La columna de Joan Costa en Experimenta

La columna de Eugenio Vega: Mira mi brazo tatuado con ese nombre de mujer

“Mira su nombre de extranjero escrito aquí, sobre mi piel.
Si te lo encuentras marinero dile que yo, muero por él”
(Valerio, León y Quiroga, 1941)

I

La reciente celebración de la Copa del Mundo en tres países de Norteamérica ha proporcionado algunas novedades a la compleja relación entre nacionalismo, deporte y cultura popular que define esta era dichosa que nos ha tocado vivir. Por de pronto, al inicio del partido, los 26 miembros de cada plantilla han escuchado el himno de su país y no solo, como sucedía hasta ahora, los jugadores del once inicial. Mientras los sudamericanos cantan a voz en cuello, los franceses mueven los labios y los españoles guardan silencio (por razones que no es necesario explicar). La ausencia de la Rusia ha privado al público de escuchar el himno de la Unión Soviética (cuya música Putin adoptó en 2000), la mejor pieza musical en su género (Martínez, 2026). En todo caso, estas ceremonias son esenciales para un acontecimiento que dista mucho de ser meramente deportivo. Muchos de los partidos de este torneo, si no fuera por la parafernalia nacionalista que los rodea, recordarían a esos encuentros de las primeras eliminatorias de la Copa del Rey que no llegan a merecer ni siquiera una reseña en la prensa deportiva.

La columna de Eugenio Vega: Mira mi brazo tatuado con ese nombre de mujer
“We are Houston”. Panel con la identidad visual de la Copa del Mundo en el estadio de Houston. Diseño de Design Addres. Fotografía de 2C2K Photography (CC BY-SA 4.0)

La marca de tan grandioso acontecimiento, confeccionada por el estudio Design Address, tiene la virtud (para sus creadores) de “no ser un símbolo, sino de constituir un sistema”, una cosa nunca vista, según parece, en la historia del diseño (Davey, 2026). Por otra parte, las transmisiones televisivas han contado con grandes medios pero con un pobre tratamiento gráfico de la información, excesivamente condicionado por una identidad visual poco flexible a pesar de su carácter “sistemático”. Su presencia en la pantalla hacía recordar con nostalgia la discreta rotulación del mundial de España que, gracias a Dios, tan escasos comentarios despertó entre especialistas y aficionados.

La puesta en escena de las naciones en este torneo ha adquirido además una dimensión colosal frente a otros anteriores, debido al incierto contexto internacional y a la deriva nacionalista que recorre el mundo sin remedio. El tradicional espectáculo en la grada ha vuelto a mostrar a los aficionados de las distintas selecciones representando con su peculiar vestimenta todos los lugares comunes que asociamos a los países participantes. En todo caso, ha sido el campeonato con más partidos (al aumentar el número de participantes) y en el que las entradas han sido más caras. El éxito económico ha sido tan rotundo que el diario L’Equipe publicaba el 28 de julio (pocos días después de terminado el campeonato) que “Infantino estaba considerando vender acciones del Mundial a inversores privados, incluida la familia Trump”, (L’Equipe, 2026). Si así sucediera, sería la mejor garantía de que la competición pudiera seguir contribuyendo a la hermandad entre los pueblos del mundo, como ha hecho desde 1930 hasta ahora.

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Aficionados egipcios recordando su pasado imperial durante la eliminatoria de octavos de final contra Argentina que tuvo lugar el 7 de julio de 2026 en Atlanta. Fotografía de Bryan Berlin (CC BY-SA 4.0).

II

Con la apertura de la Liga a los jugadores extranjeros en 1973, cambiaron muchas cosas. Johan Cruyff, Johan Neeskens, Günter Netzer, Paul Breitner, Mario Kempes o Rubén Ayala llegaron a España. Muchos de ellos se dejaron el pelo largo y las costumbres se relajaron, quizá en exceso para lo que estaban acostumbrados algunos dirigentes y aficionados. Sin embargo, a Bernabéu no le tocó más remedio que aceptar que Breitner diera dinero a los mineros en huelga en aquel final del franquismo tan lleno de contradicciones. Lo cierto es que los jugadores de entonces descubrieron que su presencia social les permitía ser reconocidos, conectar con la afición y recibir propuestas para hacer anuncios en televisión si su aspecto era acorde con los tiempos. Cruyff fue quien mejor entendió por dónde venían los nuevos tiempos. En una época en que el tatuaje era todavía un estigma, la longitud del cabello se convirtió en el principal instrumento para que los futbolistas (y algunos entrenadores) diseñaran su imagen pública.

Enrique Castro, Quini, goleador del Sporting de Gijón, jugó con la selección española en aquellos tiempos oscuros en que la selección llegó a estar doce años sin clasificarse para la fase final de ninguna Eurocopa o Copa del Mundo. Pero, cuando todos los equipos de primera división tenían al 90 % de su plantilla con el pelo más largo de lo habitual, Quini fue fichado por el Barcelona FC, un equipo con demasiadas urgencias como para mantener la serenidad en tiempos de zozobra. 

Quini salió del Molinón con el aspecto de un empleado de banca pero, al llegar a Barcelona (la ciudad de los prodigios) y tras conocer a César Luis Menotti, se rizó el pelo. Cambió de aspecto para amoldarse a aquel vestuario de estrellas rutilantes (y caprichosas) que perseguían un campeonato que les era esquivo por tantas razones que no hay ocasión de explicar. Lo que hizo Quini fue una forma de aggiornamento, tan necesaria en tiempos de cambio como eran aquellos.

