Andrea Branzi y la estrategia del rabino. Parte segunda

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Viene de la Parte Primera.

 

EP: Este planteamiento me parece muy interesante. Hablando de carisma, sobre todo si nos referimos a este siglo, pensamos a menudo en un líder y en sus seguidores, en un movimiento de masas, y en los últimos 100 años son muchas las figuras que han encarnado, para bien o para mal, un sentimiento colectivo. Pero éste puede ser también un elemento de gran confusión. Lo que comentaste hace poco, en cambio, me parece muy distinto. Partir de un trabajo de introspección, dentro de uno mismo, para abrir una nueva perspectiva, que es la que, finalmente, no sólo nos permite comprender sino también gobernar nuestro entorno, que entonces deja de ser un simple batiburrillo de sentimientos indistintos.

AB: A menudo, la complejidad es una gran simplificación. En mi opinión ninguno de los grandes dictadores del siglo XX tenía carisma. Tenían poder pero no carisma. Mussolini, sin duda, no tenía carisma; era un personaje cómico, embarazoso; viéndolo a caballo con una espada del Islam y un penacho en la cabeza, oía a mi padre hablar de él como de uno de los mayores imbéciles que uno pueda imaginar, independientemente de las consideraciones políticas; con 60 años se subía a los esquíes para que le fotografiaran, iba a caballo en el jardín de su casa. Esto no es carisma, es recitación; en algunos momentos puede incluso ser una gran recitación, pero a la larga no aguanta el tipo. ¿Stalin? Bueno, él también, visto de muy lejos, con esa expresión impasible… sin duda era muy efectiva, pero yo no la identificaría con el carisma.

Y además, tampoco entiendo cómo podía tener carisma, con ese aire de Charlot, con ese bigotillo; yo no creo que Hitler tuviera carisma…

EP: ¿Existe entonces una gran iconografía del carisma, una gran producción de iconos, sin que la gente se fije mucho en lo que hay detrás?

AB: Sí, pero es una producción de iconos «sueltos». En mi opinión, alguien que sí tuvo carisma fue Churchill; era una figura shakesperiana, ambigua, femenina, pero tenía una estatura distinta a la de los otros líderes de los que estamos hablando… él sí que tenía carisma, porque repetía siempre el mismo papel. Quizás también Gandhi lo tuviera. Sin embargo, creo que, por lo general, los vencedores no tienen carisma, salvo que hayan vencido inesperadamente, y con ello hayan magnificado de repente una cuestión aparentemente trivial. Me viene a la mente una anécdota, una respuesta que una vez dio mi padre, líder político de la Resistencia católica. Al final de la guerra, encontró a un fascista que le había perseguido y éste le preguntó: «Bueno, ¿qué intenciones tenéis, qué intenciones tiene usted hacia mí?», y mi padre respondió «Mire usted, nosotros creemos que los vencedores deben perdonar, si no, nuestra lucha habría sido inútil». Ésta me parece una respuesta carismática, porque se sitúa fuera del ámbito en el que se mueve el otro. Son los planteamientos de este tipo los que generan carisma, porque aportan una visión distinta. Lo mismo ocurre con los religiosos; en mi opinión las figuras carismáticas en la religión son las que son muy estrictas consigo mismas y muy tolerantes hacia los demás; las que no exigen de los demás que sean santos, pero que sí son muy intransigentes consigo mismos. Esto les otorga una gran autoridad, en el sentido moral de la palabra.

EP: Querría destacar un aspecto: me parece que al hablar de carisma como de algo que sorprende, que consigue transformar una situación, hemos mencionado hasta ahora transformaciones «pequeñas» y, en cierto modo, cotidianas, no de grandes revoluciones; es más, hemos dicho que a menudo las grandes transformaciones pueden ser incluso engañosas a la hora de determinar el carisma de alguien.

