocos días. La revista Puck se sumó con todas sus fuerzas a esta noble misión imprimiendo litografías tan hermosas como injustas.

En Madrid, Sagasta, el antiguo revolucionario que ocupaba la presidencia del Consejo de Ministros, poco pudo hacer para evitar que 1898 se convirtiera en un hito de la ruina del país. Por el tratado de París España aceptó la pérdida de las colonias a cambio de 20 millones de dólares de la época. La crisis que siguió a aquel inmenso desastre dejó un intenso sentimiento antinorteamericano que se prolongó durante décadas y se extendió entre todas las fuerzas políticas y sociales.
Pero Cuba pasó de ser española a convertirse en un protectorado de Estados Unidos durante décadas. La revolución de 1959 hizo creer a la isla que caminaba (aunque no del todo a su aire) por el incierto camino de la historia. En Filipinas, meses después de que España asumiera su derrota, Estados Unidos impuso un régimen colonial que dio inició a otra guerra (1899-1902). Los norteamericanos practicaron la devastación y el ultraje para humillar a un pueblo que había mostrado tanta dignidad luchando por su independencia. Entre 1895 y 1905, Filipinas perdió un millón de sus habitantes.

IV
Rafael Alberti escribió Cuba dentro de un piano en 1935, un singular poema en el que introdujo “fragmentos de canciones habaneras en una especie de inesperado collage” (Alberti, 1992). Diez años después, Xavier Monsalvatge compuso con tales versos una de sus Canciones negras más interpretadas. A mediados de los sesenta, Victoria de los Ángeles grabaría para la compañía EMI la que quizá sea su versión más conocida.
(Ya no brilla la Perla azul del mar de las Antillas.
Ya se apagó, se nos ha muerto).
Me encontré con la bella Trinidad.
Cuba se había perdido y ahora era verdad
Referencias
Alberti, Rafael (1992) “Cuba dentro de un piano”, en El País, domingo 21 de septiembre de 1992.
Hobsbawm, Eric y Terence Conran (1983) The Invention of Tradition. Cambridge, UK, Cambridge University Press.
Ivins, William. (1953) Prints and Visual Communication. Cambridge, MA, Harvard University Press.
Montsalvatge, Xavier (1988) Papeles autobiográficos. Al alcance del recuerdo. Madrid, Fundación Banco Exterior.
Puck (2025) disponible en US Library of Congress, https://www.loc.gov/search/?in=&q=Puck&new=true
Twain, Mark (1899) The Gilded Age. A Tale of Today. Nueva York. Harper & Brothers.
Wharton, Edith (1920) The Age of Innocence. Nueva York, Grosset & Dunlap.



