La columna de Joan Costa en Experimenta

La columna de Eugenio Vega: Peras, manzanas y cintas de vídeo

“Le monde entier dépend de tes yeux purs” (Paul Éluard, 1926)

I

En 2004, en un programa de Telecinco (Tu pantalla amiga), la segunda teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid, explicaba su postura en ese eterno debate sobre la forma y la función, inagotable para el Movimiento Moderno:

“Si se suman dos manzanas, pues dan dos manzanas. Y si se suman una manzana y una pera, nunca pueden dar dos manzanas, porque es que son componentes distintos. Hombre y mujer es una cosa, que es el matrimonio, y dos hombres o dos mujeres serán otra cosa distinta”.

Bien pudiera ser que, sin conocer el contexto en que se pronunciaron esas palabras, parecieran que extraídas de algún texto de Le Corbusier (o de alguna película de Mariano Ozores), pero todo lo contrario. Se trataba de un razonamiento sosegado que resumía un principio fundamental en el diseño y la arquitectura del siglo pasado: “cada cosa es para lo que tiene que ser”, o dicho de otro modo: las funciones de cualquier cosa son claras, definibles y, raramente, deben confundirse.

Una de las obsesiones de la modernidad, que ya aparece en el siglo XIX, es que cada parte de la vivienda es para un uso concreto y diferenciado. En un libro que publicó en 1879, Los quinientos millones de la Begún, Jules Verne describía una ciudad utópica como ejemplo de su firme convicción en la segregación de funciones. En un capítulo señalaba la necesidad de que las alcobas quedaran separadas del resto de las dependencias porque no tenían otra función que no fuera dormir en ellas. Con “cuatro sillas, una cama de hierro provista de un somier y un colchón de lana bien mullido” era más que suficiente (Verne, 1941, 106). El autor reconocía que su ciudad debía mucho al doctor Ward Richardson, convencido defensor del origen microbiano de las enfermedades infecciosas, y autor de Hygiea, ciudad de la salud, una propuesta de ciudad modelada por los principios de la salud y la segregación de funciones.

A principios del siglo pasado, Christine Frederick publicó su conocido libro Gestión científica del hogar, cuya traducción a varios idiomas tuvo una innegable influencia fuera de Estados Unidos. En sus páginas defendía la idea de desalojar de la cocina todas las actividades ajenas a la preparación de los alimentos. Así, podría reducirse su tamaño y ahorrar muchos movimientos inútiles, gracias una mejor disposición de los muebles. (Frederick, 1915). 

Medio siglo después, en 1969, en una conversación con Salvador Pániker, preguntado por su idea de arquitectura, el arquitecto navarro Francisco Javier Sáenz de Oiza (famoso entonces por el edificio de Torres Blancas) recordaba al gran maestro de la modernidad: 

“La frase de Le Corbusier sigue siendo una gran frase: la casa es una máquina de vivir. La máquina es el implemento que hace posible esa función humana de habitar. Y se puede interpretar la palabra habitar en el sentido más amplio, incluso en el heideggeriano” (Pániker, 1919, 137).

II

El complejo arquitectónico de la M-30 (1986-1989) es un conjunto de más de trescientas viviendas sociales, obra de Sáenz de Oiza, donde fueron realojados vecinos procedentes del poblado chabolista del Pozo del Huevo. El edificio, que recibió poco después el Premio de Urbanismo del Ayuntamiento de Madrid, se ubica junto a la autopista de circunvalación M-30 que en ese tramo recibe el bonito nombre de avenida de la Paz. Poco después de terminar su construcción, en una entrevista con el crítico de cine Carlos Pumares en Polvo de Estrellas (un programa nocturno para los oyentes que habían sobrevivido a Supergarcía), Sáenz de Oiza señalaba el carácter simbólico de aquel inmenso edificio: las clases menos favorecidas le daban la espalda a la sociedad de la opulencia representada por la autopista. 

Sin embargo, desde el primer día, la obra fue objeto de polémica, no precisamente por su simbolismo sino porque era a la vez “una obra maestra llena de aciertos arquitectónicos […] y un muy mal lugar para vivir” (Hernández Correa, 2016). Como tantas veces sucede, las condiciones impuestas por la administración obligaron a cosas imposibles (poco espacio para muchas viviendas), pero el diseño del edificio, una especie de ovillo que se envuelve a si mismo, no parecía la mejor solución para aprovechar el suelo disponible. Por otra parte, aunque se pretendió dar la espalda a la autopista, muchos dormitorios estaban orientados a la M-30, con lo que no podían evitar el ruido del intenso tráfico ni siquiera durante la noche.

