La columna de Joan Costa en Experimenta

La columna de Eugenio Vega: Objetos de la (des)memoria

“Desde el Renacimiento, la tradición occidental se ha basado en el supuesto de que las cosas materiales, ya sean naturales o artificiales, actúan como analogías de la memoria humana. Los recuerdos pueden transferirse a objetos que llegan a simbolizarlos y, en virtud de su durabilidad, pueden prolongar su evocación indefinidamente” (Adrian Forty, 1999) 

I

Los edificios y los monumentos son la forma más visible de establecer una nueva interpretación de los sucesos históricos. Cuando el tiempo pasa, son ellos los que explican a la comunidad el sentido con que deben interpretarse acontecimientos que apenas recordamos (Hobsbawm, 1983, 285). 

Para que los monumentos perduren necesitan una ubicación que permita expresar la relevancia de lo que pudieran representar. Parece que esa combinación de factores era más efectiva en el pasado, antes de que el Movimiento Moderno impusiera sus complejas metáforas. Es sabido que, aunque la Revolución de 1917 llamó a los artistas de vanguardia a participar en la nueva cultura socialista, tras la creación de la Unión Soviética en 1922, tales prácticas dejaron cada vez más sitio al realismo socialista por pura lógica (Glazova, 2016, 4). Solo la debilidad de Gorbachov (que rindió el imperio sin contrapartida alguna) permitió el retorno del formalismo a la vieja Rusia. Tras el colapso de la URSS, de la escultura de Kalinin que adornaba las calles de Moscú, solo quedó su pedestal (Forty, 1999, 11).  

II

La columna de Eugenio Vega: Objetos de la (des)memoria
El monumento a Alfonso XII durante su construcción hacia 1915. Postal de la época impresa por Fototipia Castañeira, Álvarez y Levenfeld, Madrid.

En los tiempos pasados que tantas veces se añoran sin mucho motivo, los monumentos tardaban mucho en construirse. El que se levantó a la Patria Española representada por el rey Alfonso XII (que Dios guarde), ubicado en El Retiro madrileño, fue resultado de un concurso convocado en 1902. Veinte años después, se inauguró con extraordinaria solemnidad una obra insigne que, además, recordaba a un rey ya fallecido. Habían pasado treinta y siete años desde que la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena quedara viuda y ocupara la Regencia hasta que pudo ser coronado su joven e ilustre hijo. 

Para el cronista Francisco Baztán, “este monumento, por sus proporciones y por la profusión e importancia de sus elementos escultóricos y arquitectónicos, es el más grandioso con que cuenta Madrid, y ocupa el más bello y adecuado emplazamiento, al borde del estanque del parque del Retiro, reflejándose en sus aguas” (Bazán, 1959, 13). Podrá discutirse la conveniencia de haber levantado aquel conjunto escultórico en un estilo que, incluso cuando se inauguró, era cualquier cosa menos moderno. Pero no puede negarse que la obra era, funcionalmente, un verdadero monumento. 

“Responde su composición al proyecto del arquitecto don José Grases Riera, y está constituido por un gran hemiciclo formado por doble columnata de orden jónico (con friso que ostenta los escudos de las provincias españolas), en cuyo centro se eleva, sobre amplio basamento, el pedestal, ricamente decorado, que corona la estatua ecuestre del rey, obra del escultor Mariano Benlliure. Por el lado opuesto a la columnata sigue el monumento en línea curva hasta el estanque, en forma de amplia escalinata, que leones, sirenas y delfines decoran, llegando al nivel del agua” (Bazán, 1959, 13).

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El monumento a Alfonso XII, una tarde de otoño en 2010. Fotografía de Frederico Pereira (CC BY-SA 4.0).

III

Hace cuatro años, por estas fechas, empezó a hablarse en todas partes de un virus desconocido que estaba haciendo estragos en China (ese país donde pasan cosas), pero, como buenos europeos, confiábamos en que nada de todo aquello pudiera afectarnos. Desgraciadamente, la pandemia llegó y tuvo efectos devastadores, no es necesario recordarlo. 

Los gobiernos, completamente desorientados, tomaron medidas de todo tipo, muchas de ellas bienintencionadas, algunas otras disparatadas. Como sucede en tiempos de incertidumbre, la primera intención de quienes mandan es hacer ver a los ciudadanos que están haciendo todo lo posible por resolver los problemas, aunque no sepan o no puedan (o no quieran) darles una verdadera solución.

En Madrid, el gobierno regional actuó con extraordinaria diligencia. A finales de marzo, quince días después de iniciado el confinamiento, decidió que todos los días de la semana, a mediodía, sonara desde el balcón de la Real Casa de Correos, sede del Gobierno regional, al adagio para cuerdas, Opus 11, de Samuel Barber, con el propósito de honrar la memoria de los fallecidos (El Español, 2020). La pieza, compuesta en 1938, había servido para anunciar en la radio el fallecimiento del presidente Franklin Delano Roosevelt. El hecho de que tan solo al final de su carrera Samuel Barber asumiera la influencia de la música atonal provocó entre los madrileños una intensa polémica que duró semanas. 

