“En el año 50 antes de Jesucristo, toda la Galia esta ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste una y otra vez al invasor” (Goscinny, 1961).
I
Tiende a pensarse que la construcción (o invención) de mitos nacionales se forjó en el siglo XIX cuando las revoluciones liberales dieron forma a esas “comunidades imaginadas” que son los Estados nacionales (Anderson, 1983). Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XX, el diseño, las revistas ilustradas, el cine y la televisión promovieron relatos que reformulaban la historia de las naciones para modelar sus identidades y adaptarlas a la realidad de la Guerra Fría.
Francia fue uno de los países más activos en la invención de tradiciones desde que en 1789 la revolución se llevara por delante el Antiguo Régimen y definiera una nación que aún no existía. Aunque en aquellos tiempos calamitosos tan solo el 15 % de sus ciudadanos lo hablaba, el francés fue declarado idioma oficial de la República. En apenas tres generaciones, el Estado arrinconó a todas las demás lenguas (bretón, gascón, limousin, provenzal, catalán) hasta hacerlas prácticamente irrelevantes (Álvarez Junco, 2001). Por otra parte, la Revolución Francesa trajo consigo “una verdadera exasperación de la celtomanía” (Juaristi, 2000, 271). Vercingétorix, el héroe galo capaz de vencer a Julio Cesar en Gergovia, fue considerado el fundador de la Francia inmortal
“Bajo la ocupación, Pétain intentó identificarse con Vercingétorix, pero no pudo evitar que la resistencia se apropiase de mito galo y lo utilizase con gran eficacia. El nombre del general de Gaulle tenía resonancias patrióticas demasiado poderosas: evocaba a la vez a Carlomagno y a los galos. El viejo mariscal tuvo que optar por Juana de Arco, figura desdibujada como símbolo nacional pero capaz de suscitar alguna emoción en la Francia rural y católica” (Juaristi, 2000, 286).

II
La revista Pilote, aparecida en 1959, se convirtió en poco tiempo en la publicación más importante de la historieta europea. Su formato, mayor que el de otras publicaciones, junto a la inclusión de artículos sobre deportes y temas de actualidad contribuyeron a su aceptación por los lectores. Su éxito fue tal que los 300.000 ejemplares del primer número se agotaron el mismo día en que llegaron a los quioscos.
Contaba, además, con un competente equipo editorial en el que destacaban Jean-Michel Charlier y René Goscinny como guionistas, y Jean Giraud y Albert Uderzo como dibujantes. En principio, no parecía aportar nada nuevo, muchos de sus personajes eran remedos de otros ya existentes. Pero, aunque Michel Tanguy parecía una versión actualizada del Buck Danny de la revista Spirou, la narración y la puesta en escena eran mucho más sofisticadas. Pilote consiguió, gracias a ello, exportar de inmediato sus personajes a mercados en crecimiento como España, Alemania e, incluso, Italia.
Un año antes de la aparición de Pilote, en 1958, el general Charles de Gaulle había abandonado su retiro en Colombey-les-Deux-Églises y, a remolque del intento de golpe de Estado de los militares destinados en Argelia, se había hecho con el poder. La Asamblea Nacional, de una forma excepcional (por decirlo suavemente), votó a De Gaulle como primer ministro con plenos poderes para llevar a cabo una profunda reforma constitucional. En poco menos de seis meses, elaboró y consiguió aprobar una nueva constitución que confería al presidente de la República (que era él) el poder ejecutivo de la nación. De ese modo, terminó con el parlamentarismo de la Cuarta República que De Gaulle considera una de las principales causas de los problemas del país (Pellistrandi, 2019).
Pilote representó para los jóvenes franceses de aquella época una atractiva expresión del nacionalismo de la Quinta República y de la postura de Francia ante la Guerra Fría. Pero, al igual que sucedió con el general de Gaulle, la crisis de mayo de 1968, marcaría el inicio de su declive.

