La columna de Joan Costa en Experimenta

La columna de Eugenio Vega: Así que pasen treinta años…

“Hemos creado, por primera vez en la historia, un jardín de ideología donde cada trabajador puede permanecer a salvo de la peste de las contradicciones y de las verdades que confunden. Nuestra Unidad del Pensamiento es una arma más poderosa que cualquier flota o ejército del mundo. Somos un solo pueblo, con una única voluntad, una única decisión, una sola causa. Nuestros enemigos se sumergirán por sí mismos en la muerte y los enterraremos en su propia confusión” (1984, anuncio para el lanzamiento del Apple Macintosh. Ridley Scott, enero de 1984).

El año 1991 quedará en la historia como aquel en que se inició el colapso de la Europa socialista. En junio, Franjo Tuđman, un nacionalista reaccionario de la peor especie, declaró la independencia de Croacia y provocó el inicio de la guerra en Yugoslavia. Un par de meses después, en Moscú, un tal Gennady Yanayev intentó un golpe de estado para destituir a Gorbachov con objetivos que nunca quedaron claros. Su fracaso encumbró a Boris Yeltsin y aceleró la disolución de la Unión Soviética, tarea a la que tantos miembros del PCUS contribuyeron con un entusiasmo digno de mejor causa.

I

En octubre de ese año, Tim Berners-Lee, por entonces, investigador del CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire) de Ginebra, utilizó la expresión HTM en uno de los muchos correos que enviaba a sus compañeros para referirse a un sencillo lenguaje de marcas con el que dar forma a los documentos que los miembros del CERN compartían telemáticamente (Bernes-Lee, 1991). El fundamento de todo aquello había sido explicado un año antes en Information Management: A Proposal, donde describía la estructura de una red digital par compartir información. La idea fue considerada por sus superiores como algo “poco definido pero interesante”, lo que era como no decir nada (Harris, 2021). 

Berners-Lee pretendía resolver la gestión de datos y documentos a que se enfrentaba el CERN en aquellos años, una organización con gran parte de su personal disperso pero necesitada de un constante intercambio de información. A su parecer, era posible que “en diez años, hubiera muchas soluciones comerciales a los problemas de los que estamos hablando, pero nosotros necesitamos algo ahora mismo que nos permita continuar trabajando” (Berners-Lee, 1990).

Tim Bernes-Lee durante un coloquio en la ODI Summit en 2014. El Open Data Institute fue fundado en 2012 por Tim Berners-Lee y Nigel Shadbolt para promover un uso innovador de la información e impulsar un cambio positivo en el mundo. Open Data Institute. Creative Commons CC BY 2.0. 
Tim Bernes-Lee durante un coloquio en la ODI Summit en 2014. El Open Data Institute fue fundado en 2012 por Tim Berners-Lee y Nigel Shadbolt para promover un uso innovador de la información e impulsar un cambio positivo en el mundo. Open Data Institute. Creative Commons CC BY 2.0.

Sabido es que, durante sus primeros años, los documentos HTML llamaban la atención de los diseñadores (y tipógrafos) por su escasa presencia visual. Los demenciales anchos de las columnas (y el pésimo espaciado) recordaban a esos documentos de las notarias donde el despropósito tipográfico se tiene por una gran virtud.

Pero ello no impidió que aquella modesta proposición diese a Internet el instrumento necesario para su crecimiento, cuando a fines del siglo pasado, los avances tecnológicos confluyeron con las necesidades de una economía más abierta. A los pilares que habían construido Internet (la  meritocracia de las universidades, la ética hacker de los programadores y la cultura del software libre), se unió el decisivo impulso de la industria del consumo. En 1993, numerosos medios de comunicación y marcas comerciales se incorporaron a la red: Bloomberg, Electricité de France, la MTV, la BBC, la NBA o The Economist fueron algunos de los más madrugadores pero, tres años después, Internet se parecía más a la planta de oportunidades de El Corte Inglés que a un laboratorio del CERN.

Con el paso de los años, la suma de esa y otras tecnologías dio pie a objetos compuestos por recursos físicos y digitales que formaban un todo unificado gracias al diseño. Su capacidad para interactuar en Internet con las personas y con las máquinas los distingue de cualquier artefacto industrial, “de tal manera que una aplicación digital se transforma en el momento mismo en que se ejecuta y permite que cada uno de nosotros veamos algo distinto cuando la usamos” (Redström y Wiltse, 2019, 374). 

