La columna de Joan Costa en Experimenta

La columna de Eugenio Vega: Náufragos

I smiled to myself at the sight of this money: “O drug!” said I, aloud, “what art thou good for? Thou art not worth to me, no, not the taking off the ground; one of those knives is worth all this heap; I have no manner of use for thee, e’en remain where thou art, and go to the bottom as a creature whose life is not worth saying”.

Daniel Defoe. The Life and Strange Surprizing Adventures of Robinson Crusoe of York, Mariner. 1719.

De cuantas historias de náufragos (reales e imaginarias) se conocen, sin duda, la más famosa es la publicada en 1719 por Daniel Defoe donde cuenta las peripecias de un tal Robinson Crusoe en una perdida isla del Pacífico. 

Es interesante comparar esa novela con la triste aventura que hubo de pasar el marino español Pedro Serrano en un banco de arena en el Caribe hacia 1526. En sus Comentarios Reales, publicados en 1607, el Inca Garcilaso de la Vega relató cómo Serrano llegó a sobrevivir en un entorno hostil, sin agua dulce ni apenas vegetación. Con la sola ayuda de un cuchillo consiguió capturar tortugas, de las que aprovechaba la sangre para beber, la carne para comer y los caparazones para recoger agua de lluvia (Inca Garcilaso de la Vega, 1609). El pobre náufrago hubo de utilizar la única ropa que llevaba para, con mucho ingenio y tesón, hacer lumbre y mantener, durante ocho años, un fuego encendido que a la postre le serviría para ser rescatado.

I

Los naufragios debían ser cosa frecuente en aquellos siglos donde la dominación de los mares era esencial para controlar el comercio mundial. Lo que parece improbable es que nadie hubiera podido sacar tanto provecho como Robinsón Crusoe hizo de los restos de un naufragio. Pero no es importante (para lo que nos ocupa) si la historia es más o menos creíble, en definitiva, la literatura está más allá del nivel de veracidad. Lo que importa es que Defoe quiso vincular la supervivencia de su náufrago a los avances de la civilización que almacenaba el barco hundido. 

Como se ha destacado con frecuencia, Crusoe reconstruyó en aquella isla “una réplica física y moral del mundo que había dejado atrás” (Ross, 1965, 7). Y lo hizo imbuido de las ideas económicas de un capitalismo incipiente. Karl Marx, que dedicó algunas líneas al personaje, señaló que aquel relato, y otros muchos que lo imitaron, no fueron un canto al retorno del hombre a la naturaleza, sino una referencia consciente a la sociedad que se abría paso en la Europa de finales del siglo XVII. Una sociedad donde “cada individuo aparece desprendido de los lazos naturales que en épocas históricas precedentes hacen de él una parte integrante de un conglomerado humano” (Marx, 1980, 282). 

Durante todo su tiempo en la isla, Robinsón Crusoe trabajó sin descanso, consciente de sus limitaciones, pero animado por su ambicioso carácter. Planificaba sus acciones con meses o años de antelación, ya fuera la siembra del grano o la construcción de los almacenes para guardar sus cosechas o proteger sus municiones. 

Convirtió una isla abandonada en un próspera hacienda, merced a su esfuerzo, inteligencia y método, pero, sobre todo, gracias a las progresos del mundo civilizado que llevó consigo. Mientras Serrano sobrevivió con lo puesto en un islote descarnado, Crusoe pudo salvar del barco tal cantidad de herramientas, ropas y cachivaches que poco le faltó para abrir un comercio en aquel lugar perdido. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, ocupó sus primeras semanas en hacerse con todo aquello que de útil conservaba el barco:

“En el camarote del carpintero, encontré dos o tres bolsas llenas de clavos y pasadores, un gran destornillador, una o dos docenas de hachas y, sobre todo, un artefacto muy útil que se llama yunque. Lo amarré todo, junto con otras cosas que pertenecían al artillero, tales como dos o tres arpones de hierro, dos barriles de balas de mosquete, siete mosquetes, otra escopeta para cazar, un poco más de pólvora, una bolsa grande de balas pequeñas y un gran rollo de lámina de plomo. […] Aparte de estas cosas, cogí toda la ropa de los hombres que pude encontrar, una vela de proa de repuesto, una hamaca y ropa de cama” (Defoe, 1985, 72, 73).