III
Dos series de aquel primer momento definieron la vinculación de la revista al resurgir nacionalista del gaullismo. Les Aventures de Tanguy et Laverdure, y Astérix le Gaulois, ambas publicadas en España a partir de finales de los años sesenta. De la primera llegó a realizarse una serie de televisión, Les Chevaliers du ciel, también emitida en España, en la que José Luis de Vilallonga (alférez provisional) interpretaba al cabecilla de los espías que querían hacerse (de mala manera) con los secretos de la aeronáutica francesa. Tanguy et Laverdure era un relato en torno al auge del Dassault Mirage, el primer avión de combate europeo capaz doblar la velocidad del sonido. El Mirage y las pruebas nucleares que se llevaron a cabo en Argelia a partir de 1960 mostraron la clara determinación de Francia por mantener una política de defensa propia, al margen de Estados Unidos y la OTAN.
Astérix, por su parte, se fundamentaba en dos ideas esenciales: la primera, la referencia constante a la resistencia francesa frente al Tercer Reich; la segunda, la prosperidad de Francia durante el mandato del general de Gaulle. Que Francia llegase a sentarse en la mesa de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Gobierno de Vichy había sido un estrecho colaborador de Hitler, es uno de los grandes misterios del siglo XX. Al igual que la resistencia luchó contra los nazis, Astérix hizo frente a las legiones romanas gracias a su talento, su valor y a la poción mágica elaborada por Panorámix.
IV
Un aspecto que cabe destacar de las primeras aventuras de Astérix (las escritas por Goscinny hasta su fallecimiento en 1977) es la tendencia de sus personajes a viajar por el continente europeo, como si fueran turistas del siglo XX. Son varios los libros de viajes que forman parte de la serie. El primero de ellos, La vuelta a la Galia, se limita a mostrar las (incontables) maravillas de la Francia eterna. Pero otros cuantos llevan a los personajes a países europeos de singular interés: Astérix en el país de los godos, Astérix en Bretaña, Astérix en Helvecia, Astérix y los juegos olímpicos y Astérix en Hispania. Este último fue publicado por capítulos en Pilote en 1969 y editado en álbum por Dargaud a finales de ese año.
Los lugares comunes y las incongruencias salpican las páginas de Astérix en Hispania. Los protagonistas se encuentran con Don Quijote y Sancho en los alrededores de Pamplona. Atraviesan Cauca (Coca), Segovia y Helmántica (Salamanca) durante las procesiones de los druidas, clara referencia a la semana santa que tanto llamaba la atención de los turistas franceses. Los personajes (ya sean iberos, vettones, lusitanos o layetanos) tienen nombres largos y ridículos. Así, por ejemplo, el niño secuestrado por los romanos se llama Pepe Soupalognon y Crouton, Pepe Sopalajo de Arrierez y Torrezno en la traducción española (Moreels, 2004, 16).

El interés de la editorial Bruguera por aquel relato quedó patente tras su pronta publicación en la revista Gran Pulgarcito. A partir de marzo de 1970, a razón de cuatro páginas semanales, la historia llegó a los lectores españoles con el descuido habitual que caracterizaba a Bruguera en asuntos como la rotulación y el color. A finales de ese año apareció el álbum completo en la colección Pilote. Los lugares comunes que abundaban en la historia original se hicieron aún más evidentes en castellano. Albert Uderzo, dibujante de la serie, llegó a reconocer el injusto empleo de los estereotipos en el relato:
“Los españoles me criticaron, no sin razón, por haberlos representado como guerreros orgullosos y de pelo oscuro (en resumen, más bien de aspecto agitanado), cuando ese país es mucho más diverso en tipologías humanas. Muchos, por ejemplo, son rubios, con ojos azules, descendientes de los celtas, o mejor dicho, de los celtíberos de principios de nuestra era. Pero yo me centré por completo en el estereotipo […] No es de extrañar que recibiera críticas (Uderzo en Andrieu, 1999, 110).
