La columna de Chema Aznar

La columna de Chema Aznar: Lápiz y Diseño

Tradicionalmente, el ejercicio del diseño se desarrollaba a partir de metodologías estructuradas en las que cada fase del proceso establecía una acción, una orientación y un tiempo determinados. El recorrido respondía a una secuencia relativamente ordenada: encargo, definición, recopilación de información, formulación de objetivos y desarrollo. 

Uno de los aspectos más determinantes de este modelo era, precisamente, el momento destinado a la bocetación. Su aparición estaba condicionada por el cumplimiento de las etapas precedentes, de modo que la exploración gráfica y la toma de decisiones debían esperar a que el proceso alcanzara el punto establecido. 

En aquel contexto, la bocetación se entendía como una fase orientada a identificar recursos, explorar alternativas y verificar los requisitos objetivos que debía satisfacer el producto. Sin embargo, también constituía un espacio esencialmente creativo: un territorio en el que el pensamiento adquiría forma, las ideas se contrastaban y las primeras decisiones comenzaban a configurar la propuesta. 

Bocetos de Chema Aznar

Hoy, sin embargo, esta concepción parece haberse transformado. La bocetación y la toma de decisiones ya no pueden entenderse como actividades circunscritas a un momento específico del proceso. Ambas atraviesan el conjunto de la práctica proyectual, acompañan la investigación, intervienen en la definición del problema y participan activamente en la construcción de soluciones. 

En este sentido, el tiempo de bocetación ha dejado de ser una etapa para convertirse en una condición permanente del diseño. Bocetar es también pensar, investigar, cuestionar, relacionar y decidir. Es, en definitiva, una forma de conocimiento que impregna todo el proceso y que permite comprender el diseño no como una sucesión de fases independientes, sino como una actividad continua de exploración y construcción. 

El proceso de creación, incluso ante el menor encargo, comienza en el plano mental: en ese instante, el diseñador ya imagina y formaliza. A partir del propio encargo y de sus condiciones, el profesional categoriza e imagina formas y funcionamientos de manera independiente. Inicialmente, basándose en su conocimiento, se van configurando e intuyendo las posibilidades de lo que podría llegar a ser. Este fenómeno ya lo experimentaba Miguel Ángel ante el mármol de Carrara, al que se refería como una «imaginación o presunción inacabada». 

Esta idea se desarrolla a lo largo de todas las fases del proyecto a partir de esas imágenes o presunciones inacabadas. Esto se logra mediante una dialéctica articulada a través del lenguaje y, principalmente, de la bocetación y las ilustraciones, que comunican lo que se busca crear. 

En la Edad Moderna se buscaba una lógica de la representación y descripción de los hechos. Se observaba que el dibujo adquiría un carácter cada vez más descriptivo y didáctico, pues su objetivo era el conocimiento. Estas representaciones sirvieron para conocer cada una de las piezas de un sistema u objeto, así como su factibilidad ejecutiva y sus posibilidades de producción. 

Estas representaciones de la Ilustración tendrían arraigo posteriormente en el oficio de diseñador. El diseñador se empeña en que se entienda su propuesta, esté visualizada o no, mediante cualquier medio. El valor de su proposición debe concebirse desde sus capacidades didácticas y reflexivas, buscando una lógica de la representación y la descripción de hechos, observaciones científicas o aplicaciones técnicas, con notables cualidades estéticas que no solo llamaban la atención de los técnicos, sino también de las personas cultas. 

El diseñador se empeña en que se entienda su propuesta, visualizada o no, mediante cualquier medio. El valor de su proposición debe plantearse desde sus capacidades didácticas y pedagógicas, en un intento de explicar lo nuevo mediante el uso de su destreza comunicativa. Para ello, recurre a la descripción atenta de la sinopsis de los elementos constitutivos de los sistemas, objetos o artefactos, abordando nuevas soluciones en su construcción o fabricación, así como la capacidad normativa y creativa que, mediante el «dibujo expresado», desde la imaginación y el entendimiento, busca conceptualizar aquello que va a ser «verídico» en la determinación del «objeto» inserto en el espacio sensible. 

El diseñador, cuando dibuja o describe una solución, parece que alumbra e intenta mostrar aquello que ha concebido. A la vez que pugna por hacerse entender, aspira a que su propuesta se materialice tal y como ha sido concebida y acordada en el decurso del proyecto. Según cita Klingender: 

«(…) contiene dibujos de ruedas, engranajes, motrices y mecanismos de válvula de locomotora, con las breves notas. Una de estas, que acompaña a un excelente croquis del trabajo de forja necesario para el engranaje motriz, dice: “Haciendo este tipo de trabajo me encontraba en la gloria”». 

Este fragmento nos habla del vínculo que siempre tuvo el «protodiseñador» con el dibujo como herramienta que le permite expresar, entender, describir y ordenar sus propios conceptos a partir de su necesaria capacidad comunicativa gráfica. La profesión del diseñador se fundamenta sustancialmente en el proyecto, entendido desde su complejidad y desde la necesidad de ordenar y dar soluciones. El valor del dibujo no reside únicamente en la representación, sino que constituye también un procedimiento procesual orientado a alcanzar resultados óptimos. Así, podríamos entender el orgullo del diseñador, según nos ilustra F. D. Klingender: 

« (…) proyectando el croquis de un engranaje, esto es, cuando se materializa en la solución, cuando todo encaja, un momento de emoción íntima, hasta que inevitablemente se contrasta con la realidad, pero, ¡oh, fatalidad!, no todo encaja». Esto es lo sustancial del proyecto: la búsqueda de soluciones. 

Sería importante que estas láminas realizadas mediante el dibujo impreso (grabados) tuvieran la intención de comunicar o asignar una actividad cuyo resultado posterior se materializaría en la fabricación de productos mediante procesos de manufactura, con la intervención de máquinas todavía «protoindustriales». Todo ello respondía a una intención incipiente de organización especializada y coordinada del trabajo, aún artesanal, que apuntaba hacia la primera revolución industrial, basada en una producción mecanizada. 

Estas proyecciones de la ordenación ilustrada, de los procesos de trabajo y de las máquinas serían precedentes claros de la tarea comunicativa que ha ido desarrollando el diseñador para hacer entender sus propuestas y ordenar sistemáticamente, mediante dibujos ejecutivos, textos, comentarios y descripciones, los procesos que conducen a la producción de futuros productos. Se busca, así, una disposición comprensible y cercana que permita alcanzar objetivos previamente establecidos. 

Figuras atrapadas 

Miguel Ángel sostenía la firme creencia de que la escultura ya existía de forma perfecta dentro del bloque de mármol. Su único trabajo como artista consistía en retirar el exceso de piedra para «liberar el alma» que residía en su interior. 

Citas bibliográficas 

Argullol, Rafael. El Quattrocento. Arte y cultura del Renacimiento italiano. Barcelona: Montesinos Editor, 1982. 

Klingender, Francis D. Arte y Revolución Industrial. Madrid: Ediciones Cátedra, 1983. 

Aznar, Chema: Incidencia y reflexión: pensamiento en torno al diseño de producto Ed. Experimenta. 

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