Quizás esta reflexión llega tarde. Hace apenas un par de años que dos vocales han revolucionado nuestras vidas en muchos aspectos. Una “I” y una “A”. Los principios, las bases, los fundamentos y en esencia la práctica de muchas disciplinas, y el diseño no es una excepción, se han puesto patas arriba.
En lo personal, este tiempo me ha servido para entender la profundidad del propio concepto; inteligencia artificial. Asimilar la lógica de su funcionamiento y escudriñar en detalle el impacto que pudiera tener en mi día a día. Por supuesto, no seré yo quien contradiga lo que muchos expertos han equiparado a otras grandes revoluciones, como la invención de la calculadora o la creación de internet. El impacto en muchos aspectos de nuestra vida será -ya lo es- brutal.
Si has llegado hasta aquí es porque quizás buscas la respuesta a una pregunta que ronda en tu cabeza: ¿Cómo va a afectar la IA a la disciplina del diseño? Pues bien, como siempre, puedes intuir que la respuesta no es sencilla y necesita de múltiples matices.
Como ya he dicho, la IA va a cambiar drásticamente nuestro día a día; y también la forma en la que diseñamos. Pero volvamos a la pregunta. Para afinar la respuesta de nuevo hemos de ahondar en una visión del diseño como proceso. Un proceso que genera valor en todas sus fases y no sólo en la obtención de un resultado final. Desde el inicio de un proyecto, en la etapa de investigación —de mercado, de usuario, de alternativas técnicas…— es evidente que nuestro motor de búsqueda ha aumentado de cilindrada. Las posibilidades de búsqueda, análisis, acopio o manejo de datos son ahora casi infinitas. Sin embargo, el acceso a información no es lo mismo que poseer conocimiento. La IA trae datos a borbotones, pero el criterio sigue siendo nuestro.
Por otro lado, a la hora de conceptualizar, ¿Qué puede hacer la IA? O mejor dicho, ¿cómo deberíamos integrar la IA en esta etapa del proceso? Cabe aquí recordar que conceptualizar no es en exclusiva reinterpretar. En lo último, la IA es sin duda un arma infalible (imagina tus propias capacidades ante una hoja en blanco si tuvieras miles -¡millones!- de referencias en tu cabeza). Sin embargo, con respecto a lo primero, conceptualizar, las capacidades infinitas de reproducción que nos ofrece la IA chocan con la abstracción, la intención y la representación mental que exigen esta tarea. La IA se afana de forma implacable en la resolución; sin embargo la idea, el “por qué” y el “para quién”, no emergen sin alguien que los plantee.
In Absentia. En ausencia del diseñador, no hay diseño. Puede haber imagen, texto, forma o simulacro de novedad. Puede haber variaciones a una velocidad deslumbrante. Pero el diseño ocurre cuando alguien decide. Cuando alguien fija un propósito, aplica restricciones, ordena prioridades, asume consecuencias. Sin esta capacidad, la IA se reduce a un espejo que devuelve infinitas versiones de sí mismo.
No olvidemos, además, que el diseño se ha preocupado históricamente por el sentido; por la relación entre las personas y aquello que ponemos en el mundo. La IA, por su naturaleza estadística, busca la opción más probable. El diseño, por su naturaleza cultural y estratégica, busca lo pertinente. No exactamente lo más frecuente, sino lo que resuelve, lo que representa, lo que encaja en una historia, un mercado, una identidad, un contexto. La distancia entre probabilidad y pertinencia es la distancia entre herramienta y oficio.
Con el diseñador presente, la IA multiplica. Lo que antes era lento —bocetos, renders, validaciones— hoy ocurre en minutos. El doble diamante no desaparece, se acelera. El tiempo que ahorramos en lo accesorio podría invertirse en lo esencial (investigar mejor, decidir con más calma, testear con rigor,…).
Pero es cierto que la delegación total seduce. Si todo parece resolverse con una instrucción, ¿para qué pensar? Por otro lado, si todos bebemos de las mismas fuentes, el diseño pierde su capacidad de significar. Repetiremos texturas, paletas, discursos. A veces lo más valiente será cerrar la pestaña y volver al cuaderno de bocetos. Pero incluso a pesar de estos peligros, no podemos darle la espalda a la novedad, sino recolocar el oficio. Hablar con máquinas sin dejar de hablar con personas.
Pensemos además en la dimensión moral. En ausencia del diseñador, la IA puede producir, pero no puede deliberar. No puede otorgar sentido, ni asumir consecuencias. El diseño sigue siendo una disciplina de decisiones que comprometen a personas, organizaciones y contextos. La IA es, y será cada vez más, un multiplicador formidable. Pero el vector -la dirección- sigue siendo humano.
Quizás esta reflexión llega tarde. Tal vez llega justo cuando debía; cuando el brillo de lo nuevo empieza a ceder y se asienta la responsabilidad de usarlo. La IA no diseña, amplifica. El resto -el propósito, el criterio, la valentía de elegir- nos toca a nosotros. Que no nos encuentren ausentes.