Sáenz de Oiza tuvo el coraje de visitar el lugar para hablar con los vecinos que no dejaban de quejarse de cómo estaban diseñadas sus pisos. En un vídeo de Televisión Española, puede verse al arquitecto porfiando con uno de ellos, no precisamente sobre la influencia de Schinkel en el confuso pensamiento arquitectónico de Adolf Loos, sino de vulgaridades como meter una cama de matrimonio en el dormitorio de paredes redondeadas de un dúplex. Como explicaba la propia hija del arquitecto, Saenz de Oiza (en la más pura tradición del Movimiento Moderno) “hacía dormitorios muy pequeños, celdas mínimas, como los monjes, porque decía que el dormitorio era para dormir […] No concebía que alguien metiera una cama, una tele y todo lo demás” (Plaza, 2018)

En un momento de la visita, Sainz de Oiza le dice al vecino más combativo: “os dan algo y ponéis pegas”, una frase más propia de los tiempos de María Cristina (de Habsburgo-Lorena) que de la España de finales del siglo XX. Pero cuando ya no encontró argumentos de mayor peso, terminó por estallar: “¡Deja la casa, hazte arquitecto, a ver si las haces mejor!” (Televisión Española, 2015).

Javier Mariscal, silla Tío Pepe (1987) en una sala del Museo de Arte Moderno de París, sección de artes decorativas. Fotografía de Sailko, 2015. Creative Commons CC BY 3.0.
Javier Mariscal, silla Tío Pepe (1987) en una sala del Museo de Arte Moderno de París, sección de artes decorativas. Fotografía de Sailko, 2015. Creative Commons CC BY 3.0.

III

Es verdad que, en muchas ocasiones, hay que mirar la arquitectura y los objetos industriales como es debido para apreciar sus grandes virtudes. 

Cuando a principios los años noventa General Motors lanzó su nueva versión del Opel Astra, algunos propietarios no llegaron a apreciar las grandes innovaciones de aquel modelo. Parece que, cuando se ponía a llover con alguna intensidad, las lunas de coche se empañaban por completo (y de golpe), problema que aumentaba cuando se dirigía aire caliente al parabrisas. En realidad, solo podían aclararse los cristales poniendo el aire frío a toda potencia o abriendo las ventanas de par en par, una mala solución en pleno invierno. Cuando alguien se quejaba en un taller oficial, los mecánicos hacían ver que eso no era un problema sino más bien una consecuencia de lo bien hecho que estaba el coche: la razón era “el perfecto sellado del habitáculo”, un avance técnico indiscutible. 

Afortunadamente, el diseño ha sabido escabullirse, cuando ha podido, de ese vulgar requerimiento que es el uso de las cosas. El agotamiento del funcionalismo dio paso a otras formulas que consideraban superada la modernidad y daban por fracasado su proyecto histórico. Hubo, en consecuencia, un rechazo a los rígidos métodos que utilizaba y a su expresión vital carente de sustancia. A partir de entonces, las tendencias postmodernas se hicieron muy populares en un cierto tipo de diseño que se prestaba a la especulación artística. Como señalaba Bürdek, “una vez que el diseño rompió definitivamente los grilletes que le ataban al funcionalismo, con sus actitudes aparentemente radicales de los años ochenta, era solo cuestión de tiempo que esa metamorfosis lo transformara en un arte aparentemente puro” (Bürdek, 2019, 66). 

En 2010, el diario El País destacaba en un artículo titulado Reloj, no marques las horas, cómo el diseñador Martí Guixé alteraba el uso de los objetos cotidianos “para forzar la reflexión de los usuarios” y ponía en boca del diseñador las siguientes palabras: “Hoy en día hay relojes en los ordenadores, en los microondas y en los móviles, ¿qué sentido tiene ya el reloj de pared?” En definitiva, su irresistible 24h Sentence Maker hacía muchas otras cosas que dar la hora.

Referencias

Bürdek, Bernhard E. Diseño. (2019) Historia, teoría y práctica del diseño de producto. Experimenta Theoria. Madrid.

Hernández Correa, José Ramón. (2016) “No solo arquitectura”, en Arquitetamos Blog. [http://arquitectamoslocos.blogspot.com/2016/08/no-solo-arquitectura.html]

Pániker, Salvador. (1969) Conversaciones en Madrid. Barcelona, Kairós.

Plaza, Amalia. (2018) “Breve historia de Sáenz de Oiza, el arquitecto que pidió perdón por crear Torres Blancas”, en Vanity Fair.

Richardson, Benjamin Ward. (1876) Hygeia, City of Health. Londres, MacMillan & Co.

Television Española. (2015) “Ochéntame otra vez. Soy gitano”, en rtve.es [https://www.rtve.es/alacarta/videos/ochentame-otra-vez/ochentame-otra-vez-soy-gitano/2983558/]

Verne. Jules. (1941) Los quinientos millones de la Begún. Barcelona, Ramón Sopena (edición original: Les cinq cents millions de la Bégum, 1879).

Zabalbeascoa, Anatxu. (2010) “Reloj, no marques las horas”, en El País, martes 2 de marzo de 2010.

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