“Y vestido de esta forma, es decir, totalmente desnudo, montó a caballo para recorrer la ciudad; por suerte, era verano y el rey no padeció el frío. Todas las gentes lo vieron desnudo y, como sabían que el que no viera la tela era por no ser hijo de su padre, creyendo cada uno que, aunque él no la veía, los demás sí, por miedo a perder la honra, permanecieron callados y ninguno se atrevió a descubrir aquel secreto” (Infante don Juan Manuel, 1335).
I
El miércoles 10 de agosto de 1932, el general José Sanjurjo dio un golpe de estado para acabar con el régimen republicano. Aquel intento de subvertir el orden constitucional se vio frustrado porque gran parte de los implicados nunca creyeron que pudiera llegar a triunfar y mostraron excesiva prudencia como para sumarse al complot. Sanjurjo fue detenido en Ayamonte, cuando intentaba cruzar la frontera con Portugal. Meses después, sería juzgado, condenado a muerte e indultado.
Pero, para lo que aquí nos interesa, lo más relevante del suceso son las imágenes que se conservan de aquel día, la mayoría publicadas en las páginas de huecograbado de periódicos de la época como Ahora y ABC. En la más conocida de todas ellas, puede verse a Sanjurjo (por entonces, Inspector General de Carabineros) caminando por Sevilla con 38 grados de temperatura. Que haga calor en agosto no extraña a nadie e, incluso, esa temperatura parece poca cosa si se compara con las registradas en esa ciudad durante el verano de 2026. Lo que sorprende es que Sanjurjo y quienes le acompañan lleven un atuendo más propio de los meses de invierno. La prensa recordaba que la máxima del día anterior había tenido lugar en Cáceres, donde se habían registrado 41 grados; en Madrid, capital de la República, la máxima había sido de 37 grados y la mínima de 21. (La Libertad, 10 de agosto de 1932).

En aquellos tiempos, ya olvidados, las costumbres eran otras y una persona de orden no podía ir a ningún sitio en mangas de camisa ni con la cabeza descubierta. La ausencia de decoro solo era propia de seres antisociales, incapaces de comprender la servidumbre a que obligan las relaciones humanas. El intento de restaurar el régimen monárquico no podía llevarse a cabo sin un mínimo recato.
II
En marzo de 1966, los medios de comunicación dejaron constancia de la relajación de costumbres a que se había llegado por la inevitable influencia de las películas norteamericanas y la (imparable) decadencia de la civilización. A mediados de enero de ese año, un bombardero B 52 norteamericano colisionó con un avión cisterna mientras repostaba en pleno vuelo cerca de las costas de Almería. El accidente, que provocó la pérdida de cuatro artefactos nucleares y la muerte de siete tripulantes, tuvo lugar cerca de Palomares. A pesar de la gravedad del incidente, las autoridades no advirtieron del peligro ni a la población ni a los agentes de la Guardia Civil que participaron en la búsqueda de las bombas. Las tres que cayeron en tierra fueron localizadas en poco tiempo, pero la que se hundió en el Mediterráneo no fue localizada hasta ochenta días después, cuando Francisco Simó, un pescador de Águilas, dio con ella (Madridejos, 2012). La posibilidad de que las tierras y las aguas hubieran sido contaminadas por material radiactivo fue muy elevada y, a pesar de las informaciones de los medios de comunicación en sentido contrario, no era fácil pensar allí no había pasado nada.
Tras el accidente, se puso en marcha una campaña para demostrar la inexistencia de riesgo nuclear. Lo que se recuerda, más que ninguna otra cosa, fue que el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, y el embajador de Estados Unidos Angier Biddle Duke, se bañaron (en pleno mes de marzo) en una playa cerca Palomares, para acallar los rumores que podrían haber afectado al turismo, sector esencial de la economía. La idea surgió del barcelonés (y maestro de periodistas) Carles Sentís, por entonces presidente de la Agencia EFE (Madridejos, 2012). El locutor del No-Do describía, en tono desenfado, la entrañable escena que protagonizaron las citadas personalidades:
“Para demostrar con el ejemplo que no hay peligro de radioactividad el ministro señor Fraga Iribarne, el embajador de Estados Unidos y el jefe de la región aérea del estrecho se dan un buen baño, pues así lo permite la benignidad del clima a pesar del invierno” (No-Do, 14 de marzo de 1964).

La vida pública exige (grandes) sacrificios pero, sobre todo, obliga a reinterpretar la presencia social en función de las circunstacnasi. Que Fraga considerase una obligación aparecer en paños menores ante las cámaras de cine y televisión era también un claro síntoma de la irrupción de una nueva cultura en que las apariencias tenían cada vez un mayor impacto político que la realidad.
III
Barack Obama tenía por costumbre, sobre todo al final de su primer mandato, salir de la Casa Blanca para mezclarse con ese pueblo que otorgaba legitimidad a su presidencia. En ocasiones, ponía como pretexto ir a buscar comida para el personal a su cargo, que era variado y numeroso. Lógicamente, cada paso que daba en esas excursiones era supervisado por policías y guardaespaldas que garantizaban la integridad del presidente. Pero Obama iba por la calle y entraba en restaurantes comida barata, con escasa ceremonia y dando la mano a todo el mundo.