Lo cierto es que, cuando se inició la romanización de la península ibérica, los pueblos que la habitaban eran tan diversos que ni siquiera podían entenderse en una misma lengua y, en general, los unos no tenían noticia clara de la existencia de los otros. En el año 45 antes de Cristo, fecha en la que se sitúa la aventura de Astérix, el latín no era todavía esa koiné que siglos más tarde permitiría comunicarse a los pueblos peninsulares y origen a diversas lenguas romances casi mil años después.
Asterix en Hispania no chirriaba en exceso en la España de 1970. De forma parecida a lo que sucedía en Francia, el sistema educativo anterior a la Ley General de Educación insistía en la existencia de españoles con plena conciencia de serlo desde la noche de los tiempos. Exiliado en Buenos Aires, Sánchez Albornoz (1956) había insistido en esa constante identitaria que podía rastrearse en las epopeyas de Numancia y Sagunto (ciudades de muy distinto origen, cultura y tradición). Tal creencia alcanzaría su cenit para el nacionalismo liberal español con el levantamiento de 1808 que fue a la vez un movimiento reaccionario contra las perniciosas ideas (y las inmorales costumbres) de los franceses.
V
Del mismo modo, para De Gaulle, como para muchos franceses, las virtudes de la Quinta República estaban ya presentes en los pueblos de la Galia, tal como enseñaban los docentes a los alumnos en las aulas de Francia e, incluso, de sus colonias. En las escuelas de Argelia, inmersa en aquellos años en una cruel guerra de liberación contra la metrópoli, los niños argelinos repetían en clase: “Nos vrais ancêtres, les Gaulois” (Nuestros verdaderos antecesores, los galos), con la misma convicción que en las escuelas de la España de la posguerra se recitaba la lista de los reyes godos (Moya, 2019). Como recordaba Juaristi, las referencias a los galos en la política francesa ha ido disminuyendo hasta desaparecer, “pero, todavía en 1989, Chirac y Giscard d’Estaing abrieron la campaña electoral en Gergovia, mientras que Miterrand lo hacía en Bibracte”, lugares emblemáticos de la mitología gala (Juaristi, 1999, 286).
El papel de la cultura popular en la construcción de mitos y tradiciones (Edensor, 2002) es esencial para comprender la existencia de esa forma de nacionalismo rutinario que da forma a la vida diaria y del que no es fácil desprenderse. En tal sentido, Astérix y Obélix son un símbolo del nacionalismo francés.

Mayo de 1968 supuso el final político del general de Gaulle que, un año después, abandonaría el poder. Las protestas que convulsionaron París y otras ciudades abrieron también una profunda crisis en la redacción de Pilote entre conservadores (Goscinny) e izquierdistas (Giraud) que terminaría con la salida de Astérix de la revista. Sus aventuras llegarían incluso a publicarse en el diario Le Monde.
Referencias
Álvarez Junco, José (2001) Mater dolorosa. Madrid, Turner.
Andrieu, Olivier (1999) Le livre d’Astérix le Gaulois, Les Éditions Albert René.
Anderson, Benedict (1993) Comunidades imaginadas. México, Fondo de Cultura económica.
Edensor, Tim (2002) National Identity, Popular Culture and Everyday Life. Oxford, Berg
Goscinny, René y Uderzo, Albert (1969) Astérix en Hispanie. Dargaud, París.
Juaristi, Jon (2000) El bosque originario. Madrid, Taurus.
Moreels, Isabelle (2004) « Astérix en Hispanie : Une certaine image de l’Espagne au croisement d’un regard français et de son reflect deformé para la traduction espagnole », en actas del Congreso Internacional de la Asociación Portuguesa de Literatura Comparada. Universidad de Évora.
Moya, Juan (2019) Declaraciones en “Argelia y De Gaulle, la guerra que gestó la Quinta República”. Documentos RNE.
Pellistrandi, Benoît (2019) Declaraciones en “Argelia y De Gaulle, la guerra que gestó la Quinta República”. Documentos RNE.
Quemeneur, Tramor y Zeghidour, Slimane (2011) L’Algérie en couleurs. Paris, Éditions Les Arènes.
Sánchez Albornoz, Claudio (1956) España un enigma histórico. Buenos Aires, Edhasa.





