La columna de Luis Montero

La columna de Luis Montero: Hitler y tonto.

La ansiedad hacía que le temblaran las manos. La mala iluminación del portal tampoco ayudaba. Aún así decidió leer, qué iba a hacer si no.

«Estimados señores,

«El análisis realizado ha ofrecido el siguiente resultado: 97,45%.

«Les recordamos que, si así lo desean, pueden realizar una segunda prueba de verificación sin costes añadidos.

«Atentamente,»

Dobló el papel, cerró el sobre y llamó al ascensor. Tenía apenas 30 segundos para encontrar alguna forma de suavizar la noticia, de anunciarla con cariño y no hacer aún más daño. No les cogía por sorpresa, ambos se la esperaban, estaba seguro de eso aunque no lo habían hablado. Los dos lo sospechaban, seguro. Pero que no lo hubieran hablado ennegrecía la sospecha y el silencio hacía de una sombra volátil una pared sólida, un muro de hormigón negro.

Llegó el ascensor. Abrió la puerta. Entró. Pulsó el botón del piso.

Volvió a releer la carta. 97,45%. Dos puntos y medio por encima del umbral de seguridad hacían que el suyo fuera un caso desesperado. Dos puntos y medio que atestiguaban la desviación psicopática del embrión. Dos puntos y medio que certificaban que la probabilidad de alumbrar un monstruo genocida no era una probabilidad, era una certidumbre. 

Desde que su publicación, la Ley de control y prevención genotípica obligaba a contrastar las configuraciones genéticas de diseño con las configuraciones genéticas de personajes históricos con la intención de prevenir el desarrollo de genotipos formalmente peligrosos para el bienestar general. Detectado un caso, esa misma ley apuntaba el tratamiento. En casos leves, cuando el límite se cruzaba por un punto o menos, se establecía un sistema de vigilancia exhaustivo para prevenir los problemas conductuales del futuro humano. Para casos graves, hasta dos puntos por encima del límite, además del sistema de vigilancia se asignaba un programa educativo especial para reconducir los problemas conductuales del futuro humano. Para casos extremos, por encima de esos dos puntos, se pautaba la destrucción inmediata del embrión.

Y ellos estaban dos puntos y medio por encima. 

En unas horas recibirían la citación del Ministerio del Interior para acudir a la clínica y proceder. 

Y apenas tenía 15 segundos para encontrar una forma de edulcorar la mala noticia. Tres pisos más y ya estaría en el suyo. 15 segundos que le parecerían una eternidad y, al mismo tiempo, transcurrirían en un instante. Nunca el infinito había sucedido en un instante. El ascensor había llegado. No había más remedio que enfrentarse a la verdad y anunciar la mala nueva con todo el cariño del que fuera capaz. No había otra forma de hacerlo. Era lo único que les quedaba.

Empujó la puerta y pisó el suelo de su planta. Metió la mano en el bolsillo derecho y sacó la llave. Temblaba, y el temblor hacía que las llaves tintineasen. Le costó encontrar el ojo de la cerradura. Metió la llave y abrió. 

Allí, en el recibidor, estaba su pareja. Sonreía. Sonreía mucho. Muchísimo. Una sonrisa le iluminaba la cara y estallaba en sus ojos resplandecientes. Llevaba un papel en la mano. Agitaba el papel al aire. Se lanzó a sus brazos y se lo dejó leer.

«Estimados señores,

«Les comunicamos que la Ley de control y prevención genotípico ha sufrido una modificación. Se deroga la destrucción inmediata del embrión abriéndose la posibilidad de una reconfiguración genética, siempre que se limiten sus capacidades hasta desactivar la amenaza social. 

«En caso de estar interesados, pónganse inmediatamente en contacto con…»

Levantó la vista hacia su pareja. Se le había contagiado la sonrisa.

Y tú, ¿crees que debería haber un mecanismo genético de control poblacional? ¿No? ¿Por qué? Estaremos encantados de leerte en #DiseneticaExperimenta y @Disenetica en Twitter.

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