Como es lógico, solía quitarse la corbata y, cuando hacía buen tiempo, se paseaba en mangas de camisa. Es lo que esperaba la gente. Nadie hubiera comprendido que se acercara a ellos con la ceremonia con la que Alfonso XIII caminaba por San Sebastián en sus merecidos días de descanso. Aún es más: Obama elogiaba la comida basura de esos establecimientos y llegaba a compartirla con el primero que pillara, aunque fuera un niño malcriado dispuesto a comerse cualquier cosa.
IV
En 1980, el editor Terry Jones inició la publicación de i-D, una revista de contenido banal que promovía una idea estimulante: mostrar la moda inspirada en la forma de vestir de la gente corriente, lo que se dio en llamar Street Style. Más que impulsar tendencias comerciales como hizo Vogue desde su fundación, i-D reflejaba la vitalidad de Londres en esa década prodigiosa dominada por la globalización, en la que muchas prácticas vernáculas llegaban a los medios de comunicación. Aunque este propósito inicial quedase oculto bajo una creciente sofisticación gráfica (en ocasiones, agobiante), sus páginas mostraban cómo las personas corrientes utilizaban el diseño para presentarse a sí mismos.

Unos años después, el diario El País publicaba una entrevista con María Jesús Escribano, directora entonces del Centro de Diseño y Moda del Ministerio de Industria, que mostraba otra manera de entender el concepto de Street Style. En aquella ocasión, Escribano expresaba su convicción de que el diseño, especialmente el diseño de moda, era una cuestión de estado (Gimeno-Martínez, 2016, 141).
“El objetivo […] es la promoción de la moda española en el mercado interior y en los internacionales. No se trata de vender una o treinta firmas sino un concepto global. […] una manera de entender la vida. España tiene algo que no tienen los otros países europeos: la calle; la explosión de vida que hay en las calles es lo que tenemos que trasmitir, traducido en moda” (Prades, 1987).
Eran los años en que la incorporación de España a la Comunidad Económica Europea obligaba a verlo todo en términos de competencia. Parecía necesario desarrollar una manera española de entender el diseño para diferenciarse de otros países con personalidades ya definidas. Pero, como era previsible, esa escenificación simbólica dio sentido a estereotipos carentes de fundamento.
V
La ropa ha sido siempre un instrumento para articular nuestra presencia social. En los museos vemos a los retratados vestidos con sus mejores galas, conscientes de que serían objeto de escrutinio por las generaciones venideras. En general, poco sabemos del aspecto de nuestros antepasados antes de la aparición de la fotografía, salvo que fueran lo suficientemente ricos como para permitirse el lujo de que un pintor los retratase (Ivins, 1953, 33). Incluso, en esas circunstancias, el escaso número de imágenes que se conservan no puede competir con la infinidad de fotografías que a cualquiera de nosotros nos han hecho en estas primeras décadas del siglo XXI.
En realidad, no fue hasta 1962 cuando en España se hizo obligatorio la posesión del DNI. Solo, a partir de entonces, hubo fotografías en cantidad suficiente como para disponer de un censo visual de quienes han habitado este rincón del mundo. Además, desde mediados del siglo XX, la imagen pública de cualquier persona, por modesta que fuese, ha rebasado el ámbito de lo privado. Su difusión en los medios ha hecho que la imagen y la identidad de los retratados escaparan a su control.

Las imágenes deben mostrarnos en situaciones dignas que no comprometan nuestro prestigio, por escaso que sea. Para quienes se dedican a la política o al espectáculo, la posibilidad de que las fotografías puedan ser malinterpretadas ha existido siempre. Pero, ahora, ese riesgo alcanza también a cualquiera de nosotros. Cuando nuestra identidad adquiere esa inabarcable presencia, lo hace acompañada de una suerte de responsabilidad: todos seremos objeto de crítica, incluso cuando no estemos en este mundo.
Referencias
Gimeno-Martínez, Javier (2016) Design and National Identiy. Londres, Bloomsbury.
Ivins, William M. (1953) Prints and Visual Communications. Cambridge MA, Harvard University Press.
La Libertad, 10 de agosto de 1932.
La Libertad, 12 de agosto de 1932.
Ortiz de la Vega, Manuel (1857). Anales de España, desde sus orígenes hasta el tiempo presente. Vol. 1. 1857. Barcelona, Imprenta Cervantes.
Madridejos, Mateo (2012) “Amb Fraga a Palomares”, en El Periódico de Catalunya.
Noticiaros y Documentales (1966) Noticias Españolas, en No-Do 1210 B, 14 de marzo de 1966.
Prades, Joaquina (1987) “María Jesús Escribano. Todo Made in Spain”, en El País, 6 de marzo de 1987.