Geschiedenis van Robinson Crusoé. Xilografía con escenas de la historia de Robinson Crusoe varado en una isla, con leyendas en neerlandés y francés. Glenisson & Zonen, hacia 1840. Rijksmuseum. Dominio público.
Geschiedenis van Robinson Crusoé. Xilografía con escenas de la historia de Robinson Crusoe varado en una isla, con leyendas en neerlandés y francés. Glenisson & Zonen, hacia 1840. Rijksmuseum. Dominio público.

II

Aunque se tiende a vincular la aparición del diseño a la Revolución Industrial, son muchos los signos que dejan ver que a finales del siglo XVII se habían alcanzado importantes niveles de estandarización, no solo en la impresión de libros, sino en otros muchos productos (de Fusco, 1986). Además, como señalaba Roberta Sassatelli, ya en esa época, el café y el tabaco llegaban a sectores cada vez más amplios de la población dando forma a una incipiente sociedad de consumo, causa y consecuencia de la economía colonial que se extendió por muchos países europeos (Sassatelli, 2007, 14). 

Robinson Crusoe pudo contar con artefactos muy sofisticados (clavos, barriles, cuerdas, tejidos, munición o armas), solo posibles en una sociedad con un elevado nivel de normalización y una notable división del trabajo. Avances que hicieron posible la existencia de una poderosa industria naval en Inglaterra, España y otras potencias coloniales. El náufrago, hasta entonces una especie de buscavidas, se vio obligado a convertirse en un hábil artesano, capaz de dar un sentido nuevo a los mil cachivaches que pudo rescatar del barco. En él se advierte una síntesis entre la sistematización del diseñador y las habilidades del artesano que, gracias a su contacto con los materiales, le permite predecir su comportamiento y durabilidad, algo fundamental para quien debía construir todo tipo de enseres y herramientas para una vida civilizada. 

Lo que salvó a Crusoe no fue solo la palabra de Dios, sino la tecnología que llevó consigo. Esa combinación de industria y artesanía ha sido una constante en la historia de la cultura material y se ha hecho aún más evidente tras la revolución digital de las últimas décadas. La colaboración (o cooperación) entre la práctica profesional y esa actividad difusa (o profana) que ponen en práctica los usuarios, es un ejemplo de ello.

III

Trescientos años después que Defoe escribiera su célebre novela, Andy Weir escribió The Martian, donde narra la solitaria aventura del astronauta Mark Watney en Marte. Al igual que Crusoe, Watney sobrevive gracias a esa combinación de tecnología e ingenio que parece constante en estas narraciones. Pero, mientras el marino ocupa sus ratos de ocio leyendo las sagradas escrituras (y reflexionando sobre los misterios de la vida), el astronauta mata el tiempo viendo viejas series de televisión y escuchando canciones pasadas de moda.

Referencias

Defoe, Daniel. (1719) The Life and Strange Surprizing Adventures of Robinson Crusoe of York, Mariner. Londres, W. Taylor.

Inca Garcilaso de la Vega. (1609) Comentarios Reales de los Incas. Lisboa, Pedro Crasbeeck.

Ross, Angus. (1965) “Introduction to Robinson Crusoe”, en Defoe, Daniel. (1985) Robinson Crusoe. Harmodsworth, Penguin.

Mari, Enzo. (2002) Autoprogettazione? Mantua, Corriani.

Marx, Karl. (1980) Contribución a la crítica de la economía política. Madrid, Siglo XXI (edición original: Zur Kritik der politischen Ökonomie, 1859).

Fusco, Renato de. Historia del diseño. Santa & Cole. Barcelona, 2005. [Storia del design. Laterza e Figli. Roma, 1985, 2002]

Sassatelli, Roberta. Consumer Culture: History, Theory and Politics. Sage. Londres, 2007.

Weir, Andy. (2014) El marciano. Barcelona, Ediciones B (edición original: The Martian, 2011).

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