AB: Sí. En este sentido, yo creo que la atención actual hacia las figuras carismáticas se debe a la crisis de la política, al hecho de que ya no existe una autoridad política en los líderes, un poder fuerte, unas estructuras revolucionarias; en su lugar destacan los atributos individuales, que son más débiles y comunes, y que se centran en la calidad de las relaciones entre las personas. Éste, en mi opinión, es un gran problema que el siglo XX no ha sido mínimamente capaz de afrontar; al contrario, ha visto con recelo las que antes se consideraban cualidades. Éstas debían ser estructurales, había que decir siempre lo que se pensaba y se hacía exageradamente hincapié en la verdad, en la búsqueda de la verdad; lo que yo, personalmente, considero una peligrosa estupidez. La verdad es una subcategoría que puede resultar útil, o no, pero no es una categoría política. El énfasis en la verdad a toda costa es una obsesión católica que produce neurosis. Va al Paraíso sólo quien dice la verdad, pero ¿qué mérito hay en ello? Estamos en el punto de partida de la buena acción ética, que, por el contrario, es un gesto creador; por lo que la verdad se manipula, se reemplaza, se reorganiza. Éste fue el espíritu de las grandes confesiones e ideologías del siglo XX; ese esfuerzo por descubrir la verdad bajo la falsa apariencia de la tradición, aunque luego la verdad nadie la ha descubierto. Porque el problema no está ahí, sino en el inventar nuevas verdades, en salirse de este juego limitado que produce neurosis, porque decir la verdad en las relaciones produce neurosis. Yo admiro a culturas como la japonesa, en la que no se plantea este problema porque la verdad no es un valor y todo se fundamenta en técnicas relacionales, ceremoniales, rituales. Sin embargo, cuando viajas a Tokio, te das cuenta de que la neurosis no existe como enfermedad social, de que no hay violencia, porque nadie se siente obligado a decir o a hacer cosas en las que no cree. La crisis de la política, que ha ignorado la cuestión de las relaciones recíprocas y de su calidad, en pos de alcanzar el reino de la justicia social en la tierra, ha producido unos desgraciados ignorantes y violentos. Josip Brodsky (5), el gran poeta ruso que ganó el Premio Nobel no hace muchos años, dijo que la caída de los países socialistas tiene un origen estético. Esos grandes países organizados alrededor de un solo gran problema, el de la justicia social, sufrieron después el rechazo político derivado de un colapso estético. En un mundo en el que ya viven 6.000 millones de personas, la calidad de las relaciones se convierte en un problema ambiental; la diferencia entre Milán y Bombay son los indios. Por lo tanto, la crisis de la gran política ha dejado estos grandes problemas sin resolver, y en ellos no destaca tanto el gran político que propone soluciones preconfeccionadas, sino las personas que poseen carisma. La verdad no es rígida, sino que se manifiesta siempre en formas muy dúctiles, con una gran tolerancia y amabilidad.

las estrellas del pop, tienen una belleza natural que nace del carisma. Irradian algo especial. Los Beatles eran muchachos de una belleza extraordinaria, los Rolling Stones también

EP: Creo que has evidenciado muchos aspectos nuevos y estimulantes del carisma, muchas cosas que pueden merecer una reflexión. Me gustaría releer algunas de ellas a la luz de tu experiencia como diseñador y también como docente universitario. Ya que, puesto que hemos hablado del carisma como de una estrategia personal y de la capacidad de trabajar sobre uno mismo, me parece que todo ello supone una relación directa con la propia experiencia y con la propia historia.

AB: Quizás la razón por la que en ciertos ambientes se me considera como una persona carismática es porque tengo una cierta «actitud rabínica». Un rabino es una persona que se concentra siempre en los mismos temas, pero los hace progresar en forma de problemas, lo que representa en el fondo un tipo de comportamiento. Sin embargo, en mi opinión hay otro elemento sobre el que deberíamos reflexionar: uno adquiere carisma en el momento en el que se da cuenta de que se le otorga ese papel. No puedes adquirirlo tú mismo y tampoco puedes empeñarte en tenerlo. Pero cuando ves que te otorgan ese papel, incluso inesperadamente, entonces puedes convertirte en una persona carismática. Por lo tanto, también se trata de un proceso. El carisma no es un atributo natural, sino el resultado de una estrategia. Yo no creo que existan personas que poseen un carisma natural, salvo en su belleza; hombres o mujeres, quizás sobre todo hombres, que poseen una belleza somática; todos los grandes músicos, especialmente los actuales, las estrellas del pop, tienen una belleza natural que nace del carisma. Irradian algo especial. Los Beatles eran muchachos de una belleza extraordinaria, los Rolling Stones también…

E.P: Pero, ¿no procedía quizás esa belleza de la situación? Quiero decir, que a Mick Jagger y a John Lennon se les considera, sin duda, unos iconos de la belleza, pero tal vez, de no hacer lo que hacían, de no haber escrito e interpretado su música, no hubiesen sido considerados tan guapos…

AB: Desde luego, es una combinación de ambas cosas. Yo sabría reconocer de inmediato a un músico incluso en un autobús, pero no por conocerlo, sino porque tendría un carisma somático, que es también un componente antropológico.

EP: ¿Tendrá esto algo que ver con la inspiración?

