La columna de Emilio Gil en Experimenta. Hoy:

La columna de Emilio Gil en Experimenta. Hoy: Milton (Glaser) y el paraíso perdido

La School of Visual Arts de Nueva York nos advertía a los participantes en el SVA Summer in Ireland que tanto Milton Glaser como el ilustrador James McMullan solicitaban a los estudiantes que acudiéramos a la primera clase del Curso con el trabajo que previamente nos habían solicitado por carta listo para ser revisado.

Estamos hablando del verano de 1982. El curso comenzaba el lunes 12 de julio y yo había dejado un caluroso Madrid en el que los Rolling Stones debutaban en España y nos hallábamos inmersos en la celebración del primer mundial de fútbol que organizaba nuestro país y que luego ganaría la selección de Italia.

En el mismo curso impartirían clases, además de los dos profesionales citados, el tipógrafo Ed Benguiat y la Presidenta del Club de Directores de Arte de Nueva York, Eileen Hedy Schulz. Por todos ellos la experiencia prometía.

El recuerdo que tengo de Milton Glaser, con casi 40 años menos que la edad con la que nos acaba de dejar, es el de un profesional que había alcanzado toda su madurez, con una personalidad que transmitía seguridad en sí mismo y consciente de la admiración que causaba ante sus alumnos. En el momento de su entrada en el aula la expectación entre los participantes en el curso, muchos de ellos neoyorquinos y por lo tanto conocedores del reconocimiento que su ciudad tenía hacia la trayectoria del diseñador, era máxima.

En el libro Milton Glaser Graphic Design, el diseñador califica su experiencia en el trabajo de rediseño de la revista francesa Paris Match como la fantasía de un diseñador. Glaser se encontraba en París en 1973 por otros motivos cuando el octogenario Jean Prouvost, editor de la publicación —el “patrón” para los empleados—, le encargó el rediseño de su revista. Educadamente Glaser le respondió que tendría algo para mostrarle en tres o cuatro semanas. Prouvost le respondió: “Me parece que no me ha entendido, lo necesito para mañana”, ante lo cual Milton Glaser reconoció que no podía resistirse a un reto como ese y comenzó el rediseño de la revista con un equipo de arte y de editores eficaces y colaborativos. El proceso arrancó a las cinco y media de un viernes por la tarde y trabajaron hasta las diez de la noche. Después de una parada para consumir una docena de ostras (sic), el trabajo continuó hasta las ocho de la tarde del sábado. El relato de esta “fantasía de un diseñador” se completa cuando se observa lo realizado en esas escasas 28 horas de trabajo: rediseño del logo o cabecera, cubiertas con un recuadro blanco evitando las fotos a sangre, utilización de un estilo simple y potente de recursos tipográficos y un cambio de formato que la convertía en una publicación de aspecto más ligero. Todos estos cambios supusieron, según lo contaba el propio Glaser, un aumento de un veinte por ciento en las ventas de la revista.

Esta experiencia debió de marcar al diseñador y considerar que era un buen aprendizaje para los estudiantes porque el trabajo que nos propuso en aquel curso fue algo similar. Se trataba de elegir un tema para una revista, trabajando por grupos,  y plantear su diseño en día y medio, —como se puede suponer— incluyendo las horas de la noche. 

En los obituarios que se han publicado estos días sobre el diseñador neoyorquino se ha repetido de forma machacona que era el autor del famoso símbolo que mostraba el amor por su ciudad y también en muchos casos, del famoso poster con reminiscencias dunchampianas de Bob Dylan, cartel que acompañaba su álbum de grandes éxitos. Son seguramente sus trabajos más difundidos pero Glaser fue mucho más: un diseñador con un talento excepcional, tal vez el que atesoraba más talento de toda una generación de diseñadores excepcionales. En la trayectoria de Glaser se encuentran —por solo elegir una pieza entre su extensísima producción— joyas como el cartel sobre una nueva máquina de escribir de Olivetti inspirado en un cuadro de Piero de Cosimo, una coincidencia feliz entre una compañía capaz de entender planteamientos con referencias tan cultas con un diseñador que se atrevía a plantearlas y que se declaraba personal y profundamente identificado con Piero della Francesca al que se dedicó a “perseguir” por el norte de Italia durante un tiempo. Rara avis hoy en día tanto él como la compañía Olivetti.

Porque Glaser fue un ilustrador y pintor de un excepcional nivel. Para hacerse una idea aproximada de su faceta como artista plástico sugiero recorrer con tranquilidad el volumen, Milton Glaser. Drawing is Thinking, repaso que a mi me ha llevado a dudar de en cual de sus dos facetas —en realidad tres con la de teórico y pensador— es más brillante. 

En mi seguimiento desde hace años de la trayectoria de este diseñador fundamental, no he podido por menos que relacionarle con otro Milton, en este caso el británico John Milton, un rebelde que con sus alegatos revolucionarios se posicionó en vanguardia de su tiempo. Milton defendió la libertad del hombre declarándose contrario a toda forma de autoridad, incluida la monarquía, y a favor de la libertad de imprenta entre otras causas, por solo citar uno de sus intereses que a nosotros, los diseñadores, nos toca más de cerca. En cierta medida los asuntos en los que coincidía este Milton con Milton Glaser son muy próximos. En la obra cumbre del primero, El paraíso perdido, ese extenso poema narrativo que es una de las obras que ha generado más controversia a lo largo de los siglos, el autor jugaba con la polisemia del texto, característica muy relacionada con el trabajo de un diseñador (alguien capaz de dar a una imagen uno o varios significados coincidentes). 

Las líneas finales de El Paraíso perdido se refieren al momento en que nuestros primeros padres Adán y Eva son conducidos por el Ángel a la puerta oriental del paraíso y dicen: “Delante tenían todo un mundo, donde podía elegir el lugar que más les pluguiera para su reposo, y por guía la Providencia; y estrechándose uno a otro la mano, prosiguieron por en medio del Edén su solitario camino con lentos e inciertos pasos”. De alguna manera percibo en estas líneas ecos de las reflexiones que el Milton Glaser humanista ha ido desarrollando en sus textos a lo largo de estas últimas décadas. 

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