Así sucede, no solo con Facebook, Google o Instagram, sino con los medios de comunicación (periódicos, televisiones) que se adaptan a cada lector, según los datos que han recopilado de cada usuario.  Por otra parte, la presencia cada vez mayor de las redes sociales en la vida de la gente (hasta el punto de dar forma y sentido a una identidad digital distinta de la identidad tradicional) convirtió los datos personales en una codiciada mercancía. Como consecuencia de todo ello, la información sobre los usuarios adquirió tal valor económico que cuando, en la primavera de 2020, se impusieron las medidas de confinamiento, la gente se vio atrapada en una red que proporcionaba información y contacto social, pero de la que parecía imposible salir. 

II

Pero estos instrumentos no solo sirven para hacer dinero: la interacción digital se presta también al control político. En los últimos años, la vigilancia ha adquirido una intensidad nunca prevista gracias a la capacidad de almacenamiento y análisis de datos en manos de los gobiernos y de las empresas que gestionan las redes. Si antaño la censura consistía en impedir el acceso a la información, en la actualidad, como señala Harari, “la censura actúa avasallando a la gente con información irrelevante” (Harari, 2015). Pero esa percepción tampoco es nueva: en los años cuarenta Lazarsfeld y Merton advirtieron que el exceso de información llevaba a muchos a refugiarse en su mundo personal y a desentenderse de los conflictos sociales (Moragas, 1985, 43). Con la desactivación política de una gran parte de los ciudadanos, los sistemas democráticos, corren el riesgo de ceder a las presiones de grupos autoritarios que, habitualmente, utilizan un lenguaje regeneracionista que seduce a muchos electores.

En tales circunstancias, la tecnología digital puede convertirse en un instrumento inesperado para la exclusión social. Hay un fundado temor de que puedan implantarse en otros países los sistemas digitales para la aceptación social puestos en marcha en China desde hace unos años (que otorgan créditos al comportamiento cívico) y permiten un control efectivo de la población por parte del gobierno. 

Por otra parte, la clausura de las cuentas de Donald Trump en Twitter y Facebook, en enero de 2021, señaló la importancia de Internet para aquellos políticos cuya forma de gobernar se apoya esencialmente en la agitación y la propaganda. Pero, además, mostró otra de las anomalías de los nuevos tiempos: no fue la justicia la que cerró esa cuenta, sino la empresa privada que gestionaba el servicio, quizá movida por el creciente deterioro de su propia imagen, más que por razones legales.

III

En una entrevista publicada en The Guardian el pasado mes de marzo, Tim Berners-Lee, expresaba su preocupación por la responsabilidad de Internet tiene en la difusión de noticias mal intencionadas. En su opinión, la red ha contribuido a encerrar a la gente en ámbitos excluyentes donde no es frecuente la discrepancia. Eso explica la enorme sorpresa de muchos especialistas ante todos esos usuarios que seleccionan y difunden artículos que no son otra cosa que “basura, teorías de conspiración y contenidos completamente falsos”. En ese sentido, recordaba cómo mucha gente creía “que se obtendrían 350 millones de libras a la semana [para el Sistema Nacional de Salud en el Reino Unido] cuando se produjera el Brexit” (Harris, 2021). Pero, tras el Brexit (y la presidencia de Trump), mucha gente se dio cuenta de la necesidad de una red que difundiera la verdad y abogaba por una participación de los usuarios para mitigar los efectos de esa “Internet tóxica”. 

Tras varias décadas insistiendo en que la extensión de Internet era uno de los principales signos de prosperidad, Berners-Lee señalaba que “no se trata solo de hacer que la web llegue a todo el mundo, sino de que sirva a la humanidad de una manera positiva” (Harris, 2021). Dios lo quiera.

Referencias

Castells, Manuel. (2001) La galaxia Internet. Reflexiones sobre Internet, empresa y sociedad. Barcelona, Plaza y Janés.

Berners-Lee, Tim. (1990) Information Management: A Proposal, redactado entre marzo de 1989 y mayo de 1990.

Berners-Lee, Tim. (1991) x11 Browser for www, 19 de octubre de 1991, en https://lists.w3.org/Archives/Public/www-talk/1991SepOct/0003.html

Berners-Lee, Tim. (2000) Tejiendo la red. Siglo XXI (edición original: Weaving the Web: the original design and ultimate destiny of the World Wide Web by its inventor. Harper Collins, 1991).

Harari, Noah. (2015) Homo Deus. Breve historia del mañana. Barcelona, Debate (edición original: Homo Deus. A Brief History of Tomorrow. Kinneret Zmora-Bitan Dvir, 2015)

Harris, John. (2021) “We need social networks where bad things happen less”, entrevista a Tim Berners-Lee, en The Guardian, lunes 15 de marzo de 2021

Moragas, Miguel de. (1985) Teorías de la comunicación. Investigación sobre medios en Europa y América. Barcelona, Gustavo Gili.

Redström, Johan y Heather Wiltse. (2019) “Changing Things: Innovation through Design Philosophy”, en actas de la Design Innovation Management Conference 2019.

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