“El pájaro mecánico permaneció junto a la cama del Emperador, sobre una almohada de seda; todos los regalos con que había sido obsequiado (oro y piedras preciosas) estaban dispuestos a su alrededor, y se le había conferido el título de Primer Cantor de Cabecera Imperial, con categoría de número uno al lado izquierdo. Pues el Emperador consideraba que este lado era el más noble, por ser el del corazón, que hasta los emperadores tienen a la izquierda” (Hans Christian Andersen, 1843).
I
La palabra robot apareció por primera vez en la obra de teatro Rossumovi univerzální roboti, escrita por Karel Čapek y estrenada en 1921 en la ciudad checa de Hradec Králové. El título hace referencia a Rossumovi univerzální roboti (Robots Universales Rossum), una compañía que construye humanos artificiales con el fin de aligerar la carga de trabajo del resto de los empleados. El mismo nombre Rossum es un juego de palabras ya que rozum en checo significa razón. Aunque la obra denomina a estos seres artificiales robots, el concepto tiene más que ver con el actual de androide, es decir, criaturas que pueden pasar por humanos, capaces incluso de pensar. En la obra, las máquinas entrarán en conflicto con la sociedad, iniciando una revolución que acabará destruyendo la humanidad. Fue estrenada en Estados Unidos en 1936 por el Federal Art Project, un programa del New Deal que difundía obras de teatro que no tenían cabida en las salas comerciales por tratar asuntos sociales y políticos.

Aunque la robótica no es otra cosa que una forma de inteligencia artificial (Minsky, 1961), en el imaginario colectivo aparece como una tecnología capaz de crear artefactos que imitan el comportamiento humano hasta donde es posible. El cuento Nattergalen, escrito por Hans Christian Andersen en 1843 contaba algo parecido. El relato trata de un poderoso emperador de la China (milenaria) embobado por la perfección del canto de un ruiseñor mecánico hasta el punto de despedir a otro de carne y hueso que hasta entonces alegraba sus días y sus noches. Pero cuando el pájaro mecánico se descompuso por la excesiva utilización (y el escaso mantenimiento), el soberano cayó gravemente enfermo. De aquel trance solo pudo salvarle el viejo ruiseñor. Cuando la propia muerte llegó hasta su cama para llevárselo, quedó embriagada por el canto del ruiseñor que había regresado desde su forzado exilio para dar nueva vida al desagradecido emperador (Andersen, 1843).
II
En el primer episodio de la serie Los Supersónicos (The Jetsons), la familia Sónico contrata (o compra o alquila) una sirvienta mecánica para ayudar en las tareas del hogar. Rossie, en la versión original, o Robotina en la versión española, es un artefacto de hojalata que lleva cofia y delantal para dejar clara cuál es su posición en el entramado familiar. Robotina no es otra cosa que una forma de inteligencia artificial, no exenta de categorizaciones sociales que desmienten algunas de las interpretaciones ultraliberales que se han hecho de la conocida serie de Hanna Barbera (Tucker, 2011). En esos años, era posible comprar en cualquier comercio pequeños robots de juguete que funcionaban con cuatro pilas de 1,5 y eran capaces de caminar mientras encendían unas luces de colores y balbucear una rudimentaria lengua robótica completamente incomprensible. Como era previsible, no convenía ponerlos sobre una mesa pues, si caían al suelo, era muy posible que dejaran de funcionar de manera definitiva.

La realidad es que los ingenios mecánicos (analógicos y digitales) que han llegado a realizar tareas propias de los seres humanos no han tenido formas antropomórficas, salvo en contadas excepciones. Cuando la factoría de FASA Renault en Palencia fue robotizada (a pesar de estar rodeada de campos de trigo y cebada), los dispositivos de control numérico dedicados al montaje de los vehículos no mostraron ningún parecido con los trabajadores de la compañía. Eran mecanismos indefinibles, sin forma precisa, concebidos para realizar tareas especializadas, cuya forma dependía, esencialmente, de los procedimientos que debían llevar a cabo y no tenían parecido con los seres humanos.
De todas esas innovaciones se había hablado muchos años antes. En 1985, Marvin Minsky escribía ya sobre automóviles que pudieran desplazarse por si solos, sin necesidad de que alguien los condujera.
“En la próxima década seguramente nos platearemos el diseño de coches que conduzcan solos. Esto debería ser factible, suponiendo que podamos construir máquinas que vean, al menos tan bien como nosotros, y comprendan lo que vean, pero más de prisa” (Minsky, 1985, 249).
Aunque hace tiempo que esto es posible, no parece que la sociedad acepte fácilmente que los automóviles se desplacen por la ciudad sin el control de un ser humano por torpe que sea. Tardó mucho menos en implantarse el motor de combustión interna que los sistemas de conducción autónoma. Pero, como afirmaba el propio Minsky, “tal vez las primeras máquinas que parezcan poseer una gran inteligencia estén completamente locas” (Minsky, 185, 256).