AB: No, en mi opinión la inspiración no existe, si la entendemos como improvisación. La improvisación no se improvisa, mientras que lo que sí funciona de verdad, lo que se define como inspiración, es que uno, en cualquier situación, encuentre su propia clave. Esto es distinto a decir que una persona es capaz de cambiar, de adaptarse cada vez a la situación. En realidad, uno adapta las situaciones a sus propios hilos conductores, lo que le permite producir grandes improvisaciones. La inspiración es encontrar en una situación una solución que ya posees porque ya la conoces; y las soluciones pueden ser muy diversas, pero tendrán siempre el mismo sonido, el mismo sabor, como las notas de los músicos de jazz. Como decía Platón, puede que las ideas sean innatas y no se adquieran en el mundo, pero del mundo se reciben los estímulos para activarlas. En mi opinión, las cosas realmente inesperadas nos dan miedo o nos emocionan porque ya las conocemos, nos asustan porque las reconocemos, porque ya las hemos vivido. Recuerdo que una vez, de niño, me encontraba ante una Florencia en ruinas y me sentía muy angustiado porque tenía realmente la sensación de estar viendo algo que ya conocía, aunque sólo tenía cuatro años. Es como una idea que, de alguna manera, se anticipa a la experiencia, la guía y nos da una interpretación de la misma; cuando presencias un accidente violento, un incendio, te asustas y te emocionas porque ya lo conoces… Yo he tenido siempre esta impresión.

EP: ¿Has vivido momentos en los que se han manifestado estos dos aspectos, el que acabamos de comentar, es decir, el reconocimiento que atribuye un sentido a una experiencia importante; y el del gesto carismático, que sorprende y hace dar un salto, de algún modo, a la experiencia?

AB: Sí, primero con mi padre, que, como dije antes, era una figura carismática de perseguido político, con una historia particular. Después, de tanto en tanto se me ocurren soluciones que a los demás les parecen inesperadas, imprevisibles, y que, sin embargo, son fruto de un pensamiento distinto, de un recorrido personal que yo defino como rabínico. La experiencia de los rabinos, de los maestros de las prácticas hebraicas, es una experiencia interesante, porque los rabinos llevan milenios trabajando sobre los mismos libros sagrados, por cierto, escasísimos. Uno creería que ya deben haber agotado todas las posibilidades, y sin embargo no es así, porque los tiempos cambian, las sensibilidades cambian, pero los libros son siempre los mismos. Esto hace que el conocimiento crezca en vertical, no expandiéndose en horizontal, lo que permite producir niveles de genialidad a partir de la repetición, de la reiteración.

EP: ¿Nos encontramos pues ante la figura de un maestro de vida?

AB: No, si por maestro se entiende alguien que transfiere conocimiento. La figura carismática no tiene la estrategia de enseñar los conocimientos, sino de activar en una persona la capacidad de conocer, la capacidad de ser personas creativas, críticas; no quiere convertir a sus alumnos en clones de sí mismo, lo que a veces se cree erróneamente que hacen las figuras carismáticas. Cada alumno es distinto y, por lo tanto, el objetivo es producir individuos distintos, de lo contrario se detendría el desarrollo, el crecimiento social. En Italia hay figuras que fueron consideradas grandes pedagogos, pero que, en mi opinión, tenían una visión equivocada; por ejemplo, Gramsci tenía esa idea de que el saber está ya preconfeccionado y que es una gran conquista política darlo a conocer a los alumnos, quienes deben limitarse a recibirlo y nada más; Pasolini, lo mismo, don Milani peor aún. Todos ellos fueron figuras muy nobles, pero no desde el punto de vista didáctico, ya que defendían que el proletariado debía apoderarse de los códigos de la burguesía. Por el contrario, existe una didáctica informal y autodidacta, que no produce modelos de referencia y que encontramos en Montessori, en Loris Malaguzzi, en Munari. La didáctica marxista, de izquierdas, que considera el saber sólo como un instrumento, acabó por crear un callejón sin salida, y es por ello por lo que nunca, en el siglo XX, la revolución cultural y la revolución social han logrado ir de la mano. Tal vez las cosas podían haber ido de otra manera, pero para ello hubiese sido necesario alimentar constantemente una tensión hacia una búsqueda estética que, como apuntaba, requiere un largo trabajo sobre uno mismo.


(5) Josip Aleksandrovich Brodsky (1940-1996), poeta ruso disidente, ganó el Premio Nobel de Literatura en 1987.


Artículo publicado en Experimenta 61 con el título La estrategia del rabino.

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