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Enrique Castro, Quini, (con el pelo rizado) junto a César Luis Menotti en el aeropuerto de Ámsterdam en octubre de 1983. Fotografía de Rob Bogaerts. Nationaal Archief.

En 1981, Quini fue secuestrado por unos delincuentes de poca monta, tan ingenuos que dieron al Barcelona la cuenta de un banco suizo para recibir el dinero del rescate. Se decidieron por él porque era buena persona. En realidad, querían haber secuestrado a Schuster, pero el alemán tenía tan malas pulgas que era un riesgo convivir con él, incluso para los raptores. El secuestro terminó con los delincuentes detenidos, la afición afligida y el campeonato perdido. Quini no quiso ni presentar una denuncia.

III

Los tatuajes tuvieron siempre mala fama, y no sin motivo, según sus detractores. En un libro publicado en 1901 con el sugestivo título La mala vida en Madrid, una tal Constancio Bernaldo de Quirós explicaba (quizá con excesiva ligereza) el siniestro origen de los tatuajes:

“Obligados a la compañía de los marineros, los delincuentes forzados al remo (los galeotes) diéronse asimismo al tatuaje, hallándolo también bueno para sus gustos, igualmente primitivos y atávicos. De ellos, pasó a las prostitutas, y en breve se extendió por entre las gentes de la mala vida” (Bernaldo de Quirós et al., 1901, 82).

Por su parte, Adolf Loos, aquel refinado diletante que ha pasado a la historia por sus escritos antes que por su relevante (y delicada) arquitectura, expresaba de forma vehemente la decadencia moral que inundaba el alma de las personas tatuadas:

“El hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado. Hay cárceles donde un ochenta por ciento de los detenidos presentan tatuajes. Los tatuados que no están detenidos son criminales latentes o aristócratas degenerados. Si un tatuado muere en libertad, esto quiere decir que ha muerto antes de cometer un asesinato” (Loos, 1908).

Por mucho que se insista en sentido contrario, no parece que el ornamento vaya acompañado de la virtud. Pero, como es sabido, Adolf Loos no ha tenido nunca muchos seguidores entre el complejo universo del deporte, más inclinado a la ambigüedad crítica de Reyner Banham o Robert Venturi. La exhuberancia gráfica de la vida moderna ha asumido estas prácticas de adorno personal como propias de una época caracterizada por la tolerancia y el deseo de novedades sin límites. En todo caso, los deportistas diseñan su propio cuerpo porque con ello adquieren una presencia social que va más allá de las competiciones en las que participan. Los tatuajes no solo los hacen reconocibles ante los aficionados, también les permite integrarse en esa compleja comunidad que forman los miembros de un equipo.

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En la imagen, el jugador de origen ecuatoriano y nacionalidad rusa, Cristian Fernández, al final de un encuentro de liga entre el Krasnodar y el Arsenal Tula. Fotografía de Dimka Pukalik (CC BY 3.0).

Hoy, el tatuaje ha perdido su inicial provocación y se ha convertido en una costumbre que inunda la vida social, no solo los campos de juego. Los jugadores famosos visitan a Su Santidad el Papa con los brazos y el cuello tatuados mientras el pontífice acepta, como Jesús misericordioso, que las personas de buena voluntad lleguen hasta el Vaticano con los adornos y vestimentas que crean convenientes.

IV

Por mucho que los grandes acontecimientos deportivos hagan del diseño profesional el instrumento para expresar su identidad, las prácticas vernáculas de jugadores y aficionados tienen una presencia que impide la homogeneización de los escenarios. No hay forma de prever la manera en que la gente hará uso del diseño para impulsar su presencia pública. Del mismo modo, que las compañías de ferrocarriles no puede hacer mucho para evitar que su material rodante aparezca destrozado por los graffiti. 

En ese universo de peculiaridades, la multiculturalidad parece convertirse en la nueva expresión vernácula de la vida social (Gimeno-Martínez, 2016, 179). La naturaleza híbrida de la sociedad moderna, donde conviven tan distintas sensibilidades, hace más compleja esta relación entre diseño y vida social, en la medida en que reinterpreta la cultura global desde una perspectiva local.

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Nico Williams, y su inconfundible peinado, durante la final de la Copa del Mundo el pasado 19 de julio de 2026 en el MetLife Stadium de East Rutherford (Nueva Jersey). Fotografía de Bryan Berlin (CC BY-SA 4.0).

Referencias

Bernaldo de Quirós, Constancia y Llanas, José María (1901). La mala vida en Madrid. Estudiopsicosociológico con dibujos y fotografías del natural. Madrid, Rodríguez Sierra.

Billig, Michael (1998) “El nacionalismo banal y la reproducción de la identidad nacional”, en Revista Mexicana de Sociología, vol. 60, nº 1. Instituto de Investigaciones Sociales.

Davey, Lizzie (2026) “The design identity behind the 2026 FIFA World Cup”, en Jukebox, 17 de junio.

Gimeno-Martínez, Javier (2016) Design and National Identity. Londres, Bloomsbury.

L’Equipe (2026) “Gianni Infantino envisagerait de vendre des parts de la Coupe du monde à des investisseurs privés dont la famille Trump, l’UEFA s’insurge”, en L’Equipe, 28 de julio.

Loos. Adolf (1913) “Ornement et crime. L’Art et les Hommes”, en Les cahiers d’aujourd’hui, 5.

Martínez, Guillem (2026) “Diecinueve apuntes de los Mundiales y casi ninguno de fútbol”, en Ctxt, 21 de julio de 2026

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