III
Hace ya veinte años empezaron a instalarse en hospitales españoles robots quirúrgicos Da Vinci con capacidad para llevar a cabo operaciones de la manera menos invasiva posible. Este sistema se utiliza en procedimientos en los que se precisa gran precisión y obligar a los especialistas a trabajar desde una consola digital. Suelen aplicarse de forma frecuente en patologías relacionadas con urología, ginecología, cirugía general, digestiva y torácica con el fin reducir el dolor (al llevar a cabo intervenciones menos agresivas) y propiciar, de esa forma, una recuperación más rápida.
Las principales desventajas de la cirugía robótica son su elevado coste, la formación especializada de quienes los utilicen y la escasa accesibilidad a esos sistemas para muchos pacientes. En España hay aproximadamente 150 robots de este tipo. Alrededor del 60 % de ellos están instalados en hospitales de la red pública y el 40 % restante en centros del sector privado. La distribución regional es más desigual. Mientras hay un gran número de ellos en Madrid y Barcelona son escasos en las comunidades autónomas poco pobladas y con menor nivel de renta. Por otra parte, han generado unas expectativas no siempre fundadas porque, aunque pueden paliar algunas de las limitaciones de la profesión médica, siguen dependiendo del conocimiento y la capacidad de quienes practican la cirugía. Además, aunque ofrecen una gran precisión, no siempre superan de manera significativa a otras tecnologías en determinadas intervenciones como la laparoscopia tradicional (Chóliz et al. 2024). En todo caso, su aspecto es difícilmente definible y no guardan ningún parecido con los seres humanos, ni siquiera con el personal sanitario, más endurecido ante el sufrimiento que los pobres pacientes a los que tratan.

Para el especialista en robótica Hiroshi Ishiguro, sin embargo, los robots humanoides (que él mismo construye) proporcionan una interfaz más natural para relacionarse con las personas. En su opinión, es importante que los robots utilizados en hospitales o centros educativos tengan un aspecto más reconocible que evite la desconfianza de las personas con las que van a ayudar (Ortega, 2026).
IV
La creciente presencia de robots quirúrgicos y otros dispositivos similares está vinculada a la irreversible digitalización del sistema sanitario. Desde hace tiempo, las pruebas diagnósticas se almacenan en archivos informáticos para que puedan ser accesibles a médicos y pacientes de manera inmediata. El sistema de receta electrónica implantado en España desde hace unos años permite comprar medicamentos subvencionados por la sanidad pública en cualquier farmacia sin la necesidad de recetas de papel. Gracias a ello se han eliminado las numerosas visitas a los especialistas en atención primaria que no tenía otro objetivo que renovar la medicación de los pacientes.
Sin embargo, a pesar de las ventajas de la digitalización, esta nueva gestión pública no ha conseguido mejorar problemas como el escaso tiempo que se dedica a los pacientes en las consultas ni las listas de espera de intervenciones muy comunes. Por otra parte, la digitalización ha puesto en manos de grandes compañías la gestión de datos de millones de personas que se almacena en sistemas poco seguros. La fragilidad de los documentos digitales no es percibida por quienes utilizan el sistema hasta que se enfrentan a incidentes como el gran apagón de abril de 2025. Aquel día fue imposible, por ejemplo, que se dispensaran medicamentos mediante receta electrónica y pudieran pagarse con tarjetas de crédito. En los hospitales, tuvieron que ser suspendidas las consultas y las intervenciones poco urgentes.
Un sistema sanitario no solo debe ser valorado por la posibilidad de hacer cosas extraordinarias sino por su capacidad para afrontar con éxito la ausencia de energía, los conflictos sociales o los ataques a que se ven sometidas las redes digitales. La seguridad es esencial para confiar en un sistema del que depende la vida de los ciudadanos y la estabilidad de un país que necesita un sistema de salud accesible y eficaz.

Referencias
Andersen, Hans Christian (1911) The Nightingale and Other Stories. Nueva York y Londres, Hodder & Stoughton. Ilustraciones de Edmund Dulac.
Chóliz Ezquerro, Jorge et al. (2024) “La cirugía robótica en la cirugía general. Ventajas y desventajas”, en Revista Sanitaria de investigación, vol 5, nº 3.
Guillén, Beatriz (2026) “En pocos años no podremos distinguir entre robots y humanos”, en El País, 27 de septiembre de 2016.
Minsky, Marvin (1961) “Steps Toward Artificial Intelligence”, en Proceedings of the IRE, enero de 1961.
Minsky, Marvin et al. (1985) Robótica. La última frontera de la alta tecnología. Barcelona, Planeta.
Ortega, Andrés (2026) “Los peligros de decir ‘gracias, ChatGPT’: esa máquina que te hace la pelota no es humana”, en El País, 30 de agosto de 2026.
Tucker, Jeffrey Albert (2011) It’s a Jetsons World: Private Miracles and Public Crimes. Aunbum, AL, Ludwig von Mises Institute.