En todas partes, las autoridades echaron mano de esa política de apariencias que adquiere su sentido en una sociedad donde es más importante la repercusión en los medios que los resultados prácticos. En otra ciudad peninsular, a orillas del Mediterráneo, una de las medidas más elogiadas fue el diseño de un sistema de señalización específico para el Covid que los ciudadanos esperaban como agua de mayo. 

IV

La columna de Eugenio Vega: Objetos de la (des)memoria
Jaume Plensa, junto al doctor Josep Maria Campistol, director del Hospital Clínic de Barcelona, delante de la Facultad de Medicina con motivo de la instalación en la entrada de ese edificio de El cor secret. 28 de septiembre de 2023. Hospital Clínic (CC BY-SA-ND 4.0).

Tras el confinamiento, pareció necesario mostrar de forma perdurable el impacto de la pandemia por lo que llegó la hora de los monumentos. A tal fin, las instituciones vieron en la obra de Jaume Plensa (un catalán universal) la posibilidad de rendir el merecido homenaje público con un lenguaje formal alejado de las viejas tipologías. Plensa, por otra parte había participado con su obra en grandes proyectos de carácter social. Con motivo de una exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, recordaba su primera intención de haberse dedicado a la medicina, cuya práctica entendía como “como una aproximación poética al cuerpo humano”  (Rendueles, 2007).

 “Yo he colaborado en obras sociales y, sobre todo, siento un inmenso respeto por los médicos, porque son los que se encargan de preservar los cuerpos, y si no hay cuerpos, tampoco hay almas. Pero […] las almas también deben ser curadas, alimentadas y acariciadas. Y eso es lo que, modestamente, intentamos hacer los artistas” (Plensa, 2020).

Finalmente, en diciembre de 2020, se inauguró en Madrid, por iniciativa de la Agrupación Mutual Aseguradora, El arbol de la vida de Jaume Plensa, una escultura formada por letras, en recuerdo a los sanitarios que fallecieron en los primeros meses de la pandemia (Ayuntamiento de Madrid, 2020).

Por la razón que fuera la obra se instaló en una plaza, la de los Sagrados Corazones, cuyo entorno urbano no podía compararse con su expresiva denominación. Debido a su cercanía al estadio Santiago Bernabéu y al espacio desestructurado en que se ubica, el lugar carece de la necesaria solemnidad para acoger una escultura monumental y expresar su significado. Pero la ciudad moderna es así, al lado de una iglesia, es fácil encontrar una cafetería, un concesionario de automóviles o un bloque de viviendas (como en este caso) sin personalidad alguna.

La columna de Eugenio Vega: Objetos de la (des)memoria
Inauguración del memorial a los sanitarios fallecidos por la pandemia en la plaza de los Sagrados Corazones de Madrid con la presencia de los reyes de España y las autoridades estatales, autonómicas y municipales. Jueves 17 de diciembre de 2020. Ayuntamiento de Madrid (CC BY-SA 4.0).

Al contrario de lo sucedido con la gripe de 1918, cuando nadie quiso recordar lo que había pasado, la civilizada sociedad del siglo XXI pareció obligada a expresar compasión por quienes sufrieron una tragedia de tal magnitud mediante la construcción de algunos monumentos. Sin embargo, en su libro How societies remenber, Paul Connerton (1989) sostenía que en las sociedades modernas los objetos materiales tienen menos importancia para perpetuar la memoria que la música, los rituales y el propio comportamiento social. 

Referencias

Ayuntamiento de Madrid (2020) Madrid acoge El árbol de la vida, recuerdo eterno a los sanitarios fallecidos durante la pandemia. 18 de diciembre de 2020.

Baztán, Francisco (1959) Monumentos de Madrid. Artes Gráficas Municipales.

B,J. (2020) “El adagio de Barber por el Covid-19”, en El Español, 30 de marzo de 2020.

Connerton, Paul (1989) How societies remember. Camdridge University Press.

Forty, Adrian et al. (1999) The Art of Forgetting. Oxford, ‎ Berg Publishers.

Glazova, Anna (2016) “Lissitzky en la Alemania de Weimar” en Infolio, 05. Madrid.

Hobsbawm, Eric (1983) “La fabricación en serie de tradiciones: Europa, 1870-1914”, en Hobsbawm, Eric et al. La invención de la tradición. Barcelona, Crítica, 2002.

Hospital Clínic (2023) “Jaume Plensa expone ‘El Cor Secret’ en la entrada de la Facultad con motivo del Día Mundial del Corazón”, Clínic Barcelona, 23 de septiembre de 2023.

Plensa, Jaume (2020) “Sería una frivolidad reducir la pandemia a una lección de vida”, entrevista con Miquel Echarri, en El País, 14 de agosto de 2020.

Rendueles, César (2007 ) “Jaume Plensa. La poesía de la materia”, en Minerva, Círculo de Bellas Artes.

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